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Catalepsia |
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Pablo Martínez se encontró a sí mismo descalzo, parado sobre un frío y rugoso piso de cemento. Se dio cuenta que estaba bajo un gran portón de metal que se levantaba hasta unos cuatro metros por encima de su cabeza, y frente a él se extendía un camino de cemento, el mismo que le enfriaba los pies, que parecía no tener fin. Pero no podía distinguir nada más que ese camino porque a los lados del mismo una espesa niebla cubría cualquier cosa que allí podría haber. Sólo lograba ver las copas unos árboles grandes y viejos, y en las ramas de estos algún que otro pájaro nocturno que le otorgaba un aspecto lúgubre a esa fría noche de otoño.
Tras analizar con detenimiento lo poco que lograba observar, alzó la cabeza y observó en la parte superior del portón que lo cubría, una inscripción en letras rústicas sobre un pedazo de madera descascarada, ésta inscripción anunciaba: Cementerio Público: “El Despertar”. Su cara adquirió un matiz de duda y lentamente volvió a su estado anterior. A lo lejos se alcanzaba a ver el oscuro cielo, unos relámpagos de color violeta eléctrico, precedidos por unos truenos que rebotaban con un ruido sordo en los oídos de Pablo. Anunciaban que a lo lejos se estaba desatando una tormenta intimidante y que la misma no tardaría en llegar allí. Un cuervo negro desde su cola hasta la punta del largo pico, semejante a el cuervo de Poe, emitió un graznido agudo que hizo que Pablo se estremezca hasta el último pelo de su menudo cuerpo.
Sin saber por qué comenzó a caminar por el camino de cemento gris, sus pies lo llevaban sin que él lo ordene, pero tampoco hacía nada por detenerse. Iba por ese largo pasillo (el pasillo de la muerte, podría haberlo llamado cínicamente si hubiese querido hacerlo) y miraba a los lados. Lo que veía en este caso eran, también, otros caminos. Pero estos sí tenían un final, al fondo de cada uno se veía el paredón que rodeaba a todo el cementerio. Era un paredón un poco menos alto que el portón de entrada, debería alzarse hasta los dos metros y medio, tal vez tres, y en la parte de arriba de éstos, trozos de vidrio de botellas cruzados habían sido puestos para impedir la entrada de algún ladrón. Como si alguien quisiese robarse a los muertos –pensó Pablo en su cabeza y una risa de lástima se le dibujó en su ensombrecida cara. Luego recordó que él mismo había entrado por la puerta principal que estaba abierta de par en par, como esperando su llegada.
Un trueno sonó tan fuerte que hizo temblar el suelo bajo los pies de Pablo y en respuesta a este sonido un búho ululó haciendo que volteara su cabeza y lo mirase directo a los ojos. Vio sus pupilas blancas como la niebla de esa noche y su pelaje marrón claro. Estaba posado sobre una rama que se movía de arriba hacia abajo y de allí hacia arriba de vuelta, y continuaba con ese movimiento rítmico, producto de la suave brisa nocturna. Ya llevaba caminando bastante, calculó que debían de ser unas cinco cuadras. No deseaba detenerse, ni deseaba meterse en otro pasillo. En realidad, sabía que debía meterse por un pasillo, pero no sabía por cuál, ni le importaba.
Seguía caminando, cada vez más aprisa. Cuando ya calculaba que habría caminado unos dos kilómetros y los truenos eran más frecuentes y emitían un ruido más ensordecedor; se detuvo en seco. Comenzaba a sentir un leve alivio en las plantas de sus pies, pero no llegó a aliviarse por completo porque otra reacción involuntaria de su cuerpo lo interrumpió. Realizó un cuarto giro con el torso, ayudado por su pie derecho, y comenzó a caminar hacia delante. Leyó los nombres de las tumbas que se sucedían ante su mirada. Juan Verdi, Patricia Rossi, Elena Pérez, José Grieg y otros tantos nombres que no le resultaban ni familiares, ni atrayentes. Hasta que llegó a la última de todas las tumbas. Era una lápida de mármol blanco crema que debería medir un metro de altura. A un lado había una bolsa de papas vacía y al otro una pala de jardinero parada, clavada en la tierra como una lanza. Pero lo que más le estremeció de todo lo que vio esa noche, hasta ese momento, fue la inscripción que había sido grabada sobre la lápida. Sobre ésta se leía:
María Eugenia Núñez de Martínez
Q.E.P.D.
30/09/1958~25/03/2001
Te recordarán por siempre: tu esposo, tus hijos y tus nietos.
Se quedó petrificado, era el nombre de su esposa y la fecha de nacimiento también era correcta. Si mal no se acordaba, la fecha de muerte era el día anterior. Se quedó allí parado por espacio de unos diez minutos, durante este tiempo no se movió (tampoco podría haberlo hecho, si lo hubiese intentado). Oía el creciente ruido de los truenos y grandes flashes de luz provocados por los relámpagos le cegaban los ojos por unos segundos. Durante esos diez minutos, también, pequeñas y lastimosas gotas de agua se precipitaban desde el cielo sobre su cuerpo.
Al cabo de esos diez minutos, su cuerpo se movió sin su voluntad; se agachó, tomó la pala que se encontraba a un lado de la tumba de su esposa (“la tumba de su esposa”, nunca se hubiese imaginado diciendo o pensando eso hasta dentro de unos treinta o cuarenta años más, pero esto parecía tan real) y luego con la pala entre sus dos manos, la introdujo en un estrecho espacio entre el suelo de tierra que comenzaba donde terminaba el camino y la pesada tabla de cemento que cubría la tierra donde metros más abajo estaba su esposa. Hizo palanca con la fuerza de los dos brazos, mientras varias gotas corrían por su cara; algunas de sudor, un sudor frío, con gusto a muerte y otras de la leve llovizna que se acrecentaba. Lentamente, la tabla de cemento cedió hasta que quedó suficientemente separada de la tierra como para que Pablo la tomase con las manos. Así lo hizo, después de arrojar la pala a un lado levantó la tabla completamente de la tierra y la apoyó sobre la lápida de mármol que minutos antes no podía creer estar viendo, tapando la inscripción. Entonces lo que vio fue una tierra húmeda, que se veía algo más oscura, a la luz de la luna, que la que no estaba cubierta. Pero el color de la tierra no le llamó la atención, lo que sí lo hizo fueron los gusanos. Cientos de gusanos se retorcían en esa tierra viva, parecía que la tierra hubiese tomado vida de los cientos, quizá miles, de cadáveres que alojaba. Había algunos blancos y pequeños, otros grises y más grandes y largos, pero no había duda de que eran gusanos; repugnantes y asquerosos gusanos.
Entonces llegó otro acto involuntario, un acto realmente involuntario, el que más detestó de todo lo que hizo esa noche sin querer hacerlo. Su brazo derecho se estiró hacia delante, su mano se abrió, estirando todos los dedos y separando cada uno de su vecino y bajó lenta y apaciblemente hacia la tierra. En ese caso sí intentó detenerse, no quería tocar esos gusanos, pero las ondas eléctricas de su cerebro parecían ser inútiles. Su mano se apoyó sobre la húmeda, asquerosa, despreciable y gusanesca tierra y se cerró con un fuerte acceso formando un puño. Sentía cómo los gusanos se le retorcían adentro de su mano, entre la tierra que había logrado agarrar, mientras el agua de la lluvia, que se hacía más fuerte, mojaba sus nudillos. Luego su mano arrojó este puñado de gusanos a un lado de la tumba y tomó otro puñado. Siguió así hasta que la superficie se encontró totalmente vacía de gusanos retorciéndose. Repitió el proceso unas cincuenta veces. Lo peor de todo era que lo hacía lentamente y con movimientos mecánicos, como los de una máquina robótica. Intentaba voltear su cabeza a un lado, sin resultados, para no ver lo que hacía, pero el sólo cosquillear que sentía en la palma de su mano le daba arcadas. Intentó repetidas veces soltar lo que tenía en su puño, pararse, y largarse corriendo como un niño al que lo persigue un monstruo, pero su cuerpo no le respondía.
Cuando finalizó el proceso de desgusanamiento de la tierra, que había llevado a cabo quien controlaba su cuerpo, o lo que controlaba su cuerpo (a estas alturas estaba consciente de que lo estaban controlando, más bien; manipulando), se paró, saliendo de su posición de cuclillas, y tomó la pala de jardinero entre sus dos manos nuevamente. Para estas alturas la llovizna ya era una lluvia real, de las que merecen llamarse lluvia, pero no de las que llaman diluvio. Entonces, comenzó a cavar en ese rectángulo de tierra. Apoyaba la pala enterrando la punta apenas, la clavaba hasta el fondo con el pie derecho, sacaba un montón de tierra y lo tiraba a un lado, encima de los gusanos.
Lentamente el agujero en la tumba de María Eugenia se fue haciendo más profundo y la montaña de tierra a su lado, más alta. Pablo pasó alrededor de una hora cavando y abrió un rectángulo en la tierra de unos dos metros de profundidad. Había llegado al cajón. No quería ni imaginarse lo que le esperaba. No sabía cuáles eran los planes de quien controlaba su cuerpo, no sabía cómo lo hacía y no sabía quién era. Pero no quería averiguar ninguna de esas tres cosas, lo único que quería era irse corriendo de allí como un niño de mamá. Pero sabía que no podría, sabía que algo pasaría. Y era totalmente consciente de que no era algo bueno.
El cuerpo de Pablo se paró frente a la tumba de su esposa y miró hacia abajo con solemnidad. Repentinamente saltó hacia dentro como un gato y calló sentado. Por primera vez en esa noche Pablo sintió dolor. Había estado cansado cuando cavaba sin parar, pero no le dolía nada. Esta vez sintió un agudo dolor en sus piernas, sobre todo en las rodillas, y también en su cola, donde se había golpeado con la madera del ataúd. Entonces, sin reparar a descansar ni esperar un alivio del dolor, su cuerpo se puso de pie y se situó a un costado del cajón, donde había un pequeño espacio de tierra, un espacio que había hecho con la pala su dominador seguramente pensando en eso. Tomó el cajón de ambos extremos, uno con cada mano, y lo levantó por encima de su cabeza. Lo arrojó hacia arriba y escuchó el ruido sordo que hacía la madera al caer sobre la tierra y también oyó el ruido del cuerpo de su mujer rebotando adentro del cajón. Esta vez el dolor que sintió fue enorme, sintió como si los músculos se le quebrasen tras haber levantado unas pesas de 500 kilos, el dolor pasó de los hombros al antebrazo y de allí al codo. Ni siquiera él se imaginaba la fuerza que había hecho esa noche para tirar ese cajón tres metros hacia arriba. Sentía que le estuviesen clavando finas y largas agujas en ambos brazos, hasta la médula.
Mientras una gota de agua de lluvia caía desde su frente a su nariz, allí resbalaba hasta la punta de ésta y luego de juntarse con otra se precipitaba a su pie descalzo. Su cuerpo entero se arqueó con la lentitud de una tortuga, sintió cómo su columna vertebral tronaba provocándole un dolor inmensurable. Luego de esto dio un enorme salto, el salto más grande que pudo haber dado en su vida y estiró los brazos para agarrarse al borde de tierra del hoyo. Quedó allí colgado; suspendido. Luego de un esfuerzo máximo, su cuerpo logró salir de ese agujero y pararse frente al cajón, y Pablo se preparó para esperar lo peor.
El cajón era simple pero bonito. La parte de abajo, la caja, era de una madera simple pintada de color crema y la tapa era de una madera fina, que parecía ser roble, y tenía tallados unos dibujos rústicos. A Pablo le parecieron rosas, y aunque el roble estaba barnizado y todo era de color madera, a él le parecieron rosas negras; las rosas de la muerte. Su cuerpo (no él, él no manejaba su cuerpo) rodeó el ataúd hasta quedar del lado donde se abre. No fue grande su sorpresa al ver que había un pequeño candado. Entonces tomó la pala por tercera vez entre sus manos y le dio un golpe al candado. Nada que nuestra amiga “pala” no pueda solucionar ¿no? –pensó, preguntándose a sí mismo y a su manipulador al mismo tiempo. El candado no se abrió, pero sí lo hizo con el segundo golpe. Con éste golpe no sólo se abrió, sino que se despedazó; salieron volando pedazos de candado en todas direcciones. Otro cadáver.
Cuando su manipulador lo había usado para desgusanar la tierra, él pensó que había sido lo peor, pero se equivocaba. Lo que venía ahora sí era lo peor; abrir el cajón y ver el cadáver de su esposa. Cuando sus manos se pusieron en posición para abrir el cajón, una en cada extremo de la tapa, hizo el mayor esfuerzo de esa noche para pararse y salir corriendo. Creyó haber sentido que sus pies se movieron apenas, pero eso fue lo máximo que logró controlar su cuerpo ese día y en ese lugar. Entonces sus manos hicieron un leve esfuerzo y abrieron la pesada tapa de madera.
Fue horripilante. Sabía que no sólo vería a su esposa muerta, sabía que había algo más para ver. Su esposa medía un metro setenta, aproximadamente. Llevaba un vestido blanco como la leche, que iba desde su cuello hasta sus tobillos. Sus manos no se encontraban a sus lados, como las ponen cuando los entierran, sino que se encontraban cruzadas sobre su pecho en forma despareja. Ese algo más que esperaba ver estaba en su cara, sus ojos estaban cerrados, pero su cara, a ambos lados, estaba rasguñada y la sangre coagulada en contraste con su pálido rostro le dio a Pablo ganas de vomitar. Tenía cuatro líneas gruesas de sangre a cada lado, seguramente provocadas con sus uñas. A pesar de estar muerta y rasguñada sigue siendo hermosa –pensó Pablo.
Y mientras pensaba eso último los ojos de María Eugenia se abrieron lentamente, estaban llenos de sangre como los de un borracho, y tenían un brillo maligno. Luego, se abrió también su boca y murmuró algo. Pablo lo oyó claramente a pesar de todos los ruidos que acechaban aquella noche; el de la lluvia cayendo contra las tumbas, el de los truenos, el incesante ulular de un búho y el casual graznido de un cuervo. Ella dijo: Gracias. A pesar de que murmuró, lo dijo enérgicamente. Con la energía que puede esperarse de un moribundo, claro está.
En ese momento Pablo pensó que todo había terminado, que recuperaría a su esposa y se largaría de allí con ella en brazos; con o sin manipulador. Pero lo que ocurrió causó tal contradicción en su cerebro, que si no fuese porque en ese momento no le pertenecía, le hubiese estallado. Su esposa alzó débilmente los brazos y le tomó la cara con ambas manos, una a cada lado. Y luego, mientras sus ojos se abrían repentinamente y se llenaban de maldad asesina, le clavó sus largas uñas, pintadas de blanco, en su cara. Pablo sintió, con terror, cómo cálidos chorros de sangre se derramaban por sus mejillas. Algo de lo que sí tenía control era de la expresión de su rostro. Éste adquirió un esbozo de miedo mezclado con terror, la peor expresión que puso en toda su vida. Observó cómo la sangre, su sangre, caía en el vestido de su esposa y lo manchaba en grandes lamparones bordó. El dolor que sentía en su cara tampoco pasaba desapercibido, sentía como si le estuviesen clavando cuatro cuchillos a cada lado de la cara. Las uñas de su esposa se enterraban más y más, al mismo tiempo que descendían por su cara, abriéndole heridas de dos centímetros de profundidad.
El dolor se volvía insoportable cuando se encontró suspendido en el infinito, mirase donde mirase era todo negro, como el espacio. Luego, empezó a caer, caía y caía por un túnel sin límites, sin principio ni fin. Un lugar donde no existía la derecha ni la izquierda, ni el arriba ni el abajo, un lugar donde una brújula se volvería loca por encontrar el norte, porque tal dirección no existía. Continuaba cayendo y cerró los ojos lentamente. Sentía cómo el viento hacía que su pelo se revuelva, el mismo que aún estaba mojado por la lluvia.
Cuando se convenció de que se quedaría en ese lugar cayendo por siempre, luego de unos cuarenta minutos, sintió que caía sobre algo, algo blando y acolchonado. Abrió los ojos y vio un techo blanco con algunas líneas de luz del sol que se colaba entre las rendijas de la ventana, y también un ventilador viejo, con las paletas de madera. Estaba en su habitación, en su cama. Alzó la mano derecha y se palpó toda la cara en busca de alguna herida, algún rasguño. Nada. Lisa como la piel de un bebé. Todo fue un sueño –se dijo a sí mismo–, el sueño más realista que tuve en mi vida. Sentía las plantas de sus pies frías como el hielo.
Entonces se acordó de su esposa. Volteó y la vio al lado suyo, desnuda. Estaba mirando hacia arriba con los brazos a los lados del cuerpo. Y cuando vio su cara, sus ojos se abrieron como dos platos. María Eugenia tenía los ojos abiertos de par en par y fijos en el techo, la cara rasguñada exactamente igual como la había visto en su sueño, cuatro líneas de sangre coagulada a cada lado y blanca como la leche, estaba quieta y dura como una estatua. Pablo levantó su mano temblorosa y la apoyó sobre su pecho desnudo. Sintió el frío de su piel. Ningún latido hizo eco en su palma.n