Nº 88 - ABRIL 2005

Agonía


rodolfo Weisskirch

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ostrada en la cama, se encuentra la persona. La familia se fue. La luz del día, también.

La persona duerme, pero no plácidamente, sino entre escalofriantes abismos de dolor. Un dolor inconsciente.

A plena vista de alguien que estuviese en esa habitación, en ese momento, la persona está acostada, bajo las suaves sábanas blancas de su cama, rodeada por aquellas frías paredes, que habían reemplazado, a pedido de la persona, a las cuatro enfermas paredes del sanatorio en el que se encontraba semanas atrás; durmiendo boca arriba, casi silenciosamente, a excepción de un pequeño silbido por la nariz. Y ese alguien, no podría imaginar el dolor interno, que tal persona está sufriendo.

Todo empieza en los pies, que aparecen moviéndose sutilmente, pero de forma compulsiva, por el borde inferior de la sábana.

Los ojos se abren lentamente. La boca se abre también, y empieza a lanzar exhalaciones entrecortadas. Las puntas de los dedos de las manos, rozan las sábanas. La compulsión empieza a subir por las venas del cuerpo. Se le hace difícil tragar saliva. Esta misma se junta en las comisuras de la boca, y debajo de la lengua. Se le empiezan a llenar los ojos de sangre. Los pies, fríos, se mueven incontrolablemente. Los dedos de las manos se aprietan contra la sábana. El silbido de la nariz, se vuelve más fuerte y agudo. La boca rebalsa en saliva. Mueve la cabeza de un lado a otro, largando bilis y moco, hacia las paredes. Su cuerpo, cambia de pocisión, de frente hacia la izquierda, de izquierda a derecha, y así sucesivamente. Los brazos se alargan, tratan de encontrar un soporte. El tórax, sube y baja.

La pelea interna contra el dolor, parece difícil de revertir, y se llegó al climax. La persona, lo sabe. El espectador invisible, lo sabría. Pero no se puede dar por vencida, aunque quisiera. La persona debe sufrir, como en toda lucha…

Los ojos se desorbitan. La respiración se vuelve más grave. El cuello deja ver las marcas del hueso estirado. La sangre se acumula en las venas, la garganta, el cerebro. Los dedos estrujan las sábanas. El cuerpo sube. La falta de aire, hace que las costillas se resalten contra la piel. La nuca se hunde en la almohada.

En un último intento de acelerar el proceso, los dedos, apretados contra la sábana logran hacerla subir hasta la cara. Esta entra en el hueco, que la sábana brinda. La cara toma un tono cadavérico. Los labios aprietan la tela. El blanco toma un tono oscuro y poco a poco, pardoso. Los agujeros de la nariz se hacen notar, por encima de la sábana, como dos diminutos puntos rojos, cuyo tamaño se va ampliando. Las venas de los brazos parecen salirse de la piel. Por los oídos sale una masa amarillenta. Los dientes se cierran bruscamente sobre la lengua.

Pero ya no duele. El dolor externo es apenas una cosquilla, a comparación, del corazón bombeando a no más poder, y formando hemorragias internas.

Y si todo empezó con los pies, termina en los pies, que forman una curva hacia adentro, lo que provoca, que el cuerpo forme una medialuna ascendente, debajo de las sábanas. Entre el cuerpo y el colchón, ahora se encuentra un hueco, por el que el espectador invisible podría ver la pared posterior.

Pero no por mucho tiempo. Los dedos se aflojan de la sábana. El cuerpo cae. La sábana queda por unos segundos, suspendida en el aire, hasta que sigue la dirección del cuerpo, y cae encima. Los ojos ciegos vuelven a sus órbitas. La sangre se congela. La saliva deja de fluir.

La pelea termina. Nada queda por decir.

Y el espectador invisible, se retiraría.n