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| El Señor de los Anillos 3: El Retorno del Rey Finalmente, Peter Jackson cumplió exitosamente la misión de llevar la monumental novela de Tolkien a la pantalla grande. Del mismo modo que Frodo, el protagonista de la ficción, el realizador neocelandés tuvo que vencer tentaciones de todo tipo y necesitó el apoyo de una amplísima comunidad integrada por hasta ahora poco conocidos pero muy buenos intérpretes y un sólido equipo técnico. Tras un breve prólogo, El Retorno del Rey retoma el relato en el mismo punto en que culminaba Las Dos Torres: mientras Frodo y Sam se internan en Mordor siguiendo la guía del impredecible Gollum, el resto de la Comunidad del Anillo inicia maniobras de distracción en Gondor para llamar la atención del temible Sauron. Los esfuerzos de todos los personajes confluyen en un único propósito: arrojar el Anillo en las profundidades del Monte del Destino –única forma de destruirlo– y salvar así a la Tierra Media. El film representa la mayoría de las acciones imaginadas por Tolkien, pero altera su aparición en el relato. Mientras el escritor narra acciones simultáneas de manera sucesiva, los guionistas optaron por la alternancia. De este modo, el film adquiere una estructura más convencional pero, al mismo tiempo, más efectiva. Considerando que la trilogía fue filmada de una sola vez y que el público respaldó con elogiosas críticas la transposición de los dos primeros volúmenes (La Comunidad del Anillo reunió por venta de localidades 314 millones de dólares, mientras que Las Dos Torres –hecho inédito para una secuela– la superó con 341 millones), el capítulo final avanza por las sendas abiertas por sus antecesores. Los personajes principales mantienen su ambivalencia y una profunda caracterización psicológica. Frodo siente crecer a cada paso el lastre de la preciada carga: por momentos parece que la visión del corrompido cuerpo de Gollum es el único impedimento para ponerse el anillo y reclamar su poder. Aragorn, Gandalf y los otros miembros de la Comunidad deben luchar, no sólo contra las poderosas fuerzas del Señor Oscuro, sino también contra sus demonios internos. Como habíamos señalado en notas anteriores, en el mundo imaginado por Tolkien y reinterpretado por Jackson el mal y el bien no son cualidades excluyentes entre sí, ambas conviven en el interior de cada persona. Aragorn sabe que el trono representa el poder que tentó y terminó destruyendo a sus ancestros, Pippin se ve atraído irremediablemente por el Palantir –objeto que permite a Sauron conocer y dirigir la voluntad de sus adversarios–, Sam debe soportar estoicamente el desdén de su gran amigo y las burlas de Gollum. Todos son concientes de que sus actos repercuten sobre su propio destino, el de sus amigos y el de todos los habitantes de la Tierra Media: por ello, la duda es una constante en estos personajes. También se percibe un reforzamiento de las figuras femeninas respecto a lo propuesto por Tolkien. Arwen es capaz de renunciar a la inmortalidad por amor a Aragorn mientras Éowyn juega un papel fundamental en la batalla de Minas Tirith, desafiando la voluntad de su tío y una larga tradición que impedía a las mujeres participar activamente en las guerras. Finalmente, Rosita –la esposa de Sam– representa la posibilidad de un mundo nuevo. Si bien todas estas acciones aparecen en las novelas, el film se ocupa de subrayar su importancia en la vida de los personajes masculinos. Si en La Comunidad del Anillo el protagonismo recaía en la figura de Gandalf y en Las Dos Torres Gollum se convirtió en la principal atracción, el personaje central de El Retorno del Rey es Sam. El fiel compañero de Frodo se convierte en la roca que sostiene la cada vez más débil voluntad del portador del Anillo. Incluso, en los momentos más difíciles, es capaz de cargarlo sobre sus hombros para ayudarlo a cumplir con su pesada misión. No es casual, por lo tanto, que la responsabilidad de concluir el relato recaiga sobre este personaje. Una diferencia importante entre la novela y el film es el tratamiento de los diálogos. Si antes habíamos señalado la intertextualidad con las mitologías griegas, romanas y nórdicas, a partir de Las Dos Torres es notoria la influencia shakespeareana en los personajes pertenecientes a la nobleza. Los guionistas dotaron a los parlamentos del Rey Theóden, Aragorn, Gandalf y el Senescal Denethor, entre otros, de un ritmo y una gravedad cuya sonoridad recuerda a los del poeta inglés. En términos visuales, el avance del reinado de la oscuridad sobre el Reino de Gondor es representado por una fotografía muy “cruda”, con blancos muy saturados. Los territorios habitados por los hombres aparecen cada vez más áridos a medida que se acercan a Mordor. A lo largo de la trilogía se pasó de una rica paleta de brillantes colores que representaban el mundo feliz de Hobbiton a los colores otoñales de la segunda parte, hasta llegar a los tonos sombríos y oscuros de esta tercera. Mucho se ha escrito acerca de la nostalgia que experimentaba Tolkien acerca de una idílica sociedad agraria que, tras la Revolución Industrial, se había transformado en un mundo gris e impersonal. El largo viaje de los Hobbits desde su país hasta el otro extremo de la Tierra Media funciona como una metáfora espacial de los cambios temporales experimentados por la Inglaterra de Tolkien. Los responsables del área artística del film lograron transponer las extensas descripciones literarias en convincentes imágenes visuales y los distintos territorios que atraviesa la Comunidad cumplen un rol importante, como si se trataran de otros tantos personajes. Aunque la espectacularidad de la batalla del Abismo de Elm –uno de los momentos más destacables de Las Dos Torres– parecía una marca difícil de superar, Jackson resolvió el desafío con gran destreza enfatizando no sólo las contiendas, sino también los efectos de las mismas: cada victoria se cobra un precio tremendo. La batalla de los Campos de Pelennor alterna planos largos que abarcan toda la escena, con primeros planos que muestran los sentimientos de los personajes. Cada uno de los protagonistas lleva adelante una pelea personal en medio del fragor de la lucha, lo que permite al espectador reconocer sus personalidades: Legolas y Gimli compitiendo para ver quién derriba más enemigos, los diminutos Pippin y Merry tratando de demostrar la grandeza de su espíritu, la rebelde Eowyn cortando cabezas a diestra y siniestra sin perder su femineidad, Aragorn demostrando por qué debe ser coronado rey. Igual que el Portador del Anillo, Peter Jackson tuvo que resistir a numerosas tentaciones en los muchos años que duró la hechura de El Señor de los Anillos –dos años de preproducción, 274 días de rodaje, tres años de post-producción–. Una tuvo que ver con la escritura del guión: qué cosas narrar y cuáles omitir. Si pensamos la trilogía de Tolkien como una epopeya, debemos considerar que lo característico de este género es su autonomía; es decir que, a pesar de haber sido creada por un individuo particular, se presenta como si su origen fuera anónimo y legendario. Así, la obra se convierte en saber tradicional. En su interesante artículo Mitopoiesis (J.R.R. Tolkien), Pablo Capanna afirma que “en algunos libros de la extensa bibliografía tolkieniana asoma una inquietante creencia: se afirma explícitamente que Tolkien es simplemente el copista que ha tenido acceso a los antiguos manuscritos que componen el Libro Rojo de la Marca del Oeste”. Seguramente, Jackson y sus guionistas sintieron la tentación de incluir todos y cada uno de los capítulos de la novela; pero el resultado no hubiera sido una trilogía de casi diez horas de duración, sino una miniserie compuesta por un número insospechado de capítulos. Una excesiva simplificación, por el contrario, hubiera significado una enorme decepción para los millones de lectores del libro que ya han hecho suyas las infinitas peripecias de los incontables personajes que pertenecen, en cierto modo, al dominio público. La solución encontrada fue un texto que posibilita por lo menos dos niveles de lectura: una simple historia de aventuras para los neófitos, salpicada con una innumerable cantidad de detalles sólo reconocibles para los iniciados. Teniendo en cuenta lo que señalé anteriormente respecto a la calurosa recepción de las dos primeras partes de la trilogía, los realizadores podrían haberse tentado en repetir las fórmulas probadas exitosamente. Sin embargo, buscaron nuevas soluciones a viejos problemas. No sólo se destacan los cambios introducidos en las escenas de batalla, sino también numerosos detalles. Posiblemente, uno de los más destacables es la representación de la doble personalidad de Smeagol / Gollum. Mientras que en Las Dos Torres ésta se manifestaba en un cambio de planos, en El Retorno del Rey Smeagol le habla a su imagen en un pozo con agua, y Gollum responde desde el reflejo. Otra tentación seguramente fue la de aprovechar el universo de Tolkien para expresar sus propias obsesiones y manifestar su propia visión del mundo. Sin embargo, el realizador se revela como un “sub-creador”. Esta idea fue desarrollada por Tolkien en una conferencia sobre los cuentos de hadas que pronunció al ocupar una cátedra de la Universidad de St. Andrews en 1938. El filólogo pensaba que el mito –la creación literaria– es una invención que revela aspectos no manifiestos de una Verdad eterna e inagotable. Si se concibe a Dios como único creador, el hombre no es pues un creador en términos absolutos, sino un “sub-creador” que completa y lleva a la perfección el mundo creado. Llevando al extremo esta idea y considerando a Tolkien el “dios padre”, a Peter Jackson –como a Alan Lee, John Howe, Ralph Bakshi y otros autores que se ocuparon en su momento de transponer en imágenes visuales el texto literario– le corresponde la nada fácil tarea de poetizar sobre la creación de aquél. Para todos ellos, la verdadera Fantasía no es escapista ni sirve de consuelo para los males de este mundo primario: es una de las formas más elevadas del Arte, al mismo tiempo que una manera de “completar” el mundo y que nos permite verlo desde otra óptica. Las imágenes creadas por Peter Jackson ya no le pertenecen: forman parte del acervo cultural de la Tierra Media. Muy ligada a esto aparece la última tentación, la más difícil de resistir: la de no desprenderse del Anillo y ser absorbido por esta exitosa y taquillera idea. Más allá de las anunciadas ediciones especiales con el montaje del director (que incluyen las escenas que las exigencias de la exhibición obligaron a dejar afuera), Peter Jackson, al menos en sus declaraciones, parece decidido a encarar nuevos proyectos: “El profesor Tolkien observó una vez que el plato de sopa, el caldero de la historia, siempre ha estado hirviendo, y a eso se le agregaron continuamente pequeñas cosas, deliciosas y no tanto. Estoy feliz al dejar estas películas en el mundo. Ya sea que mi contribución sea juzgada deliciosa o no tanto, la misma ya fue realizada.” Por lo pronto, sus esfuerzos están encaminados hacia la nueva versión de uno de los principales mitos creados por el cine: King Kong. En los tramos finales del film, Bilbo le pide a Frodo que le muestre al Anillo por última vez antes de embarcarse en las naves que parten del Puerto Gris, a lo que éste responde con un “ahora es imposible”. La cara de tristeza y resignación que pone el anciano se multiplica en los rostros de los espectadores: la travesía concluyó y uno de las más grandes empresas cinematográficas de las últimos años llegó a su fin. Del mismo modo que en la novela lo que viene después del triunfo sobre Sauron no es la típica celebración: más bien prima un tono melancólico y triste. Todos, personajes y espectadores, sabemos que la Tercera Edad del mundo ha terminado y, con ella, una de las más grandes historias jamás contadas.n |
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El Señor de los Anillos: |
| La majestuosa
adaptación que Peter Jackson Luis Ormaechea |
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