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| Tras una agotadora semana tras los pasos de King, y aunque asistiríamos también al evento de presentación de Under the Dome en Sarasota, el objetivo principal era pasar unos días de relajación, disfrutar de la costa y, por supuesto, contemplar la puesta de sol sobre el Golfo de México, algo que se me había metido entre ceja y ceja desde Duma Key. Recogimos el coche de alquiler y, pasadas las 15:30 debido a un retraso en la entrega, tomamos rumbo a Sarasota, que está a unas 60 millas. El trayecto a través de la Bahía de Tampa dura poco más de una hora, y es sencillamente espectacular. Entramos en Sarasota un poco antes de las cinco (era difícil imaginar que apenas el día anterior a las 4 de la tarde ya fuera prácticamente de noche; era como estar en otro mundo), y localizamos rápidamente el hotel Lido Beach Resort, en Lido Key. Este hotel está a pie de playa y fue uno de los dos que en su día organizó tours por los lugares mencionados en Duma Key. Una vez más, nos sorprendió la suerte: la habitación que nos asignaron en la cuarta planta, a la que se accedía como suele ser habitual por un pasillo exterior, ofrecía unas magníficas vistas del Golfo. Rápidamente, pues el sol ya iniciaba su descenso, nos cambiamos de ropa y bajamos a la playa, donde Silvia me tomó esta foto con reminiscencias a cierta ilustración de Michael Whelan. Dimos un paseo hasta que fue noche cerrada, recogiendo de vez en cuando algunas conchas, y regresamos al hotel ya prácticamente a oscuras. Mucho más tarde, salí al pasillo exterior, como si fuera mi propia Habitación Florida, me senté en una silla a fumar y escuché el sonido del Golfo, lo único que se oía a esas horas. Después de haber traducido Duma Key, es difícil describir lo que sentí en ese momento. Es un sonido relajante, hipnótico, quizá no muy diferente al de miles de playas en todo el mundo, pero recordando las exhaustivas (y tan perfectas) descripciones de King, ese instante adquirió una dimensión especial. Me venían a la mente un montón de citas de la novela, que conferían al lugar una pizca de magia, y al mismo tiempo, a la novela una pizca, aún más si cabe, de realidad. Esa noche dormí como nunca desde nuestra llegada a los Estados Unidos. A la mañana siguiente, tras el desayuno en la octava planta del hotel (de nuevo, unas vistas espectaculares), cogimos el coche y recorrimos la Ruta Tamiami, visitando Sarasota y parte de los Cayos, en concreto Casey Key. A esta isla se accede a través de un pequeño puente diseñado para girar y dejar paso a las embarcaciones. Más adelante, la carretera desemboca en Casey Key Road. El giro a la derecha está prohibido, pues es una carretera privada, y allí es donde King tiene sus dos residencias en Florida.
Pero eso lo dejaríamos para más tarde. Giramos primero a la izquierda, en dirección sur. La carretera es estrecha, llena de curvas, y con casas a ambos lados. De vez en cuando se ven trozos de playa desierta. Llama la atención de nuevo, por su acierto, otro pasaje de Duma Key, cuando Edgar Freemantle llega a Big Pink y le sorprende que el Cayo esté sin urbanizar. Sería realmente extraño que una isla de esas características en aquellos parajes estuviera tan deshabitada. Otra de las cosas llamativas es el elevado número de casas que están pintadas de color rosa. Si hay alguna construcción en concreto que inspirara a King, sería prácticamente imposible saber cuál fue de todas las que vimos. Tras unos veinte minutos de conducción lenta, llegamos a la playa de Nokomis. Allí hay otro puente levadizo por el que se llega a la Ruta Tamiami. Es de suponer que en ese punto la geografía real deja paso a la imaginada por King, y que dicho puente constituiría el acceso al extremo norte de Duma Key. Después, recorrimos Casey Key Road a la inversa hasta la bifurcación de la que hablé antes. Aparcamos el coche cerca del puente y echamos a andar por la carretera privada. A pocos metros se halla la primera de las casas de King, que está, como no podía ser de otra forma, pintada de rosa.
No nos atrevimos a ir más allá, y fue una de esas decisiones que luego dan lugar a preguntas del tipo "¿y si…?". Regresábamos al coche cuando de pronto vemos acercarse un descapotable de color rojo, y según llega a nuestro lado nos damos cuenta de quién conducía: ¡Stephen King en persona! Llevaba una gorra de beisbol y movía la cabeza al ritmo de la música. No sé si nos vio (Silvia asegura que sí nos miró, y supongo que mi camiseta era una señal inequívoca que delataba lo que hacíamos por allí) pero en un primer instante nos quedamos paralizados mientras pasaba a nuestro lado. Cuando reaccionamos y nos volvimos, ya giraba hacia el acceso privado y lo perdimos de vista. Ni siquiera nos dio tiempo a levantar la mano y saludar. Fue una tremenda oportunidad perdida, y durante mucho rato hablamos de lo que podíamos haber hecho, elucubrando posibles situaciones y lamentándonos de nuestros pocos reflejos. Después de esto, fuimos a dar un paseo por el centro de Sarasota, y ver otros lugares, como Palm Avenue, la calle que concentra un gran número de galerías de arte, y donde, supuestamente, se hallaría la Scoto de la novela, y la biblioteca Selby (allí intentamos sin éxito que nos dejaran entrar en el auditorio Geldbart, pero el responsable no estaba en aquel momento).
A continuación, nos dirigimos al Van Wezel Performing Arts Hall, a retirar las entradas para el evento de esa noche. Aquí también se otorgaba la posibilidad a los asistentes de comprar un ejemplar de Under the Dome firmado. Estaba limitado a las primeras 250 personas que hubieran sacado las entradas, pero la oferta no era válida para compras on-line. Afortunadamente, les había escrito con antelación, diciéndoles que iba desde España, y con mucha amabilidad me reservaron uno. Ya con nuestras entradas y el vale para el Under the Dome firmado, volvimos al hotel para darnos una ducha rápida, y de vuelta al auditorio. Llegamos alrededor de las 18:45, pues las entradas eran numeradas, y tras comprar el libro, entramos en el salón. A la hora en punto apareció King, recibido con una fuerte ovación por parte de los más de mil asistentes al evento, y gritos de “I/we love you”, a lo que King contestó con lo que pareció un “Holy shit!”. La entrevista me resultó más entretenida y divertida que la de Nueva York. King habló de muchas cosas, que intentaré resumir un poco:
En fin, 90 minutos que transcurrieron rápidamente, en la línea distendida y con el espíritu de showman que caracteriza sus apariciones en público. Para acabar, le hicieron entrega de la llave de la ciudad (King dijo que él siempre había pensado que su llave de la ciudad de Sarasota era su American Express) y fue despedido con una nueva ovación. Y ahora llega otro momento inolvidable del viaje. A pesar de nuestra experiencia en Nueva York, nos fuimos a la parte trasera del edificio. Allí había una veintena de personas, esperando con libros. Recuerdo que le estaba comentando a Silvia la posibilidad de acercarme al hombre que custodiaba la puerta a preguntar, cuando empezaron a salir varias de las autoridades de Sarasota, seguidos por King y Tabitha, con algunos guardias de seguridad. Todo sucedió muy rápido. Me lancé hacia él con mi Duma Key en castellano abierto por la página del título, cogiendo por sorpresa a todo el mundo, incluida Silvia, que por ello no pudo sacar buenas fotos. King se disculpó con un “I can’t, I really can’t” (“No puedo, de verdad que no”). Realmente no recuerdo lo que le dije yo, algo de España, y no sé si quizá me recordó del evento de Baltimore, pero cogió el libro que le tendía, el bolígrafo y garabateó su firma. Y casi sin tiempo a que pudiera balbucear un “Thank you, Steve”, el hombre ya montaba en el todoterreno que le esperaba. Creo que fui la única persona a la que le firmó aquella noche, aunque varias personas se acercaron a las ventanillas del vehículo mientras este salía del aparcamiento. Fue otro gran momento, aunque reconozco que los nervios me afectaron más que en Baltimore. Si ya los días anteriores con Ari y Fede habían sido insuperables, aquello fue la guinda que coronaba el pastel. Del día siguiente ya poco tengo que añadir. Lo dedicamos a seguir explorando cayos y playas, y a otras visitas turísticas. Fue por la tarde, en Cayo Siesta, donde encontramos, quizá, lo que más me recordó a Big Pink, no solo por el color, sino también por el nombre de la mansión, con cierta reminiscencia al de la casa de Elizabeth Eastlake (Heron’s Roost). Terminamos de nuevo en la playa de Casey Key, bañándonos durante la puesta de sol. Regresamos ya de noche, mirando hacia el oeste, esperando, quizá, ver un barco anclado sobre las tranquilas aguas del Golfo. El 18 de noviembre volamos de Tampa a Nueva York, y de allí, de regreso a España, con la sensación de que lo que logramos en este viaje es prácticamente insuperable. Pero eso no evita que ya estemos planeando volver en un futuro no muy lejano. Saludos, y ¡hasta pronto!.n
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| Tras los pasos de King (VI) |
| Las crónicas
de un viaje Oscar Sendín |
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“El hogar de los recién casados y los casi muertos”. Así define Stephen King al estado de Florida en Duma Key, y esa fue la cita que me vino a la mente cuando aterrizamos en el aeropuerto de Tampa el 15 de noviembre. Eran alrededor de las dos y medio de la tarde, y lo primero que se nota es el increíble cambio meteorológico. Habíamos abandonado Bangor con lluvia y frío. Allí, lucía el sol y la temperatura era cercana a los 30 ºC. |
