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Episodio oscuro |
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Desde el momento en que la compró, Arturo había querido probarla en terreno rural para probar los amortiguadores, pero en esta oportunidad tampoco podría hacerlo —al menos no al cien por ciento—, por la advertencia de pista congelada que señalaba un cartel unos metros atrás. |
Pero a pesar de esto, no era una mala oportunidad para estar con su familia, ya que la cantidad desproporcionada de trabajo que tenía de lunes a sábado le hacía imposible estar con ellos en las noches.
Sin embargo, para darse un gusto que su sueldo le permitía, y también teniendo en cuenta las ventajas que podría tener, un día llegó a casa con “el monstruo verde” —como lo apodó su esposa—, destronando para siempre del hogar al fiel y viejo Volkswagen, que tantos años los había acompañado. Pasaron varias semanas hasta que finalmente pudo —con la ayuda de sus dos hijos—, convencer a Inés de hacer un viaje que serviría de compensación por el tiempo perdido. Matías y Joaquín no habían necesitado pensarlo dos veces. Después de un año, al fin podrían volver al túnel que tan intrigado los tenía. La primera vez que lo vieron, habían intentado atravesarlo, pero a los metros que quedaban sin luz, desistieron, acordando esperar al momento oportuno. Este momento. Y ahora, lo tenían todo: una imponente camioneta, sus linternas, una cámara y las agallas para enfrentarse a él.
—Prepararemos algo para comer mientras llegan —dijo Arturo apeándose del vehículo—, así es que traten de no demorarse tanto. Esperaremos esa grabación.
—¡Adiós mamá! —gritaron a coro, mientras saltaban impacientes para que papá los cruzara por la pista.
—En serio —les advirtió susurrando mientras caminaban—, traten de hacerlo rápido. Tengan en cuenta de que su mamá no quería dejarlos ir solos, pero ustedes ya son grandes. ¿O me equivoco?
Asintieron nuevamente y le hicieron señas a su madre. Arturo volvió al vehiculo cerró la puerta y encendió el motor.
—Están más que recomendados, ¿podemos irnos ahora?
—Esta bien, preparémosles la merienda.
Arturo tocó la bocina un par de veces mientras se ponía en marcha y su madre se despidió de ellos agitando la mano.
Se detuvieron para chequear lo que iban a ocupar. Matías sacó del bolso una de las linternas que le entregó a su hermano, y tomó las baterías para la cámara. Joaquín estaba concentrado en la boca del túnel. La vez pasada lo habían visto de mañana, pero ahora, en invierno y a punto de oscurecer, era diferente. En esa oportunidad le había entusiasmado la idea, pero ahora que lo miraba, era como una gran garganta con ganas de devorar unos cuerpos. No parecía tan buena. Pero no quedaba de otra, sus padres estaban del otro lado del corredor y era peligroso caminar por la angosta pista. Lo único que le quedaba era atravesarlo, y ser recibidos al salir por las animitas que habían visto antes, aunque no eran como las de Romualdito —de San Borja—, y tal vez ni siquiera tuvieran relación directa con el tenebroso túnel. Aún así, era una aventura digna de quedar grabada en video, y en la memoria de la familia por el resto de sus vidas.
Una de las linternas no encendía, por lo que solo ocuparon la de bolsillo que traía Matías, pero que iría atada con cinta a la cámara. Mientras la preparaba, se acercó al pequeño. Le tocó el hombro en señal de partida, pero él no se movió. Papá tenía razón, no había de que preocuparse. Ya contaba con doce años y su hermano solo era dos años menor. Si ocurría algo sabrían como resolverlo. Solo era un estúpido túnel.
—Voy a grabar —advirtió moviéndole la cámara frente a la cara— cualquier lloriqueo o berrinche, hazlo ahora para que no quede grabado.
Joaquín se limitó a enseñarle el dedo del medio en señal de molestia. En estos momentos había asuntos de mayor preocupación por los cuales interesarse, como por ejemplo: ¡que diablos le hizo pensar que sería divertido adentrarse en semejante subterráneo que quien sabe cuantas cosas ocultas ahí dentro!
Observó a Matías quien volvió a agitar la cámara y comenzó a grabar mientras tomaba la delantera hacia la entrada. Esperó que avanzara un par de metros y luego le siguió. El tamaño de la abertura iba aumentando a cada paso que daba, igual que su miedo. Caminó lentamente entre los pilares que conformaban la temible entrada, eran hermosos en cierto sentido, pero tétricos a la vez, tal y como se imaginaba los oscuros pasillos del castillo de Calabozos y Dragones, solo que ahora él se encontraba dentro, y no tenía ningún mago ni un arquero con flechas mágicas que lo acompañara. Solo tenían una cámara y una linterna, y a su hermano —aunque en ocasiones como estas preferiría no tenerlo—, por lo que suspiró y corrió tras de él.
—¡Mamá no fue quién descubrió tu libreta de notas!— gritó a todo pulmón en un acto de desesperación.
Matías se detuvo y detuvo la grabación mientras se devolvía hacia él con la cabeza gacha.
—Fui yo quién le dijo donde la tenías escondida —confesó poniendo las manos sobre la cabeza a la espera de algún golpe.
—Si piensas que con eso lograrás que no entremos, estas equivocado —dijo Matías sonriendo malicioso—. Ya encontraremos después una manera con la que me las pagaras. Ahora, cobarde, al túnel.
Volvió a oprimir el botón de grabar, e hizo un gesto para retomar el paso, mientras prendía la linterna. Joaquín tomo la chaqueta de su hermano y cerró los ojos mientras se adentraban en la oscuridad. Matías solo podía ver el haz de luz que daba la linterna. El piso era de gravilla húmeda, y de las paredes de roca gruesa brotaban suaves hilillos de agua, mientras el frío acrecentaba a medida que caminaban. Continuó mirando a través de la lente cuando se detuvo. Miró hacia el cielo del túnel, y de pronto gritó y dio un salto agarrándose la pierna. Joaquín aterrado retrocedió sin saber que hacer. Se acercó asustado y lo tocó por la espalda. Estaba encogido y comenzaba a temblar.
—¿Estas bien…Mati?
—Solo fue el vibrador del celular —dijo soltando una carcajada y sacándolo del bolsillo de la chaqueta—. Es mamá, debe estar preocupada por la demora.
Contestó, pero la estática retumbó fuertemente en el parlante por lo que tomó a Joaquín y lo tironeo rápidamente hasta la salida. Cruzaron los pilares y llegaron al punto de partida. Seguía sonando igual, así es que cortó y llamó de vuelta. Espero uno segundos mientras se acercaba a la pista, cuando contestaron. Hubo un poco de interferencia, hasta que, estalló un fuerte chillido que lo hizo soltar el celular y taparse los oídos. Joaquín hizo lo mismo. El sonido provenía del celular, estaba en aquel lugar. Ambos tenían la cabeza completamente cubierta con los brazos.
Joaquín todavía escondía la cara bajo sus brazos. El ruido ya no estaba. Se destapó la cara y frotó sus ojos. Alrededor todo era negro. No quiso levantarse, y volvió a frotarse los ojos. Su estómago se contrajo. Posó las manos en el suelo, sintió la tierra y las piedras que estaban dentro del túnel. Estaba dentro. ¿Cómo era posible? Continuó buscando con las manos gateando hasta que se topó con la pared, y se levantó. Tenía los ojos lo más abierto posible, pero aún así era imposible ver algo.
—¡Matías!...
Gritó pero no hubo respuesta ni eco alguno. El lugar se sentía peor de lo que recordaba y el estómago le pateaba desde dentro. Se armó de valor y comenzó a caminar a tientas.
—¡Mati…no es gracioso!
Matías siempre lo asustaba cuando llegaba del colegio, era como su pasatiempo favorito. Sus padres solo se reían y después lo retaban, o viceversa. En Halloween había sido la peor, tanto así que su mamá lo castigo por dos semanas, y ninguno de los dos pudo salir a buscar dulces en esa noche. Vez tras vez, se prometía a si mismo no volver a caer en sus bromas, pero era imposible, siempre lo pillaba desprevenido. Pero esta vez nadie rió. No escuchaba su risita sicópata, y el corazón casi se le escapaba por el pecho. Sintió un nudo en la garganta y ganas de romperse gritando. Pero no podía, ni tampoco quería correr. Seguramente mamá y papá vendrían por él en cualquier momento. Se arrodillo, y rompió a llorar.
Matías despertó de cara al piso, estaba todo oscuro. Se movió un poco, y sintió las piedras a su alrededor. Estaba dentro del túnel. Como sucedió y en que momento, no tenía idea. Pero estaba dentro, eso era seguro. Respiró hondo y se levanto buscando a ciegas sus cosas. Solo barro y piedras. Todo había desaparecido, y lo peor… su hermano tampoco estaba. El aire se le hacía difícil de inhalar. Caminó con las manos al frente y dio con la pared, se giro hacia atrás —o al menos lo que creía él podía ser atrás—, y caminó en sentido contrario, pero le desesperaba lo negro del entorno por lo que comenzó a trotar guiándose con la pared. Sin darse cuenta, ya estaba corriendo sin saber hacia donde iba. La verdad no importaba mucho saber, cualquiera de las dos salidas lo llevarían a calmarse y a averiguar lo que había ocurrido.
Sin darse cuenta llegó a una curva del túnel que lo detuvo en seco tirándolo al piso violentamente. Se quedó tendido en el suelo. Se agarró la cara asustado, y quedó unos segundos sin moverse. No le dolía la cara, ni sentía ninguna clase de dolor. Recibió el golpe de lleno con la mejilla, pero, no había sangre ni dolor, ni rastros de la tierra en su cara. Respiró entrecortado y movió la pierna, pateando la pared con la que había chocado. “Debo estar en un mal sueño, nada más”, se dijo mirando sobre su hombro izquierdo. Se veía el umbral unos metros más adelante. Entrada, salida, daba igual era la salida del maldito lugar. Se levantó aprisa y comenzó a correr hacia ella, tan rápido como sus piernas le permitían. La luz era demasiado brillante como para ser de tarde, “posiblemente fueran los focos de la camioneta. Quizás encontraron a Joaquín e iluminaron el camino para que pudiera salir” se consoló. Corrió con más fuerza hacia la luz, sintiendo ligeramente un débil pitido dentro del oído que aumentaba a medida que se acercaba. Estaba solo a centímetros de la salida, cuando estallo el chillido nuevamente y tropezó cayendo de bruces.
Solo que no sintió el piso, ni chocó con el vehículo. Abrió los ojos y estaba tendido en el piso gravoso otra vez. Estaba helado y oscuro. Se quedó mirando fijamente la oscuridad, no reaccionó, solo miraba la oscuridad. No había nada que entender. Por que no había nada. Solo oscuridad.
—El limbo— susurró una anciana que dejaba flores en una animita, con el rostro cubierto por una frazada.
—¿Disculpe…? —preguntó Inés mirándola fijamente—. ¿Cómo dijo?
—Las almas de los inocentes descansarán en las regiones fronterizas del infierno —citó acercándose a ella, mientras cortaba el tallo de la flor—…no en el cielo, tampoco abajo en el infierno. Atrapadas para siempre estarán en el limbo.
—Discúlpeme —dijo ella pasmada—, pero no esperará usted que crea que mis hijos deambulan por ahí como almas en pena.
—Debería. Pues estarán aquí durante mucho tiempo.
Inés no supo que decir. Arturo tras de ella la rodeó con un brazo y rompió en llanto volviendo a la gruta donde estaba el retrato de sus hijos. Una fotografía con fecha del 18 de junio del 2006, y tomada un par de horas antes de que esa tarde llegaran al túnel.
La viejecita continuó arreglando las flores, y susurrando.
—Mire señora —dijo Arturo— no quiero parecer grosero, pero prefiero que se reserve sus comentarios. Usted no sabe por lo que hemos pasado.
—¡Oh, se equivoca! —respondió la anciana avanzando hacia él—. Conozco muy bien la historia: hoy se cumplen ya dos años de la tragedia. San Alfonso nunca olvida sus muertos, y creo que tendremos grabados para siempre aquel infernal chillido del camión tratando de no salirse de la pista. Es un sonido difícil de olvidar ¿No le parece? Sus hijos se encontraban en el extremo donde comenzaba el túnel. Lugar donde termino el camión… —la anciana los miró a ambos, ellos no reaccionaban, en sus caras solo había una mueca de dolor—… entonces, creo que si sé de lo que hablo.
Arturo no quiso continuar. La herida aún continuaba abierta y no permitiría que una vieja chiflada mezclara sus fantasías con los recuerdos que mantenían de sus hijos. Se coloco sus gafas y camino hacia su vehiculo
—¡Sus hijos seguirán vagando por este lugar! —gritó la anciana mientras caminaba devuelta hasta la animita—. Sin descansar, al igual que todos los demás...n