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Nº 136 - ABRIL 2009

Acuerdo nocturno


Federico Ybañez Herrera

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sin expreso consentimiento del autor
 

ace, sin atreverse a levantarse. Y en ese instante sólo puede pensar en el colchón bajo suyo, en sus ojos enloquecidos bailoteando en medio del océano oscuro. Hasta siente la expansión de las pupilas en la oscuridad y en el sordo rumor del corazón en algún rincón de su pecho.

Es un temor absurdo que de pronto cobra un impensado protagonismo en la negrura.

La luz que entra por la persiana, casi imperceptible, le cruza el ojo derecho en una franjita horizontal. A su lado, su mujer duerme profundamente.

Se ha despertado; no hace mucho. Calcula que deben correr las horas muertas de la madrugada, aquellas que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera tiene sueño y le es imposible dormirse, sin embargo jamás sufrió de insomnio.

Si toca el piso está perdido. Cuando sus pies toquen el parqué del suelo aquello que espera en el centro de la oscuridad saldrá y acabará con él. Él lo sabe, por eso permanece perplejo, quieto ante ese río inmóvil que circunda su habitación.

La bestia también lo sabe y por eso espera en el rincón más alejado, agazapada en la impunidad de la noche.

Era un acuerdo tácito que venía desde tiempos inmemoriales, desde los tiempos en los que la bestia lo mortificaba desde la puerta del armario.

Él permanecía con su colcha con estampados de Scooby-doo hasta la barbilla, con los ojos como platos, tratando de ubicarla en la abertura entreabierta del mueble. A veces se imaginaba que se movía y entonces se tapaba hasta la cabeza, muerto de miedo.

Nunca llamaba a sus padres. El terror que le causaba la sola idea de que acudieran a sus llamados y fueran destripados por la bestia lo arredraba de ello.


La bestia lo sabe y se relame.

Contempla a su mujer, dormida de lado, ajena a todo el proceso. A través de la negrura de la habitación unos ojos lo escrutan advirtiendo esas vacilaciones que lo asaltan.

Trata de ordenar sus pensamientos.

Tiene treinta y ocho años. Está casado hace diez. Es un médico de renombre en su ciudad y su vejiga está a punto de reventar.

Sin embargo, sabe que no puede pisar el suelo, lo indica el acuerdo. Un acuerdo que nadie nunca firmó pero que es casi tan antiguo y valedero como su amor por la vida.

La bestia. ¡Cuánto tiempo habrá sufrido sus condenados embates nocturnos!

Recuerda la noche en la que con ocho años, harto de tener miedo tomó el crucifijo fosforescente que el abuelo le había regalado, cerró los ojos y bajándose de la cálida seguridad de su cama cruzó en dirección a la bestia, que no tuvo más remedio que huir a sus laberintos nocturnos. Hecha una furia, había echado espuma por la boca y desaparecido bajo los pliegues de la negrura.

Ese día tuvo la certeza de que la bestia se alimentaba de sus miedos y era cierto.

Cuando el pavor lo inundaba la sentía respirar cerca de su rostro. Hasta sentía el hedor putrefacto de sus dientes amarillos.

Cuando dejaba la luz del velador prendida la bestia abandonaba la habitación de inmediato. Odiaba la luz, le temía. Por eso dejaba la puerta vaivén del armario y se iba a otros rincones de la casa, esperando su oportunidad. Cierta vez la había oído gruñir en la cocina incluso.

Todo estuvo bastante calmo hasta que descubrió un lugar mucho más eficaz que el armario.

Debajo de su cama.

Cuando la bestia hubo descubierto ese lugar oscuro, morada de los terrores más complejos de medio mundo, sus noches empeoraron.

Tuvo insomnio y pesadillas. Comenzó a hacerse pis encima. Incluso sus notas en la escuela bajaron de tal modo que enfurecieron a sus padres y le costaron más de un castigo.

Ahora la bestia lo escruta. Sigue ahí, con las agujas del reloj cortando la madrugada en dos.

Ojos amarillos. Una profusión de colmillos a menos de tres metros. La pelambre más inmunda y erizada que alguien pueda imaginarse.

Y nada de arrojarle cosas. Lo había intentado una vez y se había arrepentido.

Cuando tenía diez, llorando de bronca en medio del colchón mojado, le había revoleado con un zapato que dio de lleno en esos ojos hambrientos.

La bestia, furiosa por el ataque, destrozó el zapato en un tornado de baba salpicada.

Aunque eso no fue todo. Al otro día, al abrir el armario para sacar el uniforme de la escuela, se encontró con toda la ropa hecha trizas. En el suelo, y entre los jirones de tela, descansaban los restos de lo que alguna vez había sido un zapato.

Desde entonces no se atrevió jamás a agredir al visitante nocturno.

Se toca los restos de barba, piensa en cosas de adulto y la bestia lo sigue esperando. Sabe de su miedo. Lo capta y siente el sudor corriendo por su cuerpo maduro.

Contiene el impulso de despertar a su mujer, que duerme de costado soñando sus sueños particulares y secretos, y por un momento la envidia profundamente.

El reloj sigue con su tic-tac y él sin poder tranquilizarse.

Un día, a los dieciséis, decidió matarla.

Tomó la pistola que su padre guardaba en un cajón del armario, le puso tres balas y se fue a acostar con el arma cargada bajo la almohada.

Cuando la bestia clavó sus ojos en los suyos, apretó el gatillo.

En la oscuridad, la bestia desgarró la noche de todo el barrio con un alarido espantoso. Él volvió a apretarlo dos veces más, hasta que el olor a sangre invadió sus fosas nasales.

Ese día había sido terrible.

Gritos. Aullidos. Luces prendidas mezclándose frenéticamente con la imagen de sus padres entrando en el cuarto para zamarrearlo y preguntarle mil veces si estaba loco. Y su madre, que lloraba al verlo con un arma entre los dedos nerviosos…

La bestia…ay la bestia…

Había vuelto a los pocos días, más repugnante que nunca. Y por duplicado.

Las dos bestias lo acosaron todo el verano. Cuando una gruñía la otra vigilaba y cuando él las vencía se resignaban y entraban a la par en el oscuro sobretodo del armario, echando espuma por la boca y más rabiosas que nunca.

Con el tiempo, igualmente, la bestia había vuelto a ser una…pero eso ya no importaba. Sabía que ni mudándose podría librarse de ella, pues cuando había ido de vacaciones a la costa la cama que ocupó durante meses estuvo siempre custodiada desde abajo por sus gruñidos.

Suspira y mira el infinito de su cuarto compartido. Su vejiga late al ritmo de su corazón como un globo molesto.

Se dice que es una ridiculez. Se insulta por lo bajo por ser tan infantil, por sugestionarse como una criatura de pecho. Se dice mentalmente que tiene casi cuarenta años y una vida lógica que llevar adelante, donde no existe el miedo a la noche ni bestias acechantes en los armarios.

Aprieta los labios y su frente rezuma sudor mientras se habla a sí mismo, mientras se obliga a levantarse y poner los pies en el suelo y demostrarse que todo es mentira, que todos esos terrores son innecesarios y a decirse que si no se decide pronto a ir al baño tendrá problemas.

Vuelve a mirar a su esposa en cuyo rostro una franja de luz de la persiana le cruza uno de los ojos como una marca de guerra.

Mira de lleno a esos ojos pardos en la oscuridad, los cuales le corresponden la mirada. Hay en esos ojos hambre pero a él ya no le sorprende. Conoce esa mirada desde hace siglos, desde cuando medía metro y medio y el vello aún no había crecido ni en su pecho ni en sus piernas.

Pone los pies juntos, y el parqué de pronto le parece frío no sabe si por miedo o porque hace frío de verdad. Ensaya unos pasos y la bestia lo estudia con lobuna atención, paso a paso.

Cuando piensa que va a ser incapaz de dar otro más se sorprende caminando como un autómata. La bestia parece reír en la oscuridad.

Bajo su cuerpo hirsuto las garras se yerguen con presteza de plomo y los colmillos se multiplican con locura.

El interruptor se hunde bajo sus dedos borrando la oscuridad.

Se mira en el espejo. Se ve desquiciado, como un hombre que ha pasado los últimos veinte años de su vida en el mar, a la deriva.

Orina. Y en la madrugada vuelve a mirarse en el espejo y de pronto tiene ganas de reír y se siente magnánimo porque sabe que sus noches volverán a nacer. Que no más ojos ni espumas, ni llantos, ni crucifijos, ni balas…ni rezos ni armarios…

Ese desquiciado de pelo escaso que lo mira sonriente desde el reflejo ha vencido y él no puede no menos que sonreír.

Sus propias tripas, limpias y azules, lo miran desde el suelo y él no puede no menos que sonreír.

No menos que sonreír.n