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En la ruta |
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| Aquel miércoles por la noche, de julio del año pasado, mi trabajo transcurría con más tedio del habitual. Me dedico a conducir el camión de emergencias de la Ruta Provincial Dos, que une toda la costa atlántica de mi país. |
El modus operandi es básico: me subo al camión de la concesión del peaje que va del kilómetro 0 al 200 y conduzco hasta la mitad de la concesión, a la espera de alguna llamada fatídica desde la ruta, que me indique donde tendré que ir: a auxiliar a algún automovilista que sufrió algún desperfecto con el auto o a socorrer a la victima de algún accidente.
El peor que presencié en mis diez años de profesión fue cuando un micro aplastó literalmente a un viejo Renault 12: todos los ocupantes del auto yacían en un amasijo de fierros y humo, no muertos, no vivos, en franca agonía. Pero no es esto lo que quiero contar, sino la historia de aquel miércoles. El teléfono ubicado en mi camión amarillo con guardas negras sonó insistentemente. Llamaba una mujer al borde del ataque diciendo que se había dormido conduciendo, que su auto había quedado pulverizado por la columna que divide los carriles de la ruta, pero que ella estaba bien, que necesitaba que alguien vaya a socorrerla.
Arranqué el camión y llegue al instante. Me pareció increíble ver el auto y asimilar que alguien había salido con vida de ahí: del Ford Falcon solo se dilucidaba la patente y una rueda que giraba y giraba. De repente la vi: la conductora me gritaba y me decía que vaya pronto. Me acerqué a ella y me dijo que solo quería que me comunique con su esposo, que le diga que ella iba a estar bien cuando llegará a ver a su madre, y que lo esperaba ahí. Yo, entre confundido y todavía espantado por el accidente, accedí a su pedido, no sin antes dejar su auto al costado del camino y llevándola a ella a un hospital: la dejé en la puerta porque otra emergencia me solicitaba a diez kilómetros de ahí.
El otro accidente al cual fui era terrible: un camionero dormido se había incrustado en el medio de una columna. Sacarlo de su vehículo demoró toda la noche. Me olvidé del pedido de la mujer del Ford Falcon. Me olvidé hasta que leí el diario el día siguiente... y la vi. Vi su foto en la sección policial donde el titular decía: "Muere mujer en trágico accidente en la Ruta Dos".
Más abajo decía: "Maria Marta Castelli, reconocida cirujana de la región sur de nuestra provincia, murió a consecuencia de un terrible impacto que sufrió cuando su auto chocó contra un terraplén en la Ruta Provincial Dos cuando regresaba de visitar su pueblo natal para concurrir al sepelio de su madre, muerta recientemente…".
No pude leer más. Busqué en mi bolsillo y encontré
el teléfono que me había dado. Lo guardé. El teléfono
justo sonó. Era ella. Me preguntó porque no había llamado
a su esposo. Colgué. Desde ese día ella me busca. Pero esa
es otra historia.n