Nº 90 - JUNIO 2005

Lovecraft y el horror

La introducción que King escribió para Against the World, Against Life, el ensayo de Michael Houllebecq

Stephen King
Publicado originalmente en "H.P. Lovecraft Against the World, Against Life" (2005) de Michel Houellebecq y en "Los Angeles Times" (Horror, He Wrote)

 

l largo ensayo H.P. Lovecraft: Against the World, Against Life, de Michel Houellebecq, es una notable mezcla de visión crítica, lealtad feroz y simpática biografía - una especie de carta de amor escolar, quizás incluso una verdadera nota cerebral.

La pregunta es si el tema a tratar alcanza un rico e inesperado golpe de creatividad en lo que es ordinariamente es tratado como algo menor. ¿Lo consigue este autor ya fallecido hace tantos años? Houellebecq argumenta que H.P. Lovecraft lo logra, incluso en el siglo XXI.

Pienso que no puede estar mas acertado.

¿Alguna vez se ha asustado a sí mismo?

Esta es una pregunta que le han hecho a todo escritor cuyo trabajo se acerque a lo extraño, lo sobrenatural o lo macabro; y no solamente una sola vez. Estoy seguro que H.P. Lovecraft se enfrentó a la cuestión y que respondió con su acostumbrada corrección, sin importar las veces que la escuchara. Ciertamente, él nunca hubiera respondido como lo hizo una vez un escritor en la World Horror Convention a la que asistí hace unos años, con otra pregunta: ¿He tomado pis alguna vez?

Vulgar, claro, pero no es una mala respuesta. Porque cualquier escritor que trabaje en este campo de la literatura se ha asustado a sí mismo mas de una vez. Los hombres que pasan sus vidas en minas de carbón tosen. Los guitarristas tienen callos en las puntas de sus dedos. Los oficinistas caminan con una ligera inclinación cuando alcanzan cierta edad. Estos son los riesgos de cada profesión. Para el escritor de horror, el miedo ocasional, cuando actúa la imaginación, es otro. Llega con el trabajo, y la mayoría de nosotros lo considera algo de poco interés, no mucho más interesante de lo que el minero considera su tos, o el guitarrista los callos en la punta de sus dedos.

Hay, sin embargo, una pregunta relacionada. Pregúntenle a un grupo de escritores que se han especializado en relatos de horror y lo sobrenatural si han tenido alguna idea que los haya asustado demasiado como para escribir sobre la misma. Y sus ojos brillarán. Entonces ya no estamos hablando de riesgos habituales del oficio, lo cual es aburrido; en este caso estamos hablando de salir de compras, lo cual nunca aburre.

Yo al menos tuve una idea semejante. Me vino cuando asistí a mi primera World Fantasy Convention, en el viejo año de 1979. Aquella Convención tuvo lugar en Providence, Rhode Island, casualmente el lugar donde vivía Lovecraft. Mientras caminaba por la ciudad durante la tarde de un sábado (y preguntándome, por supuesto, si Lovecraft habría caminado alguna vez las mismas calles), pasé junto a una tienda de electrónicos. La vidriera estaba repleta de los típicos objetos: guitarras eléctricas, radios reloj, navajas, saxos, anillos, pendientes y armas, armas, armas.

Mientras miraba todo este rejunte, el Sr. Idea habló dentro de mi cabeza, como habitualmente lo hace, y por razones que un escritor no puede entender con claridad. (He dicho, en alguna ocasión, que los momentos típicos de "tengo una idea para una historia" provienen cuando varias cosas comunes son percibidas de una manera completamente nueva, o configuradas de forma distinta. Esto normalmente hace callar a la gente que pregunta, porque suena racional. Es racional, y es parte de los momentos "tengo una idea", pero hay más. No puedo explicar lo que es, incluso después de tantos años. Pero puedo decir que es como sentir un disparo en el cerebro).

El Sr. Idea dijo, "¿Qué pasaría si hubiera una almohada en esa vidriera? Solo una vieja y ordinaria almohada con una funda de algodón ligeramente sucia. Y supongamos que alguien curioso -un escritor como tú, tal vez- intentando saber porqué ese objeto está allí, entra y pregunta por el mismo. El vendedor le diría que es la almohada que perteneció a H.P. Lovecraft, la misma sobre la que dormía todas las noches, la misma en la que soñó sus fantásticos sueños, quizás la misma que tenía cuando murió".

Lector, no recuerdo -incluso ahora, un cuarto de siglo después- haber tenido una idea que me diera un escalofrío como ese. ¡La almohada de Lovecraft! ¡Aquella que sostenía su cabeza cuando dejaba atrás su conciencia! La Almohada de Lovecraft sería, por supuesto, el título de mi historia. Volví apurado al hotel con la intención de dejar de lado todo lo que había planeado, dos paneles de discusión y una cena, para poder sentarme a escribir la historia. Para cuando había llegado, muchos detalles acerca de esa almohada aparecían con claridad en mi mente. Podía ver la tela ligeramente amarilla por los años. Podía ver un anillo fantasmal y pardusco que podría haber sido un goteo diminuto de saliva del borde de la boca, que se desprendía mientras dormía. Podía ver un punto de color castaño oscuro, que ciertamente era sangre que se había resbalado de un orificio nasal. Y podía oír el chillido de los sueños guardados ahí dentro. Sí. El chillido de las pesadillas de H.P. Lovecraft.

Si hubiese empezado a escribir la historia de esa manera, como había planeado, estoy casi seguro que hubiese terminado de hacerlo. Pero mientras caminaba por el corredor de 12 habitaciones hacia mi cuarto, alguien me dio una cerveza y me arrastró hacia una un grupo de parlanchines escritores, felices y promiscuos. Luego vinieron los paneles de discusión (después de todo) y la cena (naturalmente), seguido de más brindis (por supuesto) y mucha charla (seguro). No poca parte de la charla giró en torno a Lovecraft, y yo participé encantado, pero nunca escribí ese relato que tenía en mente.

Mas tarde, esa misma noche, ya en la cama, mi mente volvió otra vez a ese lugar, y lo que había parecido maravilloso por la tarde se convirtió en horrible en la oscuridad. Pensaba en sus historias, como se imaginarán -en aquellas que estaban en la almohada, horrores que se desprendían de la almohada y penetraban en uno. Los mejores relatos -lo que Houellebecq llama "los grandes textos"- son terriblemente únicos en la literatura americana, y han sobrevivido con todo su poder intacto. El único rival en estilo a mediados de siglo XX, debe haber sido el escritor David Goodis, cuyo lenguaje era enteramente diferente pero que compartía la habilidad de Lovecraft para finalizar, para decir suficiente en el momento justo, y que tenía aquella neurótica necesidad de taladrar la columna de la realidad. Goodis, de cualquier manera, ha caído en el olvido. A Lovecraft nunca le pasó. ¿Por qué no? Pienso que es así porque, a diferencia de Goodis, el diapasón chillón de la compulsión de Lovecraft era equilibrado por un tipo de poesía cortante y una visión imaginativa y no terrenal. Sus gritos de horror eran lúcidos.

Eso pensaba mientras estaba en la cama, sin dormir, con la cabeza apoyada sobre mi propia almohada, intentando poner todo esto dentro de una historia. La idea era absurda. Intentarlo y fallar hubiese sido miserable. Intentarlo y tener éxito hubiese requerido un enorme desgaste de energía psíquica -por no mencionar los nervios-, mas de la que se precisa para cualquier relato corto (salvo quizás para uno de Gogol o del propio Lovecraft). Y la idea de mantener vivo un concepto como el mencionado para la duración de una novela, incluso una corta, era demasiado acobardarte como para considerarla seriamente. Me sentía como un buzo en los precipicios de Acapulco, a punto de saltar pero mirando antes para asegurarse que estaba en el lado correcto de las piedras. En lugar de eso, la pausa fue muy larga como para considerar la caída y las posibles consecuencias. Entonces estuve perdido.

La Almohada de Lovecraft no fue escrita aquel fin de semana en Providence, y nunca jamás después desde aquel entonces. Si tú lo quieres hacer, lector, te lo dejo – por no mencionar los malos sueños que estoy seguro que aparecerán si haces un esfuerzo serio por lograr la historia. En lo que respecta a mí, no quiero meterme mas dentro de la almohada de Lovecraft, para visitar los sueños que hayan quedado atrapados allí. A cambio, tengo una idea que es un punto de vista con el que Houellebecq podría simpatizar.

En cada generación, una parte importante de jóvenes lectores llegan a Lovecraft sin una guía, al igual que parte de cada generación llega a Agatha Christie -y a Dracula de Bram Stoker- y llegarán, sospecho, a los libros de Harry Potter en los años y siglos por venir.

Lo que hace que Lovecraft esté aparte y merezca toda la fidelidad de Houellebecq en Against the World, Against Life no es tanto su mérito literario –oh, que término tan endeble- sino su brutal poder. A diferencia de Christie o de Stoker o de J.K. Rowling hoy en día, Lovecraft nunca fue un escritor de bestsellers. (Pocas líneas me han conmovido tanto como la sencilla frase con la que finaliza el recuento que hace Houellebecq de la infructuosa búsqueda de trabajo que Lovecraft hizo en New York: “Entonces comenzó a vender sus muebles”).

Escribía en la oscuridad (a mano), le pagaban una miseria y murió (en 1937 a la edad de 46) en la pobreza absoluta. Sí, tal como destaca Houellebecq, "Cuando Lovecraft murió, su obra nació”. Desde entonces sus escritos, con el correcto nombre de "grandes textos" que le da Houellebecq, han generado unos ingresos considerables.

(Hacia donde fue ese dinero, hacia donde va ahora y hacia donde continuará yendo hasta que la obra de Lovecraft entre en el dominio público es un interesante estudio en sí mismo. Su breve matrimonio con Sonia Greene no tuvo descendencia, y por muchos años la mayoría de sus derechos pertenecieron a Arkham House, una editorial fundada por Donald Wandrei y August Derleth, dos escritores profundamente influenciados por Lovecraft. Derleth y el temperamental Wandrei tuvieron un altercado, y Derleth continuó con Arkham House hasta su muerte. Esa compañía no existe mas, pero varios de los derechos de Lovecraft parece que ahora pertenecen a April Derleth, la hija de August Derleth. Una cosa es cierta: en algún lugar, alguien ha hecho millones con el legado de este genio solitario).

El legado financiero de la obra de Lovecraft es algo que preocupa un poco a Houellebecq y debería preocuparnos un poco a todos. El legado creativo, en cambio, debería preocuparnos mucho. Houellebecq menciona a dos escritores que Lovecraft influenció: Frank Belknap Long y Robert Bloch. Hay muchos mas, comenzando con el prodigio de Texas Robert E. Howard, cuyas historias de Conan El Bárbaro son en muchos casos pastiches de Lovecraft levemente enmascarados y que dieron nacimiento a todo un nuevo género, y quizás terminando con Joyce Carol Oates, quien ha hablado bien de Lovecraft y reconocido su influencia en al menos algunos de sus trabajos más góticos. Entre Howard y Oates (y es para mí dificultoso imaginar una brecha literaria más amplia) hay todo un panteón de escritores que han sido tocados por Lovecraft y sus sueños, algunos directamente, otros indirectamente (al descubrir a Bloch a los 10 años, por ejemplo, inadvertidamente estaba descubriendo a Lovecraft) y otros forzadamente. Tal lista de escritores debe incluir a: Clark Ashton Smith, William Hope Hodgson, Fritz Leiber, Harlan Ellison, Jonathan Kellerman, Peter Straub, Charles Willeford, Poppy Z. Brite, James Crumley, John D. MacDonald, Michael Chabon, Ramsey Campbell, Kingsley Amis, Neil Gaiman, Flannery O'Connor y Tennessee Williams. Y esto es sólo donde debería comenzar la lista.

No necesariamente estos son los únicos importantes de la lista. Para la mayoría de lectores en desarrollo, hay un peligroso "punto muerto" entre las edades de los 13 y 17 años. Es ese momento en que la mayoría de los jóvenes deja sus libros de la niñez y comienza a tomar los de la adultez. Como sabemos, muchos chicos nunca cruzan ese puente; cuando se convierten en adultos, podemos ver sus casas repletas de ejemplares de Reader's Digest, National Enquirer, Jokes for the John, y no mucho más. Algunos chicos, en cambio, durante el paso de los años, dejan a Nancy Drew y R.L. Stine en beneficio de Christie, Dean Koontz y quizás Stoker. Ellos son los únicos que llenarán sus futuros hogares con los últimos bestsellers del momento, y continuarán proporcionándole buenos fondos a la jubilación de Danielle Steel.

Pero hay un tercer grupo -siempre un tercer grupo- que no se satisface con eso; que siente la necesidad de algo más peligroso. Sí. Incluso si es algo que les habló por la noche desde dentro de una almohada, cuando la luna se ve a través de la ventana como una calavera, más que como una imagen romántica salida de una canción de moda. Sí, incluso eso. Y pienso que este tercer grupo es el que logrado mantener vivo a Lovecraft después de su muerte, e -ironía de las ironías- a pesar de su propia posición inexorable contra la vida.

Toda la literatura, pero especialmente la literatura de lo extraño y lo fantástico, es una cueva en la que los lectores y los escritores se refugian de la vida. (Lo cual es el motivo por el que tantos padres y profesores, señalando a un joven que lee historias de Lovecraft, Bloch o Ashton Smith, le grita: "¿Por qué estás leyendo esa basura?"). Es en esas cuevas -lugares de refugio- donde nos preparamos para nuestra próxima batalla en el mundo real. Nuestra necesidad de tales lugares nunca cesa, como cualquier fan de la literatura escapista les podrá contar, pero son especialmente valiosos para los potenciales lectores -y escritores- serios, que atraviesan esos vulnerables años en los que la imaginación infantil se transforma en la más organizada imaginación adulta.

Entiéndanme. No estoy diciendo que Lovecraft (o Leiber o Ashton Smith o incluso yo) sea un escritor inmaduro, que es entendido solamente por mentes inmaduras que fácilmente pueden descartarlo una vez que ha pasado la adolescencia. Esto es algo tan viejo como las críticas desfavorables a Edgar Allan Poe, que pobre favor le han hecho a él, y que lo mismo han hecho por Lovecraft, cuyos “grandes textos” siguen siendo hitos de la imaginación y dan placer tanto al lector de 50 años como al de 15. Mi impresión (y comentario final) es que los logros de Lovecraft nunca han estado tan espléndidamente reconocidos como por Michel Houellebecq. Si han leído todo de Lovecraft, Against the World, Against Life puede tentarlos a volverlo a leer con una nueva luz; si se están acercando al Príncipe Oscuro de Providence por vez primera, no podrían tener un mejor y enérgico guía para el camino.

Y –parafraseando a Robert Bloch- felices sueños.n