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| La
transformación |
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Me encontraba entonces en el baño de mi apartamento, desnudo frente al espejo, contemplando un cuerpo que ha soportado aceptablemente treinta y seis años de una vida acelerada y con algunos excesos. Soy un joven digno del tío Sam, surgido de una universidad prestigiosa, que a temprana edad logró posicionarse en un puesto importante de una compañía emergente dedicada a las telecomunicaciones. Me he convertido en el miembro mas joven del cuerpo directivo de una empresa, tengo un salario anual de seis cifras, vivo solo, y hago mayormente lo que me place.
¡Nada mal, eh! ¡Quién estuviera en tu lugar!
Cosas por el estilo se dicen frente al espejo los estúpidos como yo cuando están solos en su apartamento con vista a una de las avenidas mas importantes de Nueva York.
Esa noche, mientras me observaba y repasaba algunos números que debía tener presentes en la junta del día siguiente, algo llamó mi atención en el espejo. Ahora que lo pienso, el detalle debió ser casi inconciente al principio, porque no veo otra explicación para advertirlo cuando el cambio apenas se había manifestado. Bajé la vista y me concentré en mi pene flácido; un trozo de carne blanquecino y muerto. Cuando haces lo mismo cada noche, y en mi caso eso es mirarse al espejo durante al menos veinte minutos, llegas a memorizar ciertas cosas. Sé por ejemplo que el soporte circular de la toalla a mis espaldas forma un aura en torno a mi imagen reflejada, y entre otras cosas sé también que mi pene en estado de flacidez no alcanza a tocar el lavamanos. En realidad no alcanza a tocarlo en ningún caso, ustedes entenderán el por qué.
Sin embargo esa noche, la punta arrugada del guardián de las pelotas, mis amigos, besaba la cerámica fría produciéndome una sensación no precisamente agradable.
La idea de que mi pene había aumentado de tamaño no se me cruzó por la cabeza en ese momento. A mi edad, tales fantasías adolescentes han quedado sepultadas en el tiempo. Además no es algo que me haya quitado el sueño en el pasado; nunca me he quejado; y si se me permite el comentario, nadie lo ha hecho.
2
Tres días después del incidente en el baño, el crecimiento era un hecho. Dos centímetros y medio por debajo del lavamanos.
La descabellada idea que rondó mi cabeza por esos días fue que mi estatura había disminuido. Soy joven, pero mentiría si dijera que mi columna vertebral es todo lo recta que mi médico, el doctor Wallace, pretende que sea. Sin embargo descarté la idea, y las pruebas estaban a la vista. Si he de ser completamente sincero, entonces debo admitir que aquella noche, luego del ritual frente al espejo, hice algo que no recuerdo haber hecho en los últimos veinte años.
Fue necesaria una inspección minuciosa en la cocina para hallar lo que buscaba. La señora Sappiens guarda en una serie de cajones de la cocina su arsenal de elementos indispensables, según sus propias palabras. Cada cierto tiempo, la señora Sappiens me lanza un sermón respecto a la utilidad de sus artículos, y la importancia de conocer su existencia. Lo cierto es que nunca he recurrido a ellos, y si he de escuchar a la señora Sappiens cuando me habla al respecto, es simplemente porque me es más sencillo hacerlo que explicarle que no me interesan en absoluto ni ella ni sus artículos indispensable.
Me desplacé desnudo por mi apartamento y una vez en la cocina busqué entre los cajones hasta encontrar lo que buscaba. Aparté interruptores de luz, trozos de cable, algunas herramientas, hasta que encontré una cinta de medición metálica pequeña, de esas que utilizan los carpinteros. Regresé al baño y me ubiqué frente al espejo.
No es ningún misterio lo que iba a hacer a continuación; ni para ustedes, y desde luego no lo era para mí en ese momento. Pensar en lo que ocurrió a continuación como algo ajeno a mi es una idea graciosa, pero es precisamente el modo en que lo sentí. Ni bien me detuve frente al espejo, experimenté una erección inmediata; no fue necesario imaginarme junto a un harem de animadoras televisivas, o correspondiendo alguna de las insinuaciones de Wendy Ballard, de la oficina de marketing. Esta última ha resultado ser la fantasía más efectiva durante los últimos dos años, sin embargo no fue necesaria esta vez. Ni esa, ni ninguna otra.
Extendí la cinta metálica junto a mi pene erecto presa de un nerviosismo adolescente. Supe que la medición no haría mas que cuantificar lo que mis ojos tenían delante, y si bien era cierto que no tenía manera de saber qué tanto había crecido aquella parte de mi cuerpo, negar el crecimiento a esa altura hubiera sido como negar las capacidades olfativas del ser humano durante un concurso de pedos.
Extendí la cinta un poco más.
Permanecí unos segundos observando la graduación metálica, para luego soltar la cinta, la cual regresó automáticamente a la parte plástica, como una tortuga que esconde la cabeza. Deposité la cinta sobre el lavamanos y permanecí en silencio, muy quieto. Sin ser demasiado consciente, sentí como la erección se desvanecía al tiempo que mis pensamientos se nublaban.
Veinticuatro centímetros.
El número se alzó dentro de mi cabeza como una aparición mágica. No sabía, y supongo que nunca sabré con certeza, la longitud de mi pene previo a la transformación que tuvo lugar en esos días. No he faltado a la verdad al decir que no he prestado atención a este tipo de cuestiones; pero si he de aventurar un número, diría que unos dieciséis centímetros. Probablemente diecisiete si mi cabeza me regalaba un encuentro con Wendy Ballard.
Esa noche deposité la cinta de medición en el cajón de la cocina sin saber que regresaría por ella mas tarde. Me dormí con facilidad, sintiendo la felicidad de alguien que ha comprado ese día el auto de sus sueños y espera el día siguiente para dar una vuelta con él. En mi caso particular, ansiaba estrenar mi pene último modelo; con un tiempo de reacción envidiable, y sus flamantes veinticuatro centímetros, claro.
3
Mi día laboral se inicia a un ritmo acelerado por la mañana. Dos teléfonos celulares se encargan de fragmentar mi tiempo en lapsos aproximados de diez minutos, y no es extraño que concluya un llamado mientras inicio el siguiente. Mi secretaria dice que a este ritmo es probable que no llegue a cumplir los cincuenta, y pude que este en lo cierto. En lo que a mi respecta, prefiero una vida acelerada y corta, que una infinita y aburrida, alimentando a un puñado de gatos con alimento balanceado y esperando cada semana el nuevo episodio de Los días de nuestras vidas. No he dicho semejante cosa a Laura, pero lo pienso cada vez que me observa por sobre sus anteojos de lectura con su mirada de solterona resentida.
La mañana siguiente al episodio con la cinta de medición no fue la excepción a un inicio de día agitado. Mi teléfono GSM T35 vibró por primera vez a las nueve y tres minutos, y la conversación se extendió por unos siete. Frank, uno de los directores, me manifestó su apoyo en el proyecto de inversión que se analizaría en la junta directiva de esa tarde. Me alegré e inicié una serie de llamados que me mantuvo ocupado la siguiente media hora. Laura me interrumpió asomando su cabeza por el marco de la puerta, me ofreció café que acepté con un ademán, y se marchó.
Cuando Laura me trajo el café, me encontró desplomado en uno de los sillones de cuero que decoran mi oficina. Resulta uno de mis sitios predilectos para pensar, y eso estaba haciendo cuando la mujer depositó el pocillo de café sobre mi escritorio. Descafeinado, con endulzante artificial sin ciclamato; no hizo falta que dijera nada.
Laura sabe cuando es conveniente no decir nada, y no lo hizo esta vez. Se limitó a lanzarme una de sus miradas marca registrada, de pie junto al escritorio. Supongo que no pudo evitar darme a su modo el tipo de consejos que las personas como Laura creen que tienen el derecho de dar a personas como yo. Cosas tales como ¿por qué utiliza el teléfono celular cuando puede hablar por la extensión del escritorio? El tipo de comentario que consideran inteligentes las personas cuyas ocupaciones se limitan a alimentar a un puñado de gatos castrados y esperar el nuevo episodio de Los días de nuestras vidas. Le respondí a la mujer con una mirada de reproche lo suficientemente intensa para invitarla a retirarse de mi oficina, cosa que desde luego hizo.
Durante la siguiente media hora mi T35 se mantuvo milagrosamente inactivo, pero fue mi Motorola V105, un modelo que aun no ha salido al mercado y que se encuentra en etapa de prueba, quién me interrumpió en dos oportunidades. Tengo el V105 destinado a llamadas personales, de modo que no me sorprendí al ver el número de Candy en el indicador de llamadas. No respondí al primer llamado, pero sí al segundo. Candy es de esas mujeres que inconscientemente necesitan controlar al hombre que tienen a su lado. Destilan un aire de superioridad y autoestima elevada que no es mas que una pantalla para ocultar su inseguridad y su falta de lugar en el mundo. Sé que suena cruel, pero es cierto. Y no voy a explicar porque entonces comparto mi vida con ella. La realidad es que lo único que comparto con Candy son ciertos momentos de mi vida, y ni siquiera sé si tal cosa es del todo cierta. Hace una semana que no la he visto, y no había siquiera pensado en ella hasta que mi V105 exhibió su nombre en el display.
Como era de esperar, la conversación con Candy no trajo consigo nada nuevo, mas que apartarme de mis cavilaciones, claro.
Cualquiera que me viera sentado en el sillón de mi oficina, bebiendo café con los ojos entrecerrados de alguien que se trae algo ente manos, pensaría que lo que ocupaba mi mente era la junta de esa tarde. Quizás fue precisamente lo que Laura pensó al entrar a la oficina unos minutos antes, pero por extraño que resulte, no era la junta lo que me ocupaba. Después de recibir el apoyo de Frank la junta era un tema cerrado.
Pensaba en el crecimiento de mi miembro. Y lo espeluznante, es que lo hacía con una fascinación de la que no podía librarme. Cuando una idea se apodera de mi cabeza, me resulta imposible deshacerme de ella hasta analizarla a fondo. Y ciertamente tenía una idea en mente…
Ordenemos el asunto. Hay ciertas cosas que se establecen a lo largo del tiempo; ciertas reglas. En lo que respecta al trabajo, una de esas reglas consiste en no involucrarse sentimentalmente con nadie de la compañía en la que uno trabaja. No importa qué tanto Wendy Ballard se empecinara en torcer esta regla; había cientos de mujeres con las que uno podía enredarse sin perjudicarse laboralmente. Candy por ejemplo, era una de ellas. Créanme, nunca he sucumbido ante la tentación de invitar a salir a una compañera de trabajo, jamás. Si me lo preguntan, creo que no me ha ido nada mal con esta política (si se me permite llamarla de este modo).
Pero entonces, ¿por qué la idea de invitar a Wendy a mi apartamento reverberaba insistentemente en mi cabeza?
En mis fantasías me he permitido llegar a mucho mas que invitar a mi apartamento a Wendy Ballard. Durante dos años he hecho con ella infinidad de cosas en el pequeño escenario montado en mi cabeza. Sin embargo nunca se me ha ocurrido llevar alguno de aquellos actos a la práctica; ni en un millón de años. Es el sentido de una fantasía, ¿no es cierto?
Claro que sí. Sin embargo me puse de pie, y en menos de cinco segundos me encontré diciéndole a Laura por el intercomunicador que se pusiera en contacto con Wendy Ballard, del departamento de marketing, y le dijera que necesitaba verla en mi oficina de inmediato.
Luego regresé a mi sillón, y esperé a que Wendy se presentara. El resto fue sencillo.
Wendy no es una mujer excesivamente hermosa. Es sí el tipo de mujer ciertamente bonita, que conoce perfectamente cuales son sus armas y sabe el modo exacto de utilizarlas. En cierta medida, las mujeres como Wendy resultan mucho mas peligrosas que otras. Un enemigo que conoce sus limitaciones es quien saca mayor provecho de lo que tiene y logra perfeccionar sus métodos con el tiempo. En el caso de Wendy, su arsenal incluía una cabellera rojiza bien cuidada, maquillaje suficiente para realzar unas facciones decididamente poco interesantes, y una alta dosis de gimnasio que con eficacia dotaba a su cuerpo de las curvas necesarias, en los lugares necesarios.
Pero por sobre todo, Wendy utilizaba el arma de la seducción a la perfección. Si de un arsenal se trataba, entonces la seducción constituía el arma de destrucción masiva de Wendy Ballard.
Llegó a mi oficina quince minutos después de mi llamado. Se sentó en una de las sillas frente a mi escritorio; le ofrecí algo de tomar y se negó. Mantuvo sus ojos fijos en los míos mientras iniciábamos una conversación intrascendente. Vestía una blusa ajustada, y se encargó de agitarse lo suficiente para que lo que había debajo hiciera lo propio. Se acomodó el cabello, mordió su labio inferior en los momentos justos, mantuvo su vista en la mía, rió, se agitó, mordió su labio inferior, se acomodó el cabello…
En veinte minutos, Wendy aceptó visitar mi apartamento para darme su parecer respecto a ciertas inversiones personales que yo tenía en mente.
Durante la junta de la tarde, mi concentración fue apenas la necesaria para hacer que las cosas resultaran como debían. Afortunadamente todo salio bien. El propio Frank me preguntó si me pasaba algo, a lo que respondí con un ademán y una sonrisa. A esa altura sólo pensaba en dos cosas. En primer lugar, en la erección descomunal que me había incomodado durante la mayor parte de la junta; y en segundo, en el rostro de Wendy Ballard cuando le mostrara al responsable de aquello… mi nuevo amigo de veinticuatro centímetros.
4
El encuentro con Wendy marcó el fin de la experiencia como algo bueno, de eso no caben dudas. La mujer se presentó esa noche, bebimos una copa de vino, y ni siquiera hizo falta que le dijera que no tenía en mente ninguna inversión personal de la que me interesara su opinión. Nos miramos, nos pusimos cómodos en el sofá de la sala de estar, y unos minutos después Wendy soltó su cabello, estiró sus brazos hacia atrás, y arqueó la espalda lo suficiente para que sus pechos se dispararan hacia donde yo estaba. Nos besamos en la sala. Hicimos el resto en la habitación.
Si se preguntan por la expresión de Wendy al ver mi miembro, no voy a decepcionarlos; se sorprendió, créanme que si. Cuando me quitó los pantalones, allí estaban mis veinticuatro centímetros (¿o serían veintiséis en ese momento?) en todo su esplendor; una barra de acero al rojo vivo, endurecida y viva. Puede que Wendy incluso se llevara un pequeño susto, aunque si ese fue el caso logró ocultarlo bastante bien.
Tuvimos sexo dos veces; luego una vez mas, y luego otra.
La experiencia, nueva para mi en mas de un sentido, concluyo a media noche cuando Wendy se despidió de mi con un jugoso beso y los ojos desorbitados. Su cabellera rojiza había perdido por completo la compostura que la caracterizaba cada día en el trabajo.
Apenas pude dormir esa noche. El encuentro con Wendy había sido fantástico, superior, si se me permite, a lo que la mas osada de mis fantasías me había permitido imaginar. Había superado mis expectativas, y lógicamente las de Wendy, cuya capacidad para manejar situaciones se había evaporado para dejar en evidencia la sorpresa que se había apoderado de ella. No era necesario ser un genio para saber que nunca había tenido una noche como la que había compartido conmigo.
Sin embargo… allí estaba la cuestión. La verdadera cuestión. Si Wendy había compartido la noche conmigo, porque de eso no cabían dudas, ¿por qué mi mente insistía en negarlo?
¿A quién quería convencer con mi desempeño por el campeonato mundial del sexo?
La respuesta a estas preguntas era tan simple que costaba trabajo esconderla en el inconsciente. Debía sentirme más que satisfecho por mi noche de lujuria con Wendy; sin embargo, ¿era éste un mérito que debía atribuirme?
5
Al día siguiente de mi encuentro con Wendy supe que la visita al doctor Wallace sería un hecho inevitable.
El punto de inflexión fue una conversación telefónica con mi madre. Mi T35 sonó al menos media docena de veces hasta que el V105 emitió su primer pitido electrónico de la mañana. Advertí en el display que se trataba de mi madre poco antes que una molestia en la entrepierna hiciera que me desplomara sobre mi silla giratoria. Respondí al llamado con un movimiento enérgico y dije algo, pero no sé qué exactamente. La punzada de dolor se repitió una erección se presentó como por arte de magia. No fue un proceso gradual, sino algo instantáneo, como la explosión de un airbag.
Supongo que emití un grito porque mi madre me preguntó si me encontraba bien.
Dije que sí, que me sentía de maravillas.
Mejor imposible. Sólo hay un inconveniente; el Sargento Pepper ha estado creciendo últimamente. Wendy Ballard puede dar fe de eso, claro que si. ¿Puedes imaginar una anguila una pecera diminuta, madre? Pues así están mis pantalones en este momento…
Terminé la conversación con mi madre abruptamente, diciéndole que la llamaría esa misma tarde cosa que sabía no haría. Le pedí a Laura no ser interrumpido y pase las siguientes tres horas pegado a la pantalla de mi computadora. Y aquí viene un consejo: si una noche mientras se miran al espejo descubren que su miembro ha crecido; y no solo eso, sino que mas tarde mientras están en su oficina sienten cono si el tallo grueso de una planta germina en vuestra entrepierna… entonces no pierdan el tiempo en averiguar las razones en Internet. Así sencillo. Si lo hacen, se verán en la necesidad de desechar miles de enlaces relacionados con métodos para aumentar el tamaño del pene en ¡tan sólo tres días! ¿No es fantástico? Resultados garantizados, mas de cien mil personas ya lo probaron y ahora disfrutan de una relación sexual plena. ¡Introduzca su número de tarjeta de crédito ahora mismo! ¡Quién dijo que el tamaño no importa!
Y qué me lo digan a mi…
Píldoras, dos cada noche. Masajes, usted mismo puede hacerlos. Bombas de vacío. Una empresa coreana asegura que colgando durante una hora una piedra mística el pene aumentará su tamaño a razón de dos centímetros por mes. Como podrán imaginar, la empresa tiene la amabilidad de vendernos la piedra mística y entregárnosla en nuestra propia casa; todo por una suma razonable de treinta y cinco dólares.
Una hora de búsqueda comenzó a desanimarme. Lo mas cercano a mi problema fue el hallazgo de información acerca de una enfermedad denominada Penifalitis: una malformación del pene que se manifiesta a temprana edad. Se cree que la Penifalitis puede ser causada por el uso de drogas de origen sintético por parte de la madre en etapas del embarazo, pero lo cierto es que la proporción de recién nacidos que padecen esta enfermedad es de uno en cinco millones. Las fotografías de bebes recién nacidos con penes de personas adultas resulta una experiencia sobrecogedora. De todas maneras el fenómeno se encuentra tan poco estudiado que resulta muy difícil recabar información confiable. Lo que sí he comprendido, y con cierto alivio por cierto, es que la enfermedad es una malformación que tiene lugar en el vientre materno. No existe, o al menos que yo sepa, antecedentes de contraer esta enfermedad en edad adulta, y mucho menos de un modo gradual como parecía ocurrir en mi caso.
Abandoné la tarea investigativa con dolor en las pupilas y sin mayores resultados.
Mi amigo de abajo se mantuvo tranquilo mientras hice mi papel de Sherlok Holmes, pero mentiría si dijera que no me preocupé al ponerme de pie para marcharme a casa. Laura me echó una mirada rápida pero no hizo ninguna pregunta.
Una vez en casa me encerré en el baño.
Observé mi cuerpo vestido.
Sabía lo que debía hacer a continuación, solo que esta vez un sudor frío me corría por la frente.
Desabroché mi cinturón y deslicé mis pantalones hacia abajo. Luego hice lo mismo con mi ropa interior. Lo hice con la cabeza en alto. Cuando me incorporé, dirigí mi vista al espejo.
Y esta vez decididamente dejé escapar un grito.
Luego verificaría con la cinta de medición de la cocina que la longitud de mi miembro en estado de flacidez alcanzaba los veinte centímetros. Erección de por medio… treinta y cinco y medio.
Supe que debía ver a mi médico de inmediato, y supe también que sería mejor que subiera mis pantalones y apartara mi vista de la víbora grisácea que colgaba junto a mis pelotas. Si no lo hacía pronto, sería probable que no pudiera deshacerme de aquella imagen por mucho tiempo. Soñaría con ella. Se grabaría a fuego dentro de mi cabeza como el sello de pedigrí de un caballo.
Sólo que no pude apartar la vista. Hubo dos detalles que atraparon mi atención. El primero fue una forma nudosa en el lateral, aproximadamente en el centro; una acumulación de piel arrugada. La cabeza, por otro lado, se había convertido en una pelota de tenis de color rosado. La peculiaridad fue que el orificio único que adornara mi extremidad peneana se había ahora multiplicado por cuatro. Cada una de estas aberturas se asemejaba de hecho a una ranura para insertar monedas.
Me pregunté por cual de estos orificios mearía si me proponía hacerlo, pero la idea que intentó ser graciosa no lo fue en absoluto.
6
El doctor Wallace era un hombrecito pequeño, calvo, de barba blanca bien cuidada y ojitos comprensivos. El doctor Wallace, que bien podría haber surgido del molde que la imaginación reserva para los doctores buenos de las novelas de Robin Cook, se acercó a mi con una sonrisa y me pidió que me quitara los pantalones.
Hice lo que me pedía con rapidez, sabiendo que debería hacerlo tarde o temprano y diciéndome que los doctores estaban acostumbrados a toparse con enfermedades poco comunes. Seguramente el doctor Wallace, cuyos diplomas tapizaban una pared completa de su consultorio, sabría dar con la explicación de lo que me ocurría. No tenía de que preocuparme.
Sólo que al momento de quitarme la ropa interior supe que sí tenía algo de qué preocuparme. Lo supe cuando se repitió lo que ocurriera el día anterior al responder al llamado de mi madre. Una erección feroz hizo que mi miembro se pusiera tieso como el trampolín de una piscina. Wallace retrocedió, sus ojillos comprensivos ahora asustados como los de un animal que de pronto se descubre en medio de la ruta cuando un camión gigantesco se acerca a toda velocidad.
La erección no obstante duró solo un instante.
Wallace necesitó unos segundos para componer su rostro y acercarse. Mi pene, convertido ahora en un trozo de manguera inútil, yacía sobre la camilla formando una S deformada.
- ¿Cuándo ha ocurrido, Alex?
- Hace una semana, supongo.
- Jamás había visto algo así.
Wallace se colocó un par de guantes de látex y extendió mi pene flácido tomando el extremo con dos dedos precavidos.
-Creí entender ayer por la tarde cuando hablamos que…
-Así era. Ayer por la tarde…
-Dios mío.
Valiéndose de su índice envuelto en látex, Wallace presionó ligeramente la zona en la que había surgido la protuberancia que yo advirtiera el día anterior. Me preguntó si sentía alguna molestia y le contesté que no.
-¿De qué se trata, Wallace?
-No lo sé. Puede que sea alguna especie de tumor. ¿Dices que esta mancha no estaba aquí antes?
-No lo sé. Advertí su presencia ayer.
Wallace desvió su atención hacia la punta de mi miembro. Se inclinó y la estudió durante unos segundos sin decir nada. La verdad sea dicha, aquella zona en especial había sufrido tal transformación que me costaba reconocerla como una parte de mi cuerpo. Los orificios que el día anterior se asemejaran a la ranura de una alcancía, se habían convertido ahora en verdaderas grietas que dividían la cabeza rosada en trozos similares a lonjas de jamón.
-¿Crees que el proceso pueda revertirse, Wallace?
El doctor alzó la vista, me observó durante unos segundos y luego volvió a su inspección ocular; todo sin responder a mi pregunta.
¿Crees que Papa Noel exista, Wallace?
Wallace tomó el estetoscopio que colgaba de su cuello. Introdujo los auriculares en sus orejas y luego colocó el círculo metálico sobre mi miembro. Algo que carecía de propósito, pensé en ese momento; resultaba evidente que la situación había tomado por sorpresa a mi médico de toda la vida. Nunca había visto en su rostro la expresión de desconcierto que se apoderaba de él en ese momento.
Pero entonces su rostro cambió. Su mirada se aguzó; como la de un detective que ha descubierto algo.
Me pidió que me desabrochara la camisa y lo hice. Luego Wallace verificó mi ritmo cardiaco apoyando el disco frío sobre mi pecho. Lo hizo durante unos segundos. A continuación retrocedió y me observó masajeándose la barbilla. Se quitó los auriculares del estetoscopio utilizando ambas manos.
- ¿Haz notado una diferencia, verdad?
- Me conoces desde hace demasiado tiempo, Alex.
- ¿Cómo es posible?
- No es posible.
- Verifícalo de nuevo.
- No es necesario, Alex. Mas de un colega se reiría de mi en este momento por lo que voy a decir, pero tu pene presenta un ritmo diferente al tuyo, e incompatible con el de una persona en reposo.
Sin decir mas, Wallace dio media vuelta y se encaminó hacia el extremo del consultorio. Regresó arrastrando una mesa en la que descansaba un monitor pequeño con una serie de controles. No necesité preguntar cual era la función de aquel artefacto; he visto ER desde que George Clooney hizo su aparición en el show.
Wallace comenzó a instalar una serie de ventosas en mi pene. Dos en la parte alta; una en el centro, junto a la protuberancia; y una cuarta en el extremo. Las ventosas estaban conectadas a la máquina mediante cables de colores. Apenas pude fijar la vista en mi miembro desproporcionado; tendido en la camilla como un animal moribundo.
-Alex, en tu trabajo…
-¿Si?
-¿Haz estado sometido a algún tipo de radiación?
- Wallace, vamos… paso todo el día sentado en una oficina. ¡No tengo el trabajo de Homero Simpson!
- Es que…
- ¿Qué ocurre?
Wallace eludió dar explicaciones respecto a lo que pensaba. En su lugar me explicó el funcionamiento del medidor de ritmo cardíaco al tiempo que lo ponía en funcionamiento. Una línea verde se dibujó en el monitor y un pitido electrónico anunció que la máquina estaba en funcionamiento. Una serie de leds se encendieron al mismo tiempo.
- Este indicador marca los picos cardíacos – explicó Wallace señalando una lucecilla roja parpadeante.
La línea se deformó con cada parpadeo de aquella luz, generando una montaña estrecha pero elevada. Con cada pico la máquina emitió un chillido agudo. El rudimentario paisaje siguió generando montañas estrechas a medida que se desplazaba hacia la izquierda.
- ¿Qué ocurre, Wallace?
- El ritmo es demasiado acelerado. Tómate el pulso y verifícalo tu mismo.
Hice lo que el doctor me decía. Conduje los dedos índice y pulgar a mi muñeca y esperé hasta sentir las palpitaciones. Cuando pude hacerlo, en efecto advertí que el ritmo era diferente al indicado en el monitor; mas pausado.
- ¿Cómo es posible? – pregunté.
- Como te he dicho, no es posible. Alex, debo transferirte a un hospital ahora mismo. Es necesario que llevemos a cabo un estudio profundo.
Wallace dio media vuelta y se encaminó hacia la extensión del teléfono ubicada en el extremo de su consultorio. Comenzó a darle instrucciones a su secretaria pero no me sentí con deseos de prestarle atención.
Aparté la vista del doctor Wallace y del monitor, y desde luego de mi miembro tendido entre mis piernas abiertas. Me concentré en mis pertenencias, amontonadas a mi lado; entre ellas una billetera de cuero regalo de mi madre y desde luego mis dos teléfonos. El V105 en especial atrajo mi atención de inmediato. La diminuta luz parpadeante situada en la parte superior me hipnotizó junto con el chillido de la máquina del doctor Wallace. Ambos elementos se sincronizaban de un modo perfecto…
Bip… Bip… Bip…
Wallace se acercó y me dijo algo, pero no escuché qué. Seguí con atención el parpadeo de mi teléfono, escuchando el pitido de la máquina subrayando cada vez que la luz verde se encendía. No tenía ningún sentido que tal cosa ocurriera; no era mas que una casualidad; sin embargo…
- Wallace, creo que mi teléfono esta interfiriendo con tu máquina.
Wallace se inclinó sobre mi teléfono y advirtió de inmediato a que me refería.
- Es una coincidencia – dijo simplemente.
Pero no lo era, y la aseveración llegó un instante después, cuando imprevistamente mi V105 comenzó a sonar y tanto Wallace como yo dimos un respingo.
A continuación ocurrieron muchas cosas al mismo tiempo. Supongo que la única manera de narrarlas es una por vez, y así lo haré; si he llegado hasta aquí conviene que sea particularmente claro en lo que sigue. Por empezar, ni bien mi V105 empezó a sonar, el ritmo monótono que seguía la máquina del doctor Wallace se alteró sustancialmente. Se produjeron dos picos sucesivos, y luego una serie de picos menos espaciados que al principio. Observé con horror que cada pico sucesivo se superponía con espeluznante sincronismo con el chillido de mi teléfono celular.
El doctor Wallace también percibió al instante lo que ocurría. Al principio retrocedió, pero en su rostro se evidenció el esfuerzo por no dejarse vencer por la situación. Señaló mi V105 con insistencia, seguramente queriéndome indicar que lo atendiera. ¡Que lo atendiera de una vez por todas! Y supongo que eso hubiera hecho, si al mismo tiempo que estas acciones tenían lugar no hubiese ocurrido un último suceso.
Tal como había sucedido al inicio de la consulta, otra erección se apoderó de mí. Pero esta vez no fue un proceso violento, sino el lento despertar de un animal dormido por años. Mi pene se elevó como el asta de una bandera. Costaba soportar la visión de semejante cosa entre mis piernas, y mucho menos pensar que aquello era una extensión de mi persona. Si he de ser sincero, a esta altura ya no lo consideraba como tal.
El doctor Wallace retrocedió otros tres pasos y permaneció en silencio.
Y entonces finalmente comprendí todo, incluido el propósito de la protuberancia en uno de los laterales. Lo supe en cuánto mi miembro, ahora de unos ochenta centímetros, viró hacia uno de los lados y un pliegue se formó en el centro. Mientras mi teléfono seguía sonando con insistencia, la curva se acentuó hasta que se produjo un quiebre abrupto, justo en el pliegue y en contraposición con la protuberancia. No sentí dolor, aunque la imagen fue lo suficientemente repulsiva como para sentir deseos de gritar.
La cabeza colgaba del extremo de la Cosa como el adorno rosado de un árbol
de navidad. Pude apreciar con claridad el modo en que las grietas se habían
profundizado, al punto de generar la ilusión de constituir secciones
diferentes entre sí. Ciertamente no me sorprendí cuando ante
mis ojos desorbitados, aquellas secciones se separaron aun más unas
de otras, y luego se extendieron. Primero un puño cerrado, luego
los dedos extendidos del brazo de un bebe gigante.
Los dedos se abrieron y cerraron. La Cosa se flexionó una y otra
vez en la articulación formada en el centro; en la protuberancia
ahora transformada en un codo perfecto.
Perdí la noción del tiempo y no puedo decir durante cuántos segundos se extendió lo anterior. Lo que si sé, es que mi V105 seguía sonando cuando la extremidad que surgía de mi entrepierna como la trompa de un elefante lo tomó entre sus dedos recién formados.
Mi V105 ha estado mucho tiempo colgado del soporte especial en mi cinturón. Otros modelos han estado allí durante años, emitiendo su señal entrecortada a la espera de que el mundo decida comunicarse con nosotros, o nosotros con el.
Aunque resulte increíble, no me sorprendí cuando la Cosa ahora devenida en brazo rosado y fibroso dirigió mi V105 en dirección a mi oído derecho.
Cuando el sonar de mi pequeño teléfono se detuvo con un Bip suave, dije:
- Alex Darwin. ¿Quién habla?.n