Nº 91 - JULIO 2005

Christine... ¿martirizada?

Reivindicando una de las novelas
menos destacadas de Stephen King

Eusebi Anton

 

uando cayó en mis manos el libro de Teodoro Gómez El Lector de Stephen King, una de las cosas que me sorprendió fue el sondeo comentado del listado de las “malas o buenas novelas” de nuestro admirado autor. En el se encontraba Chistine como una de las menos sobresalientes. Bien, yo me he dado un garbeo por la red y he comprobado que así es. Diferentes lectores y críticas dejan a Chistine en un 95% como “mala” o poco atractiva, ya sea por su argumento, no así su escritura o su tema, ya que muchos opinan que daba poco de sí.

Pienso que no debemos subestimarla; no se trata de las mejores, pero nos puede brindar una tesis muy profunda sobre la posesión del objeto como bien nos decía en su excelente artículo Jorge Díaz. Para mí, personalmente, fue una obra de consulta durante mi adolescencia... y sigue siéndolo. ¿Por qué?

Tenía 17 años cuando compré el libro (la misma edad que el personaje, Arnie Cunninghan) en una librería de usados (ya que estaba agotado), medio estropeado. El librero, muy sinvergüenza y habilidoso, lo arregló y lo envolvió en papel para que no se viera y... ¡sorpresa al llegar a casa!. No le di importancia y empecé a leerlo.

Lo leí de un tirón. Me sentí muy identificado con el personaje y su entorno, lo conocía muy bien (creo que todos hemos podido ser un poco Arnie o Dennis Guilder o un Buddy Repperton y esto King lo sabe muy bien.) Los anhelos, los temores, obsesiones y fijaciones están en el libro. Por supuesto, hay otras obras mejores del autor que explican todo esto como la magistral IT o Carrie, pero el relato que nos ocupa, creo, es con el que identifico más la problemática adolescente.

Chistine es una obra llena de significado. Abundan diversas tesis como, por ejemplo, la de que los seres humanos influimos en el objeto de nuestro amor hasta el punto que la obsesión puede llegar al camino de lo sobrenatural. La vibración humana puede hacer que lo que no tiene vida tenga vida propia y, si hay casas encantadas, hay coches embrujados también porque se ha hecho vida allí. Ahí tenemos el caso de Ronald D. Lebay, el dueño del vehículo anulado totalmente en la película de John Carpenter, apoderándose de la mente de Arnie, menos cuando conduce a Christine. Este aspecto me decepcionó un tanto, ya que yo buscaba la emoción del coche fantasma por si solo, pero es tal el influjo inconsciente de Lebay que el coche adquiere vida propia y ya nada lo puede controlar. Uno de los pasajes más salvajes del libro en ese sentido es cuando Lebay ofrece en sacrificio a su hija metiéndola en el coche medio ahogada sin hacer nada por salvarla.

Otra tesis que va vinculada a la anterior es la creación y mantenimiento de aquello que se ama o a quien se ama, y lo vemos en el capitulo de Chistine martirizada, en como más tarde el coche vuelve a recomponerse después de haber sido convertido en un montón de chatarra por Repperton y compañía. O como Arnie va reparándolo al principio de la novela. Es la relación del anfitrión y el simbionte, los dos obtienen algo a cambio: para Arnie, incluso mejora su estado físico y reúne fuerzas para pedirle de salir con la chica más guapa del instituto y Chistine, obtiene la energía suficiente para renovarse.

Es un relato que nos habla de la fuerza de la amistad, de vivencias adolescentes, de un triángulo amoroso muy peculiar y como las oscuras fuerzas del mal pueden tomar la forma que deseen para cumplir sus designios. Así quien piense que es una novela “mala” que se pare a reflexionar o la relea de nuevo.n