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| El Señor de los Anillos 1: La Comunidad del Anillo La primera entrega de esta trilogía, La Comunidad del Anillo, es uno de esos escasos films en la historia del cine que unen la espectacularidad con lo que podríamos llamar el “cine de autor”, un cine con un estilo definido y con fuertes marcas autorales. Desde que James Cameron estrenó Titanic en 1997 no sucedía algo semejante. El mayor de los desafíos ¿Cómo enfrentarse a un material tan conocido como la obra de John Ronald Reuel Tolkien? Este erudito y filólogo sudafricano creó un mundo de fantasía, convincente por sus precisos detalles imaginados y su consistencia interior, desarrollando una prosa con el ritmo y la fuerza de las epopeyas finlandesas y nórdica y la literatura anglosajona. Su trilogía épica lleva vendidos actualmente más de cincuenta millones de ejemplares (que, con mucha probabilidad, se incrementarán notablemente tras el estreno del film), se tradujo a veinticinco idiomas, sus personajes y vicisitudes se han difundido por juegos de rol y en miles de sitios de Internet donde fanáticos discuten hasta los detalles más nimios. Peter Jackson no se dejó intimidar por semejante desafío y tampoco se preocupó por la “fidelidad” que los más fanáticos le exigían. Con gran criterio, manifestó que estas películas son su propia interpretación de la historia. Sin embargo, tomó los suficientes recaudos haciéndose asesorar por expertos en Tolkien y cuidando de respetar los nombres y las principales situaciones narradas por aquél. Para la realización de la escenografía, por ejemplo, contrató a Alan Lee y John Howe, dos artistas reconocidos internacionalmente por sus pinturas inspiradas en los libros de Tolkien. Para quienes no conozcan o no recuerden su trama argumental, valga este esquemático resumen. La acción transcurre en tiempos remotos en una mítica región llamada la Tierra Media. Lord Sauron, el Señor Oscuro, está buscando un poderoso anillo que le permitirá esclavizar y controlar a los habitantes de ese mundo. El anillo cae fortuitamente en manos de Frodo Bolsón, un ser común y corriente, que se ve involucrado en una empresa que supera sus propias fuerzas. Frodo deberá destruir el anillo, arrojándolo en una montaña ubicada en Mordor, la región controlada por el siniestro Sauron. Para ayudarlo, se formará una comunidad integrada por representantes de los seres que habitan la Tierra Media (hombres, hobbits, elfos, magos). No es, como se dice habitualmente, la acostumbrada y vieja historia de la lucha entre bien y mal. Más bien trata acerca de la complejidad del mal, que no se encuentra solamente en Sauron o en el Anillo, sino dentro de cada persona. Es el apetito eterno por querer controlar la voluntad y el destino de los demás. Historia de los días antiguos Según se supo recientemente, por declaraciones de Peter Jackson al semanario alemán Focus, Stanley Kubrick quiso llevar esa novela a la pantalla en 1967. Lo más curioso es que los protagonistas serían los Beatles: George haría el papel de Gandalf, Paul y Ringo serían Frodo y Sam, y John Lennon, Gollum. Lamentablemente, Kubrick no pudo lograr un guión satisfactorio y el proyecto fue abortado. Peter Jackson contó con algunos antecedentes que le permitieron visualizar el mundo de la Tierra Media. Además de los dibujos del propio Tolkien y de los ilustradores oficiales, contaba con los que hicieron cientos de fanáticos en todos estos años. Pero, además, tenía un antecedente fílmico: la versión animada por Ralph Bakshi en 1978. Con una audacia y originalidad poco frecuentes, Bakshi manejó los colores y los movimientos admirablemente. Sus dibujos son impecables y cada plano está meticulosamente compuesto. Para dotar de vitalidad algunas escenas, utilizó la técnica del rotoscopio que permite mezclar actores reales con dibujos animados. Sin embargo, el proyecto resultó un fracaso comercial quizá debido a la mirada cínica y dura de este director, o bien a un guión demasiado confuso y con demasiados puntos oscuros para quien no hubiera leído la novela. Lo cierto es que se filmó sólo una de las dos partes proyectadas y la idea quedó esperando un mejor momento para desarrollarse. Algunos de los directores más taquilleros, entre ellos Steven Spielberg, George Lucas y James Cameron, sintieron la tentación de llevar adelante la difícil empresa; pero no se atrevieron a semejante desafío. Posiblemente, estuvieran esperando que se dieran las condiciones técnicas indispensables para llevarlo adelante. Finalmente, a fines de la década de los noventa, el Anillo eligió a un portador para ser llevado hasta la pantalla grande: Peter Jackson. El encargado de llevar el anillo al cine Este neozelandés se hizo conocido mundialmente como uno de los más audaces realizadores del cine gore, un subgénero que se caracteriza fundamentalmente por la falta de sutileza y cuya calidad se mide por la cantidad de litros de sangre utilizados durante el rodaje. En nuestro país lo conocimos con su delirante Mal Gusto/Bad Taste (1986), un film tan revulsivo y repulsivo como puede sugerirlo su título. Luego dirigió Meet the Feebles (1989), un film de marionetas que podría definirse como un capítulo de los Muppets guionado por los Monty Python, y Braindead (1992) –editada en video con el título de Muertos de Miedo–, una curiosa mezcla de cine splatter con el slapstick que el director George A. Romero bautizó como splastick, algo así como lo unión entre la sangre y la risa dislocada. Peter Jackson volvió a los cines argentinos con la sorprendente Criaturas celestiales/Heavenly Creatures (1994), un inesperado giro en su carrera donde abandonaba sus masacres de zombies para contar con tono de fábula una historia real tan macabra como sus anteriores ficciones. Volvió al género fantástico con The Frighteners (1995), una comedia con Michael J. Fox, John Astin y Jeffrey Combs. En el otoño de 1999, comenzó en Nueva Zelanda la filmación de la espectacular saga de El Señor de los Anillos con una característica única: es la primera vez en la historia del cine que se rodó una trilogía al mismo tiempo, aunque sus partes se estrenarán a lo largo de tres años. Fuera de la habitual especulación comercial que caracteriza a las trilogías más famosas (George Lucas condicionó la realización de El Imperio Contraataca al éxito que tuviera La guerra de las Galaxias, Wes Craven hizo lo propio con Scream), Peter Jackson quiso rodar los tres films simultáneamente para conseguir una unidad estética difícil de obtener de otra manera. Este singular hecho tiene su correspondencia con la historia de la novela. Tolkien no pudo publicarla en un solo volumen como hubiera sido su voluntad por razones de mercado. Entonces, dividió la obra en tres partes que fueron editadas cada seis meses. Reunir los 180 millones de dólares que requería la producción no fue tarea fácil. La empresa neozelandesa Wingnut Films Limited no podía reunir semejante monto y tuvo que asociarse con alguna major estadounidense. En un principio, se pensó en Miramax; pero como esta compañía es propiedad de Disney y fue voluntad expresa de Tolkien que Disney no tuviera nada que ver con posibles adaptaciones de sus obras, el proyecto se cayó. Además, los ejecutivos de Miramax querían comprimir toda la historia en un solo largometraje y Peter Jackson insistía en desarrollarla en forma de trilogía. El apoyo llegó de parte de New Line Cinema. Nueva Zelanda vivió un momento de esplendor en lo laboral mientras se filmaba la trilogía. Durante el rodaje se utilizaron más de veinte mil extras y un verdadero ejército de vestuaristas, maquilladores, peinadores, escultores y expertos en efectos especiales. Para darnos una idea del despliegue, bastan estas cifras: en los talleres de WETA, la empresa encargada de los efectos especiales, se realizaron 48 mil elementos escenográficos, 900 armaduras y 1600 pares de prótesis para recrear los pies de los Hobbits; los diseñadores de vestuario tuvieron que hacer 15000 trajes, 200 máscaras y 300 pelucas; en algunos momentos llegaron a trabajar simultáneamente 2400 técnicos. Eso sin contar todo el despliegue administrativo, el catering, los alojamientos, etc. Peter Jackson pidió tener el control creativo de los films y lo consiguió. Para la redacción del guión contó con la ayuda de su habitual colaboradora Fran Walsh y para el diseño visual contrató a su propia compañía WETA. También se reservó el derecho de elegir el elenco, utilizando un criterio similar al de George Lucas para sus Star Wars: actores con una importante trayectoria, pero que no fueran estrellas. La conformación de la Comunidad Elijad Wood fue elegido para el papel protagónico, Frodo, el portador del Anillo. El joven actor encaró el desafío de representar a uno de los personajes más difíciles de la historia. Frodo es un hobbit tímido, con grandes conflictos internos, que es elegido para cumplir una misión fundamental para los destinos de la Tierra Media. Él es un ser común que debe enfrentar a un peligro descomunal, algo así como Juan Salvo en El Eternauta, la genial historieta de Héctor Oesterheld. Muy lejos de la típica figura del héroe, mucho más cerca a algunos personajes del animé, como Shinji Ikari –el protagonista de Neon Genesis Evangelion– o como Hitomi Kansaki –de Tenkuu no Escaflowne–, Elijad Wood ve con sus enormes ojos asombrados lo descomunal de la empresa que le tocó en suerte cumplir. Los roles de los magos, personajes que requieren mucha presencia física y un carácter muy fuerte, recayeron en dos actores “de raza”: Sir Ian McKellen (Gandalf) y Christopher Lee (Saruman). El casting no pudo ser más acertado. McKellen, con sus múltiples recursos actorales, humaniza la figura del mago “bueno”; en tanto que Lee aporta una presencia sobrenatural a su personaje, como lo hiciera hace cuarenta años en los films de Drácula producidos por la productora inglesa Hammer Films. El resto de los hobbits fueron interpretados por Sean Astin (Sam), Billy Boyd (Pippin) y Dominic Monaghan (Merry). Por último, Ian Holm encarnó al Bilbo Bolsón, el tío de Frodo. Los hombres son Viggo Mortensen (Aragorn) y Sean Bean (Boromir); en tanto que John Rhys-Davies encarna al enano Gimli. Los impresionantes trolls y el temible Lord Sauron fueron creados digitalmente. Para representar a los elfos fueron elegidos Orlando Bloom (Legolas), Hugo Weaving (Elrond), la bellísima Liv Tyler (Arwen) y la sugestiva Cate Blanchett (Galadriel). Peter Jackson concedió más importancia a estos dos personajes femeninos (los únicos que aparecen en esta parte de la trilogía) que la que le dio Tolkien. Mientras en el libro, la historia del anillo es contada por personajes del sexo masculino, en el film la responsabilidad recae en la voz de Cate Blanchett. Otro cambio importante es la mayor participación de Arwen en la acción, algo que llamaba poderosamente la atención en los trailers del film. Conociendo a Peter Jackson, es de suponer que las mujeres seguirán siendo protagonistas en esta versión de la historia. Algo muy destacable es que todos los personajes han sido cuidadosamente desarrollados por Peter Jackson y sus guionistas. No es habitual que en un film de acción se preste tanta atención al desarrollo de los personajes. Sin embargo, también aquí El Señor de los Anillos marca la diferencia respecto a otras producciones. Parece como si las situaciones se hubieran desarrollado a partir de los caracteres de los personajes (algo habitual en el dibujo animado japonés) y no la habitual concepción de los personajes como sujetos de la acción. La visualización de la Tierra Media Como dijimos anteriormente, los efectos especiales fueron realizados por WETA, la empresa neozelandesa propiedad de Peter Jackson. Cada imagen del film fue procesada digitalmente, siguiendo la tendencia actual que se caracteriza por el engolosinamiento por los efectos generados por computadora. No obstante, El Señor de los Anillos no resulta un muestrario de las maravillas de la tecnología y muchos de estos efectos pasan desapercibidos. Por ejemplo, y de acuerdo a Tolkien, la Tierra Media está habitada por seres de diferente tamaño: hombres, hobbits y enanos. En el film no se usaron actores que tuvieran la altura que su personaje demandaba, sino que sus tallas fueron reducidas digitalmente. El Señor de los Anillos es una buena oportunidad para reflexionar sobre las nuevas tecnologías aplicadas al cine. Entre los varios fenómenos que se presentan actualmente, uno de los más importantes es el aumento de la cantidad de secuencias animadas incluidas en los films de ficción. Como decíamos anteriormente, Ralph Bakshi también combinó actores con los dibujos animados. Sin embargo, un claro signo de los tiempos es la diferente utilización de este recurso en ambos films. Mientras Bakshi reducía el carácter indicial de la figura humana para transformarlo en la figura icónica que caracteriza al dibujo animado, Jackson y la tecnología crean imágenes icónicas con tanto detalle que son percibidas como imágenes indiciales. En el nuevo film, es imposible creer que todo lo que vemos es un índice de la realidad. Por ejemplo, sólo si realizamos alguna detallada investigación sabremos si esos paisajes corresponden a Nueva Zelanda o surgieron a partir de una operación binaria. (Cabe aclarar que esto no atenta contra la verosimilitud del texto, sino todo lo contrario). La música Tolkien concedió un lugar preponderante a la música y las canciones en su obra. Tanto los hobbits como los elfos son afectos a recitar extensos poemas y cantar muchas canciones. Para la versión fílmica, fue contratado el músico Howard Shore, habitual colaborador del director canadiense David Cronenberg y responsable de las partituras de El Silencio de los Inocentes (Jonathan Demme, 1991) y Seven – Pecados capitales (David Fincher, 1995), entre muchas otras. Era de esperar que este compositor, habituado a crear climas inquietantes, creara el ambiente de misterio y oscuridad que la versión de Peter Jackson requería. Sin embargo, la combinación de una orquestación sinfónica con grandilocuentes coros otorga un carácter demasiado ceremonial a una historia muy vívida. Por otra parte, hay momentos –particularmente aquellos en los que utiliza música celta– que recuerdan demasiado a las composiciones de James Horner (Corazón Valiente, Titanic). Los temas interpretados por Elizabeth Frazer y la cantante irlandesa Enya remedan apenas la belleza que imaginamos para las composiciones élficas. Quizás la música sea el punto más flojo y decepcionante de esta consistente producción. Un Anillo para satisfacer a todos Cabe aclarar que, a pesar de la complejidad que tiene la historia, el film no excluye a quienes no leyeron el libro. Jackson se cuidó mucho de construir un relato que resultara a la vez comprensible para todo el público y que no defraudara a los millones de lectores del libro. También buscó un equilibrio entre el compromiso comercial de llegar a todas las audiencias y la violencia exigida por el relato, evitando hacer un film para chicos, al estilo Harry Potter y la Piedra Filosofal (Chris Colombus, 2001), considerando que el libro fue clásico en los ‘60 y que esos lectores tienen hoy 50 años. Tolkien escribió un cuento titulado Leaf by Niggle, un relato que parece una metáfora del camino que siguieron sus creaciones. Un pintor minucioso (Niggle) se propone pintar una hoja de árbol en el viento; pero lo hace con tanto detalle y realismo que se ve obligado a continuar por la rama, el tronco y todo el follaje restante, hasta que el árbol crece y lo invade todo; entonces, entre sus ramas aparece un paisaje que el pintor jamás había imaginado. De alguna manera, Peter Jackson reproduce este procedimiento ocupándose escrupulosamente de cada detalle, hasta conseguir una versión muy personal pero, al mismo tiempo, muy respetuosa del mundo creado por Tolkien. El Señor de los Anillos 2: Las Dos Torres El final de la primera parte presentaba la separación en tres grupos de la Comunidad encargada de transportar el anillo. Tras la caída de Gandalf en el pozo de Khazad-dûm durante la pelea con el Balrog y la muerte de Boromir, Frodo y Sam dirigen sus pasos hacia el territorio gobernado por el poderoso Sauron. En esos páramos, descubren que son seguidos por Gollum, una criatura que fue pervertida por el Anillo y que promete guiarlos a través de un territorio plagado de enemigos tan árido como hostil. Mientras tanto, Aragorn, Legolas y Gimli se internan en el Reino de Rohan siguiendo los pasos de la banda de Uruk-hai que secuestraron a Merry y Pippin. Allí descubren que el poderoso Rey Théoden se encuentra bajo los influjos de Saruman, quien ejerce su poder a través de su colaborador y consejero Lengua de Serpiente. En esas tierras, más precisamente en el Abismo de Helm, comienzan los preparativos para una importante batalla entre los ejércitos de los hombres y las criaturas del malvado mago. Aunque la Comunidad se encuentra temporariamente disuelta, todos sus integrantes continúan su marcha en pos de un único objetivo: la destrucción del Anillo. El difícil pasaje de la letra a la imagen Uno de los aspectos más relevantes de El Señor de los Anillos es el sorprendente trabajo realizado por Peter Jackson y sus guionistas para llevar a la pantalla grande uno de los libros más conocidos y satisfacer a la numerosísima legión de lectores que conocen hasta los más pequeños detalles del mundo imaginado por J. R. R. Tolkien. El escritor dividió a su monumental obra en seis libros publicados en tres volúmenes. El primero, titulado La Comunidad del Anillo ordena los acontecimientos en forma cronológica y fue transpuesto al cine de la misma manera en la primera parte del film. En cambio, el segundo volumen, Las Dos Torres, narra en primer lugar las aventuras de los miembros de la Comunidad que se dirigen hacia el Oeste, y luego retrocede en el tiempo para relatar los hechos que conciernen a Frodo, el portador del Anillo y su fiel acompañante Sam; es decir, utiliza la presentación de acciones simultáneas en forma sucesiva. Con gran sentido cinematográfico el equipo de guionistas no respetó este orden narrativo y optó por uno más dinámico: el montaje alterno de las acciones simultáneas, una de las figuras por excelencia de la expresión fílmica. Para los autores, lo importante no fue seguir al pie de la letra los libros de Tolkien, sino incorporar las cosas por las que el escritor se preocupaba y hacer de ellas la estructura de las películas En este sentido, El Señor de los Anillos establece una importante diferencia respecto a otra exitosa serie, la de Harry Potter. Viendo los films basados en la obra de la escritora J. K. Rowling, se tiene la sensación de estar frente a una minuciosa ilustración del texto literario. La preocupación de los guionistas por seguir paso a paso las situaciones y los diálogos literarios es tan obsesiva que las mínimas variaciones producen ruido en la comunicación y el espectador se siente tentado de gritar: “¡Eh! ¡Eso es diferente en el libro!” o “¡Cuidado! ¡Te salteaste un párrafo!” Dos aspectos importantes que fueron resueltos muy inteligentemente en la transposición de Las Dos Torres son el comienzo y el fin del relato. El anterior film incluía el primer capítulo del segundo volumen de la obra literaria, en el cual se cuenta la muerte de Boromir y la captura de Merry y Pippin por parte de los Uruk-hai. Sabiendo que La Comunidad del Anillo y los hechos narrados en él son conocidos por la mayoría de los espectadores de Las Dos Torres, Peter Jackson elige no hacer un resumen de la primera parte. La única escena que se repite, la lucha de Gandalf con el Balrog, aparece como parte de una pesadilla de Frodo y sirve de introducción a sus aventuras en Mordor. Al mismo tiempo, cumple con la regla de oro del cine actual que impone una espectacular escena de acción al comienzo del film para atrapar la atención de los espectadores. El otro problema a resolver era en qué punto suspender el relato y finalizar el segundo film. El libro termina de forma abrupta, con los protagonistas sufriendo una suerte adversa, en una especie de cliffhanger, tan habitual en los seriales cinematográficos de los años 30s, cuyos relatos dejaban al héroe al borde de la muerte hasta el próximo capítulo. Aunque este recurso fue utilizado con éxito en El Imperio Contraataca (Irvin Kershner, 1980), el equipo de guionistas de El Señor de los Anillos decidió terminar el relato mucho antes que Tolkien, omitiendo (o postergando) episodios muy importantes como los que tienen que ver con el Palantir o con la temible Ella-Laraña. Pero, además, decidieron alterar algunas situaciones. En efecto, por su particular concepción que le otorga una inusual unidad estética, El Señor de los Anillos se parece menos a una trilogía que a un único y extenso film del cual vamos conociendo un capítulo de tres horas por año. Cualquier espectador que no haya visto La Comunidad..., o no recuerde su historia, queda completamente afuera de Las Dos Torres, un hecho que no parece importarle demasiado a Peter Jackson. Si bien esta segunda parte es más oscura y sombría que la primera, ello se debe a una imposición de la historia y no a un cambio sugerido por exigencias del mercado. Por otra parte, aunque las posibilidades de la posproducción digital son inmensas, el material base ya está filmado y no puede sufrir sustanciales modificaciones. Este mismo hecho dificulta las posibilidades de emitir un juicio crítico sobre el film, considerando que aún no hemos terminado su visionado. La Tierra Media cambia de dimensión Otro de los aspectos que hacen de El Señor de los Anillos un admirable caso de transposición es la conversión de la unicidad de códigos propia de la literatura al espesor sígnico característico del cine. Ante el monumental texto considerado, y teniendo en cuenta las limitaciones de espacio de esta reseña, voy a limitarme a sólo dos ejemplos: Gollum y la batalla de los Abismos de Elm. A pesar de que una vez fue una criatura parecida a un hobbit, los 500 años de Gollum en posesión del Anillo han deformado su cuerpo y pervertido su mente. Cuando es capturado por Frodo, éste advierte cuál va a ser su destino si no se desprende del Anillo rápidamente. En ese cuerpo esmirriado y decrépito conviven el malvado y codicioso Gollum con el ser que fue anteriormente y que se llamaba Sméagol. Las dos personalidades entran en lucha cuando Frodo le recuerda cómo era su vida antes de que el Anillo llegara a él. La miserable criatura logra transmitir una sensación simultánea de repulsión y compasión, es una especie de niño malvado e impío. En una de las escenas más audaces del film, Sméagol y Gollum sostienen un curioso duelo verbal que ilustra maravillosamente bien una de las ideas básicas de Tolkien: no hay personas totalmente buenas ni completamente malas, son nuestras elecciones las que hacen que cometamos actos de una u otra naturaleza. En el plano de la realización, Gollum también es un ser híbrido. Aunque creado totalmente con animación generada por computadora por la empresa WETA Digital, su “origen” es humano. Recuperando los principios de la técnica del rotoscopio (utilizada en los comienzos del cine de animación), los movimientos de la criatura fueron efectuados por el actor Andy Serkis y sobre ellos trabajaron los artistas digitales. También el actor contribuyó a la creación del personaje con una voz estrangulada y sibilante. El momento más espectacular de Las Dos Torres está dado en la batalla de los Abismos de Helm. Éste es una gran fortaleza de piedra ubicada en un angosto y rocoso desfiladero, donde el Rey Théoden decide refugiarse junto con su pueblo cuando los 10.000 Uruk-hais invaden las tierras de Rohan. El film logra transformar en angustiantes los largos minutos previos al ataque de las tropas de Saruman. Los rostros de los pocos e inexpertos soldados que deben enfrentar a un ejército diez veces mayor en número, en salvajismo e impiedad son realmente conmovedores. Al igual que sus mujeres y sus niños saben que un destino aciago está a punto de caer sobre ellos. Las tropas enemigas embisten como olas negras contra los muros de piedra, que a duras penas resisten tan furiosos embates. La belleza de los coreográficos movimientos es brutalmente interrumpida por inserts que nos recuerdan que la guerra no es algo agradable ni deseable. No es exagerado comparar la grandiosidad de las imágenes de esta batalla con los aquellas filmadas por David W. Griffith, Orson Welles, Akira Kurosawa o Stanley Kubrick. Pocas veces en su historia el cine conoció una unión semejante entre cine y literatura como está sucediendo con El Señor de los Anillos. A partir de estos films, es cada vez más difícil leer los libros sin que las potentes imágenes creadas por el realizador neozelandés se impongan en nuestra imaginación. Así como Frodo parece ser el único ser capaz de portar el Anillo, Peter Jackson está demostrando ser uno de los pocos autores capaces de realizar con éxito una de las más difíciles tareas: la de transponer uno de los libros más conocidos del siglo XX.n |
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El
Señor de los Anillos: |
| La majestuosa
adaptación que Peter Jackson Luis Ormaechea |
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