Nº 88 - ABRIL 2005

Cartas desde el infierno

El escritor de Maine discute acerca de las
cartas y preguntas que le hacen los fans

Stephen King
Título original: "Ever Et Raw Meat? And Other Weird Questions" (¿Alguna Vez Comió Carne Cruda? Y Otras Raras Preguntas)
Publicado originalmente en "The New York Times Book Review", diciembre de 1987. Luego reimpreso en un poster editado por Lord John Press con el título "Letters from Hell" (Cartas desde el Infierno).

 

e parece a mi que, en las mentes de los lectores, los escritores en realidad existen para servir a dos propósitos, y el más importante de ellos no es el de escribir libros e historias.

La función primaria de los escritores, según parece, es responder a las preguntas de los lectores. Esto encaja en tres categorías. La tercera es la que más me fascina, pero primero voy a identificar a los dos primeras.

Las Preguntas Únicas: Cada día el correo trae unas pocas de estas. Normalmente reflejan el campo de interés del escritor –historia, horror, romance, el Oeste Americano, el espacio exterior, los grandes negocios. Lo único que tienen en común es su singularidad. Los novelistas frecuentemente son interrogadoss acerca de donde sacan las ideas (ver categoría Nº 2), pero los escritores quieren saber de donde sale esta implacable curiosidad, estas preguntas realmente extrañas.

Está, por ejemplo, la joven mujer que me escribió desde una institución penal en Minnesota. Ella me informó que era una cleptómana. También me contó que yo era su escritor favorito, y que ella había robado cada uno de mis libros que habían pasado por sus manos. "Pero después que robé Las Cuatro Estaciones de una librería y lo leí, me sentí movida a devolverlo”, escribió. “¿Ustéd piensa que esto significa que éste es su mejor libro?”. Después de la debida consideración, decidí que la reforma de un hábito de un lector no tiene nada que ver con los méritos artísticos. He estado a punto de escribirle otra vez a ver si había robado Misery, pero decidí mantener la boca cerrada.

De Bill V., en Carolina del Norte: “He visto que tiene barba. ¿Le tiene miedo a las navajas de afeitar?".

De Carol K, en Hawaii: “¿Escribirá usted pronto acerca de los granos o alguna otra mancha facial?”.

De Don G., sin dirección (y un matasellos borroso): “¿Por qué mantiene esa repugnante idolatría por la madre cuando cualquiera con un sentido común sabe que un hombre no tiene que hacer uso de su madre una vez que está casado?".

De Raymon R., en Mississippi: “¿Alguna vez comió carne cruda?” (es la única que realmente me pudo). Me han preguntado si golpeo a mis hijos y/o a mi mujer. He sido invitado a eventos que nunca he ido y que deseo nunca ir. He sido invitado a ser el padrino de una boda, y una joven me envió una vez una olla, con la siguiente pregunta adosada: “Esto es de donde proviene mi inspiración - ¿de dónde viene la suya?”. En realidad, la mía normalmente viene en sobres –de la clase de la que puedes ver tu nombre y dirección impresos por una computadora– que llegan al final de cada mes.

Mi pregunta favorita de este tipo, desde Anchorage, decía simplemente: “¿Cómo puede usted escribir semejantes cosas?”. Sin firma. Si E. E. Cummings todavía estuviera vivo, trataría de averiguar si no se mudó al Gran Norte.

Las Viejas Preguntas Estándar: estas son las preguntas que los escritores desean responder mientras recolectan los telegramas de rechazo, y las que luego se cansan de contestar una vez que empezaron a publicar. En otras palabras, estos son los interrogantes que, sin fallar, aparacen en todas las aburridas entrevistas que el escritor dio o está por dar. Enumeraré algunas de ellas:

¿Dé donde obtienes sus ideas? (Yo obtengo las mías en Utica.) ¿Cómo consiguió un agente? (Vende tu alma al Diablo.) ¿Debés conocer a alguién para que te publiquen? (Sí; en verdad, ayuda a rebajarse y estar preparado para realizar actos sexuales depravados y retorcidos en un momento dado, en público si es necesario.) ¿Cómo comienza una novela? (Generalmente empiezo escribiendo el número 1 en la esquina superior derecha de una hoja de papel en blanco.) ¿Cómo escribe best sellers? (De la misma manera en que consigo un agente.) ¿Cómo vende sus libros para que sean hechos películas? (Diles que no querrán hacer esto). ¿En qué momento del día escribe? (No es problema; si no me mantengo ocupado lo suficiente, el tiempo inevitablemente llega.) ¿Alguna vez se ha quedado sin ideas? (¿Los osos defecan en los bosques?) ¿Quién es su escritor favorito? (Cualquier que haya escrito historias que yo hubiera escrito si hubiese pensado en ellas antes.) Hay muchas otras, pero son deliciosamente aburridas, por eso continuemos.

Las Realmente Raras: Aquí estoy, vagando por la calle, en mi caminata mañanera, cuando un tipo se asoma desde su camioneta pickup o sólo camina a mi lado y dice, “¡Eh, Steve! ¿Escribiendo algunos buenos libros últimamente?” Tengo una respuesta para esto; la desarrollé a través de los años fuera de toda necesidad. Digo, “Estoy alejándome un tiempo”. Digo esto incluso cuando estoy trabajando como un loco. La razón por la que digo esto es porque ninguna otra respuesta parece encajar. Creanme, lo sé. En el transcurso de la prueba y error que finalmente ha resultado en “Estoy alejándome un tiempo”, he descartado cerca de otras quinientas respuestas.

Tener una respuesta para “¿Escribiendo algunos buenos libros últimamente?” es algo bueno, pero estaría mintiendo si dijiera que soluciona el problema de lo que la pregunta significa. Esta es una falta de habilidad de parte mía para darle sentido a esta rara pregunta, que me hace acordar de aquel acertijo zen – “¿Por qué es un ratón cuando corre?” –que me hace sentir mentalmente agitado e impotente. Puedes verlo, no es sólo una pregunta; es un conjunto de ellas, hábilmente envueltas en un paquete. Es cómo aquella vieja y favorita, “¿Todavía le pega a su mujer?”.

Si respondo en afirmativo, significa que estoy escribiendo -¿cuántos libros? ¿dos? ¿cuatro?– (todos ellos buenos) en los últimos – ¿cuánto tiempo? Bueno, ¿cuánto tiempo es “últimamente”? Esto puede significar que quizás escribí tres libros buenos la semana pasada, o quizás dos desde la caminata ida y vuelta hasta el Aeropuerto Internacional de Bangor. Del otro lado, si digo que no, ¿qué significa? ¿Qué escribí tres o cuatro libros malos en el último “últimamente” (seguramente que “últimamente” no puede ser más de un mes, seis semanas como mucho)?

O aquí estoy, firmando libros en la tienda Betts’ Bookstore, o en lo de B. Dalton en la industria de consumo local (conocida como “el centro comercial”). Esto es algo que hago dos veces al año, y sirve a los mismos propósitos que a aquellos pequeños grupos de religiosos de la Edad Media, que trenzaban látigos y se flagelaban con ellos. Durante el transcurso de este ejercicio de locura y auto-abnegación, al menos una docena de personas se aproximarán a la pequeña mesa de café donde estoy sentado detrás de una barrera de libros y preguntarán brillantemente, “¿No pensó en tener un sello de goma?”. Tengo también una respuesta para esto, una respuesta que ha sido desarrollada a través de los años en un método de prueba y error similar al de “Estoy alejándome un tiempo”. La respuesta a la pregunta del sello de goma es: “No, no lo pensé”.

Nunca pensé si realmente lo hice o no (esta vez son mis propias motivaciones las que quiero saltear, como se darán cuenta); la pregunta es, ¿por qué una pregunta tan ilógica le sucede a tanta gente? Mi firma is normalmente estampada en la cubiertas de muchos de mis libros, pero la gente parece tan ávida por obtener esos libros firmados como por aquellos que no la tienen. ¿Estos que preguntan tal cosa harán una cola tan larga por el privilegio de vermes a mí poner un sello de goma en la página principal de El Resplandor o Cementerio de Animales? No creo que quieran esto.

Si todavía no les parece percibir nada peculiar en estas peguntas, la que sigue los convencerá. Estoy sentado en el café de la esquina de mi casa, tomando un pequeño almuerzo y leyendo un libro (leer en la mesa es uno de los pocos malos hábitos adquiridos en mi juventud que noblemente me he resistido a dejar) hasta que un cliente o incluso un mozo se para a mi lado y pregunta, “¿Cómo no está usted leyendo uno de sus propios libros?”.

Esto no me pasó sólo una vez, u ocasionalmente, ocurre en realidad un montón de veces. La respuesta-generada-por-computadora normalmente genera una risa, aunque es nada más que la pura, lógica y aparente verdad. “Sé cómo terminan todos ellos”, digo. Fin del diálogo. De vuelta a mi almuerzo, con apenas una pausa para preguntarme porqué la gente asume que uno quiere leer lo que escribe, reescribe, lo vuelve a leer luego de la obligada conferencia editorial y una vez durante el proceso de corrección de errores que un buen editor siempre nos marca, gritándonos desde un lugar escondido (una vez escuché a un escritor del género policial sugiriendo que Dios podría haber usado un editor, y a pesar que encuentro a esta frase blasfema, estoy de acuerdo).

Y entonces la gente a veces pregunta, en una típica conversación, “¿Cuánto tiempo le lleva escribir un libro?”. Una pregunta perfectamente razonable –al menos hasta que uno trata de responderla y descubre que no hay respuesta. Esta vez la respuesta-generada-por-computadora es una falsedad total, pero al menos sirve al propósito de llevar la conversación a un tópico más acorde para discutir. “Normalmente nueve meses”, suelo decir, “la misma cantidad de tiempo que me toma hacer un bebé”. Esta respuesta satisface a todos excepto a mí. Sé que nueve meses es apenas un promedio, y probablemente un promedio de ficción. Esto ignora que El Fugitivo (publicado bajo el seudónimo de Richard Bachman) fue escrito en sólo cuatro días durante una nevadas vacaciones en febrero, cuando daba clases en una Escuela Secundaria. También igonora a IT y a mi última novela, Los Tommyknockers. IT tiene 1000 páginas de extensión y me tomó cuatro años escribirla. Los Tommyknockers es 400 páginas más cortas, pero me llevó cinco años.

¿Pienso en estas preguntas? Si... y no. Cualquiera piensa en preguntas que no tienen respuestas reales, y expone al tipo que es interrogado a no ser un doctor real, sino una especie de hechicero. Pero nadie –al menos nadie con un módico conocimiento de la humanidad– rechaza preguntas de personas que honestamente quiere respuestas. Y de vez en cuando alguno preguntará algo interesante, como “¿Escribe desnudo?”. La respuesta –no generada por computadora– es: pienso que nunca lo haré, pero si funciona, seguro que lo intentaré.n