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Serpientes y cascabeles |
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Leandro Martín Drudi |
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Esta obra se titulaba "It", escrita por Stephen King, autor, además, de muchas novelas famosas llevadas a la pantalla del cine tales como "El resplandor", "Misery", "Cementerio de animales". Este autor es especialista en el género del miedo y el suspenso. Cuando ella leía sus libros o veía sus películas se concentraba tanto en la trama que todo alrededor dejaba de existir. Tanto que se pasaban las horas volando.
De repente se sobresaltó. Se había dormido. Se restregó los ojos con los nudillos y miró su reloj: ya era casi la medianoche. La oscuridad de la habitación, atenuada por la luz del televisor, era frenéticamente tétrica, terrorífica. Bajó los pies de la mesita ratona y hurgó en el suelo buscando sus chinelas. Una vez que las hubo encontrado se las colocó y se puso de pie. Lentamente caminó hasta las escaleras que llevaban al primer piso y ascendió allá por ellas para ir al dormitorio y colocarse el camisón en caso de que volviera a dormirse. Llegó a la puerta y la abrió. Encendió la luz. Entrecerró los ojos para que la luminosidad de la habitación no lastimara su vista. Caminó hasta su guardarropa, que era tan grande como para colocar una cama dentro y hacer un nuevo dormitorio, y encendió la luz. Buscó entre sus ropas algún camisón pero no encontró ninguno. Aparentemente todos estaban sucios. Llegó al sector donde guardaba un remerón hasta las rodillas que usaba como camisón en esos casos de urgencia. Se lo colocó pues no existían más opciones que esa.
Volvió a bajar y se acomodó para volver a ver la película. Allí se reunían todos los personajes principales, que en total eran siete, en una ronda y el payaso asesino se encontraba entre ellos sin que ninguno se percatara de su presencia.
Luego de terminada la película, la que duró casi tres horas, Naomi se levantó y apagó la televisión. Cuando viró para ir a la escalera notó algo raro en la casa. Se sentía diferente. Como más grande. Fría y sucia. Fea y rara. Corrió escaleras arriba. Sintió en su cuerpo como si las escaleras comenzaran a tomar un tamaño monstruoso, o quizá ella empequeñecía. Las paredes se tornaron lejanas. El techo se sintió inalcanzable. Todo se hacía más y más grande ante cada paso suyo. Al llegar al extremo superior de la escalera todo volvió a la normalidad. El techo se encontraba a pocos centímetros de su cabeza y las paredes al alcance de sus manos. La planta de arriba estaba muy oscura, a pesar de entrar la azulada luz de la luna por la ventana en el extremo del pasillo perpendicular a la escalera.
Caminó hacia su dormitorio dispuesta a dormir. Cuando abrió la puerta comenzó a oír, en el dormitorio de su hermano menor, contiguo al suyo, un ruido fuerte. Comenzó a oír un mueble que se sacudía como si alguien estuviera encerrado dentro y forzara la puerta para salir. Caminó confundida hasta el dormitorio de su hermano. La casa se volvió a sentir grande, fría y vacía. Llegó a la puerta y la abrió pensando que el niño se podría encontrar encerrado en el armario. Pero se encontró con la cama vacía y bien tendida. En la pared estaba el ropero donde guardaba sus juguetes. El mueble se sacudía todo y las puertas se abrían y se cerraban una y otra vez, indistintamente, como una tempestad agita las aberturas de una casa abandonada. El fino armario escupía las miles de canicas que el niño guardaba en uno de los cajones y las gorras, los bates de baseball, todo volaba disparado hacia cualquier lado. Naomi cerró inmediatamente la puerta. No podía ver nada, sólo la luz del miedo. Su corazón latía hasta salírsele del cuerpo. Su cuerpo estaba helado del pavor por la espantosa escena que había vivido.
De repente escuchó que la puerta de su dormitorio se cerraba lentamente con un chirrido de bisagras. Caminó confundida y aturdida hasta la puerta y tomó el picaporte. El cuerpo se le heló y quedó paralizada. Como pudo bajó el picaporte hasta que la puerta se destrabó y logró abrirla.
—¡Dios!, ¿qué es esto? —se preguntó ella al ver esa majestuosa y confusa escena.
La habitación estaba totalmente pintada con rayas oblicuas verdes, azules y amarillas; del techo cuelga un reflector que apunta a una bola con espejitos pegados cubriendo toda su superficie, que gira lentamente. En las paredes se dibujan con el reflejo de ésta luz como si fueran burbujas de jabón que flotan en el aire. En el suelo hay una vía ferroviaria en miniatura por la que corre a toda velocidad una máquina negra con pequeños vagones de colores. Sobre el tocador hay una casa de muñecas, reproduciendo magníficamente a escala la casa que ella habita en esos momentos. En la silla, donde ella se sentaba frente al espejo para maquillarse, hay un muñeco del tamaño de un niño de seis años. Un payaso. Su bonete de seda rojo con botones blancos y unos cascabeles en la punta; su camisa bicolor y sus pantalones amplios; sus enormes zapatos con un pompón de algodón en el extremo, de los mismos colores que sus pantalones y camisa: rojo y blanco; en el rostro su boca de payaso está pintada de rojo en una gigantesca sonrisa y delineado con un hilo de pintura negra. Todo su rostro está pintado de blanco y sus ojos dos dibujos: una estrella en el derecho y un triángulo en el izquierdo. Su peluca de rulitos de colores fosforescentes y llamativos: amarillo, rojo fucsia, celeste y anaranjado. Está sentado con las piernas cruzadas.
Al lado del payaso, sentadas y de pie en el piso, hay muñecas, muchas muñecas: de trapo, muñecas que dicen “mamá”, que caminan; todas la miran sonriendo. Echó la mirada donde debiera encontrarse su guardarropa. Había desaparecido. Volvió la vista a las muñecas. Ya no sonreían. No, la miraban como enojadas. Asustada miró al payaso. Se sobresaltó. El muñeco había cambiado de posición en cuanto ella se distrajo. Ahora su sonrisa era escalofriante en vez de alegre. Su mirada iba directa a los ojos de ella y por más que ella se corría daba la impresión que la seguía con la vista. Miró la pared. Las burbujas se tiñeron de rojo dejando un rastro de sangre como si abriera un profundo tajo y comenzó a chorrear coágulos oscuros, negruzcos. Volvió la vista al payaso. Una nueva posición: sus piernas, como de trapo, rodeaban su cuello. Uno de los reflejos de las burbujas dio justo en sus ojos encegueciéndola por un momento. Llevó sus manos a la cara para que no volviera ese haz a hacerle daño. Cuando quitó las manos se dio con una nueva posición: los dedos estaban entrelazados sobre la nuca y sus piernas oscilaban como péndulos, colgando como una serpiente sin espinazo. Volvió la vista a la cara. Los ojos tenían un aire maléfico, odioso. El ojo izquierdo se cerró en señal de guiño.
—¿¡Esto es una broma!? —preguntó a la nada, por las dudas que alguien se encargara de hacer esos movimientos y efectos.
Caminó hacia el payaso sin quitarle la vista de encima, buscando algún hilo o algo que hiciera mover sus extremidades. El globo de espejitos sigue girando y reflejando las burbujas que siguen ensuciándolo todo y lastimando las paredes que siguen perdiendo su sangre. Acercó la cara hasta casi sentir el aliento del muñeco. Con un movimiento rápido, los dedos se separaron y un brazo se estiró y se enroscó en el cuello de la adolescente. En esos momentos Naomi comenzó a oír una música de carrousel, tétrica, diabólica. A pesar de que el muñeco apretaba más el nudo en el cuello, ella no perdía el conocimiento. Falta de aire. Sofocación. Comenzó a sentir unos golpecitos en sus piernas. Como pudo bajó la vista y vio que las muñecas la rodeaban festejando y golpeándole con sus puños cerrados las piernas. Naomi agarró el brazo del payaso y levantó la seda de su camisa con el fin de morderlo y vio con asombro y mucho más susto que antes, un brazo de huesos. El esqueleto de alguien, disfrazado de payaso, intentaba acabar con su vida.
Miró la cara del payaso y notó que la sonrisa se transformaba rápidamente en una boca de lobo, llena de filosos dientes puntiagudos. Se asustó y cayó al suelo, débil por la falta de oxígeno en su cuerpo. El payaso cayó con ella, encima de ella. Con su cuerpo le tapó la cara. Ella intentó sacarlo de encima pero mientras más se movía, más se tapaban sus vías de respiración. Si no lo lograba moriría por anoxia, moriría por falta de oxigenación de su sangre.
Se despertó sobresaltada, pálida y asfixiada, con el almohadón del sillón sobre su rostro apretado por ella misma. Aún está sentada frente a la televisión, aún está la película recién comenzada. Apenas había dormido tres minutos, seguramente menos. Se levantó y caminó hacia la escalera. Otra vez volvió a sentir, como en su sueño, que la casa se agrandaba o ella empequeñecía. Con miedo fue a su dormitorio para colocarse el camisón. Tomó el picaporte. En esos momentos esperó oír el mueble sacudirse en el dormitorio de su hermanito. Pero no lo oyó. Con curiosidad y sin perder el miedo fue a ver qué sucedía. Abrió la puerta del dormitorio del pequeño y vio con la luz que entraba desde el pasillo que dormía en su cama. Cerró la puerta y volvió a su dormitorio. Con miedo tomó el picaporte y lo bajó. La puerta se destrabó y ella tragó saliva. Con un tenue movimiento abrió la puerta. Metió la mano y palpó la pared y al encontrar el interruptor de la luz lo subió. La luz se encendió. Con precaución se introdujo en su cuarto. Nada. Las paredes con el mismo empapelado de siempre, la bombilla de la luz colgaba del techo. Su cama, su tocador y su silla, todo en su lugar y ningún muñeco asesino, alentado por un montón de muñecas. Su guardarropa estaba allí. De repente se sintió observada. Se volvió hacia la puerta y vio a su pequeño hermano de pie, mirándola.
—Nos has despertado —dijo.
—¿A quienes? —preguntó ella confundida.
Ella lo miró. Llevaba abrazado un muñeco. Un payaso. Sus
ojos buscaron los de Naomi y la miraron diabólicamente. Su boca artificial,
de plástico, sonrió dejando ver un montón de filosos
dientes, como en la boca de un lobo.n