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Ese mismo día comenzó a escribir el primer manuscrito de Harry Potter y la Piedra Filosofal, que al momento de mudarse a Manchester tenía ya dimensiones considerables y no sólo tenía información del primer libro, si no de toda la saga. Pero a mitad de la escritura, la madre de Joanne fallece y la lleva a escribir uno de sus capítulos favoritos de toda la saga, El Espejo de Erised (El Espejo de Oesed, en posteriores ediciones de los libros en español). No sólo un capítulo fue la influencia del trágico acontecimiento, si no que a partir de ese momento, Rowling logró imprimirle a su personaje sentimientos más profundos por la muerte de sus padres. En 1994, Rowling regresa de Portugal –donde había estado viviendo- a Edimburgo no sólo con un manuscrito mucho mayor de la historia de Harry Potter, si no con su hija Jessica, producto de un matrimonio con un portugués que no duró. Y en este momento es donde comienza la conocida historia que aparece en cualquier biografía de la escritora: trabajando y cuidando a una niña ella sola, no le quedaba casi tiempo para escribir. Es por eso, que todas las noches, cuando su hija se dormía en su cochecito, ella iba a un café –que en la actualidad ya es visita obligada para cualquier fanático de Harry Potter- y escribía, dándole vida al fenómeno. No hubiese sido factible de enviar a agentes literarios un manuscrito, así que tuvo que mecanografiarlo todo. En sus propias palabras, “llegué a odiar al libro”, aunque sabía que tenía que hacerlo. El primer agente que contactó, ni siquiera le dio una respuesta sobre los tres primeros capítulos que ella le había enviado. Sin embargo, Christopher Little, el siguiente, pidió ver el manuscrito completo y luego representarla. La odisea de lograr que publicasen un libro para niños –ya que en ese momento estaba catalogada para niños entre 9 y 11 años- de más de 200 páginas llegó a su fin cuando Bloomsbury aceptó hacerlo, en agosto de 1996. Once meses después, un primero de julio de 1997, el libro era publicado en Londres.
La editorial pensaba que los niños –o al menos sus padres- no comprarían un libro hecho por una mujer, por lo que decidieron poner simplemente sus iniciales en la portada. No obstante, Joanne Rowling no tenía segundo nombre, por lo que adoptó el nombre de su abuela favorita, Kathleen, convirtiendo su nombre en las portadas a “J. K. Rowling”. De todas formas. en las primeras impresiones del libro, el nombre que aparece es “Joanne Rowling”, lo que hace de estos libros una verdadera joya para coleccionar. Finalmente había llegado el parto de la saga, luego de siete años engendrándose tras bastidores. Diez años después (y veinte días, para ser exactos), la saga estaría completa y “... la Piedra Filosofal” ya habría vendido más de 120 millones de libros alrededor del mundo. En 1998 los derechos del libro serían vendidos a Scholastic para su publicación en América, por U$S 105.000. Para esa época, la cifra rompía cualquier record de compra de los derechos de un libro infantil. Sin embargo, viéndolo desde ahora, no cabe duda que Scholastic hizo el trato de su vida comprando a tan bajo precio la posibilidad de comerciar con este fenómeno en Estados Unidos. Para dejar más claro que los libros se referían a la magia, el título en Estados Unidos se cambió a Harry Potter y la Piedra del Hechicero. Dicho nombre alternativo fue propuesto por Rowling, que viendo visto su sueño de publicar hecho realidad, no quería poner demasiadas trabas frente a las editoriales. Con Harry Potter haciendo magia a los dos lados del charco, sólo restaba continuar con el fenómeno. En 1998 salía Harry Potter y la Cámara de los Secretos en el Reino Unido. Ese mismo año el libro ganaría la medalla de oro en los Nestlé Smarties Book Prize, entre otros. Harry Potter y la Piedra Filosofal ganaría el British Book Award, también, dejando en claro el talento literario de Rowling. Casi un año después, el libro se publicaría en Estados Unidos. La diferencia de fechas de publicaciones entre el Reino Unido y Estados Unidos se mantendría inclusive hasta el tercer libro, Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, que se publicaría con dos meses de diferencia en el verano de 1999. Ese mismo año, Warner Bros. compraría los derechos para llevar a Harry Potter a la pantalla grande por casi dos millones de dólares. La condición de Rowling fue que los actores que participaran en las películas deberían ser de nacionalidad británica, evitando así que los films contuvieran a sus personajes con acento americano. Harry Potter y el Cáliz del Fuego llegaría el 8 de julio del 2000 en Estados Unidos y el Reino Unido, con más de 700 páginas, siendo el más largo hasta el momento –y superando con un gran porcentaje a los anteriores-. Con una tirada inicial de 4 millones de copias en Estados Unidos, Amazon y Barnes & Noble recibieron más de 700.000 pre-órdenes del libro antes de su lanzamiento. La salida del quinto libro Harry Potter y la Orden del Fénix, el más largo de la serie, se retrasó tres años. Hasta el 21 de julio del 2003, los fanáticos de la saga nos tuvimos que conformar con las películas y entrevistas en las que Rowling nos daba pistas de como debía continuar la saga. El libro salió a la venta con una tirada de 8.500.000 copias sólo en Norte América. A esta altura, la Pottermanía era ya un fenómeno mundial y las editoriales debían acaparar dicho éxito. La salida de los libros en su idioma original y la tardanza en las traducciones obligaba a los adolescentes a aprender inglés o a buscar traducciones hechas por fans en Internet. Siendo la traducción al español una de las más lentas (alrededor de ocho meses), el quinto libro fue traducido en menos de un mes por un grupo de seguidores y puesto en Internet totalmente gratis. Los abogados de Rowling no tardaron en contactarlos y pedirles que lo quitaran. Cuando en el 16 de julio del 2005 salió Harry Potter y el Príncipe Mestizo, volvió a romper los récords con una tirada inicial de casi 11 millones de copias y casi un millón de reservas a través de los websites de ventas de libros como Amazon, Waterstone y Barnes & Noble, entre otros. En las primeras 24 horas, en Estados Unidos se vendieron alrededor de 7 millones de copias, mientras que en el Reino Unido se superaron las 2 millones de ventas. Ésta vez también se tradujo el libro en Internet, aunque la velocidad fue superior: una semana. Los abogados de Rowling también actuaron más rápido y directamente dieron el sitio de baja, haciéndole más publicidad de la que tenía y logrando que los que habían tenido una copia de la traducción, la hiciesen pública. El sexto libro había sido publicado y sólo restaba el final. Rowling misma había dicho que el sexto libro y el séptimo bien podrían haber sido uno solo, dejándonos al final del sexto en un precipicio con miles de preguntas y ninguna respuesta. Las ansias eran más grandes de las imaginadas cuando uno terminaba la lectura de la penúltima parte. El 21 de diciembre del 2006, sorpresivamente, el sitio de J.K. Rowling se actualizaba para informar que el título para el séptimo libro sería Harry Potter and the Deathly Hallows. Si era un título demasiado ambiguo para los angloparlantes, mucho más para los hispanoparlantes. El significado del mismo, sin duda, lo conoceríamos cuando lo tuviésemos en nuestras manos. El primero de febrero del 2007, J.K: Rowling, otra vez, a través de su sitio oficial, daba a conocer que el 21 de julio de ese mismo año, a las 00:00 hs, saldría a la venta la parte final. Si bien los fanáticos estábamos contentos por saber finalmente dicha fecha, los sentimientos eran encontrados: sabíamos, también, cuando se acabaría todo, y a partir de ese día, todo sería distinto. Las ganas de leer el libro final eran directamente proporcionales al tiempo que faltaba para dicha fecha. Cada vez que uno se ponía a pensar cuán más cerca estábamos del 21 de julio, uno tenía menos ganas de que llegue el gran día. Los personajes se irían, la historia llegaría a su fin y ya no habría más que esperar. Pero esto no iba a evitar las ventas, claro está, y Amazon y Barnes & Noble solamente consiguieron más de un millón de pre-ventas de la séptima parte del libro. El 20 de julio del 2007, a la noche, millones de personas se reunieron en diferentes librerías de alrededor del mundo para darle la bienvenida al último libro de la saga, Harry Potter and the Deathly Hallows, y así terminar con lo que había empezado en 1990, y de manera literal: el epílogo, el final, las últimas palabras, fueron escritas en dicho año. Si bien luego Rowling publicó otro libro sobre el mundo del niño mago –y es probable que escriba otro en los próximos años-, la saga finalizó ese día. Ya no más teorías, especulaciones, ansiedad, intento de adivinar el significado de las portadas ni ese tipo de cosas que tanto apreciábamos los seguidores de la saga. Luego del séptimo libro, ni siquiera las entrevistas que da la autora tienen la misma emoción de antes.
¿Pero qué fue, o qué es, lo que hizo de los libros de Harry Potter un fenómeno tan grande? La temática es difícil de definir quizás. Puede que la primera palabra sea “magia”, pero Rowling misma definió a “la muerte” como el tema principal. Y si bien la magia es algo presente en cada página de los libros, podríamos verlo simplemente como una herramienta que utilizan los personajes para abordar los problemas a los que se enfrentan. Aunque no es ese el único tema: el amor y la amistad se presentan como el arma que posee uno de los dos grupos y que el otro ignora, siendo esa la clave que permite derrotarlo. Entonces, no es casual que el séptimo libro contenga un prólogo con dos citas: una de ellas sobre la amistad, y la otra -para definir de una vez por todas la temática- sobre la muerte. A partir del cuarto libro, es decir, la segunda mitad de la saga –sólo si dividimos por libro, pues por página recién iríamos por un cuarto de la saga-, la temática toma otro giro y el objetivo principal cambia radicalmente. Harry Potter es huérfano. Lord Voldemort, el mago más temido de su época, elije matar a sus padres, pero al intentar asesinar a Harry Potter, algo extraño sucede. Lord Voldemort desaparece y Harry sigue vivo. A partir de ahí, la historia del mundo mágico cambia. Harry es famoso por sobrevivir a una maldición asesina, y por derrotar al Innombrable. En los primeros tres libros, vemos a Harry Potter junto a sus dos amigos Ron Weasley y Hermione Granger en Hogwarts, la escuela de magia y hechicería. Allí enfrentan desafíos, aventuras y se relacionan con diferentes personajes que los harán sospechar de las relaciones entre las personas. El cuarto libro comienza igual, pero el final es totalmente diferente. La vuelta de un personaje –o la aparición, depende como uno lo quiera ver-, hace que la trama de los próximos tres libros sea la misma. En un solo hilo conductor se basarán las acciones de los personajes. Aunque cada libro cuente con su propia trama, complejidad y eventos; son todos partes de la gran historia que se desencadena en los últimos capítulos de Harry Potter y el Cáliz de Fuego, haciendo que las últimas 2.000 páginas de la saga estén relacionadas y que un detalle en una de ellas cambie todas las siguientes. Y es posible que allí nazca uno de los factores que hacen que Harry Potter tenga un fandom tan grande y variado alrededor del mundo. Que el futuro en los libros dependan tanto de las acciones del pasado, y muchas ellas sean desconocidas, da la posibilidad de la creación de teorías y ensayos. Antes de la salida del quinto libro, los fanáticos escribían teorías acerca de lo que podría pasar en el próximo libro basándose en tres cosas: el título de éste, el cuarto libro y lo que Rowling dejaba entrever en lo que respondía en los medios de comunicación. Con la salida del quinto libro, las teorías para el sexto y séptimo habían crecido de manera inimaginable. Las fuentes habían aumentado demasiado por las nuevas entrevistas que Rowling había brindado; pero el quinto libro eran casi mil páginas de información nueva desde donde uno podía imaginar miles de desenlanes para esos hechos. Y lo mismo surgió con la salida del sexto libro: mucha más información y mucho menos que adivinar. Las teorías eran un caldero en ebullición de tamaños colosales. Algunas de las teorías tenían tanto apoyo a través de los diferentes fansites, que eran reproducidas en todos lados y la mayoría terminaba conociéndolas. Así es como Rowling crea una sección en su sitio web para desmentir aquellas teorías que no llevaban a ningún lado y sólo eran una pérdida de tiempo porque no se podía sacar nada bueno de ello. Un ejemplo es, definitivamente, decir que el personaje del profesor Snape no está relacionado bajo ningún punto de vista con los vampiros. Este tipo de cosas –entre otras-, eran las que aumentaban la ansiedad por los próximos libros de Harry Potter entre la comunidad de fanáticos y lo que realmente transformaba a los libros en una Pottermanía. Cuando Warner Bros. supo ver esto y entendió que le convenía aprovecharlo para facturar, dejó de solicitar que se cierren las webs que tuvieron alguna marca registrada en su dominio y empezó a darle información exclusiva a los fansites inclusive antes que a las grandes agencias de noticias internacionales. Los mismos fans que consumían eran los que generaban el contenido en esos lapsos de meses o años que había que esperar entre libro y libro. Era una bola de nieve que crecía y crecía. Es claro, entonces, que sin Internet no hubiese existido la Pottermanía tal como la conocemos. Pero también es clave el lapso de tiempo que existió entre lanzamiento y lanzamiento. Si hubiese salido un libro por año, la Pottermanía no hubiese tenido el tiempo suficiente para desarrollarse. La ansiedad no hubiese llegado al punto vertiginoso donde la más mínima noticia –algo así como una declaración de cinco palabras de Rowling en la TV británica- era tema de discusión por la próxima semana. Inclusive, en un intento en vano para saciar la sed pottérica, se llegaron a publicar libros con teorías y ensayos y toda clase de textos reflexivos sobre los libros por venir. Pero éstos, de ninguna manera, lograban acallar la ansiedad. Así que los libros fueron ese empuje que necesitábamos los fanáticos para seguir; era el riego que se le suministraba a las raíces para que el árbol siguiera creciendo paulatinamente. ¿Pero de vuelta, de dónde surge tanta ansiedad? Y otra vez, el tema principal es la muerte. La conquista de la muerte, el descubrimiento del camino hacia la inmortalidad. Las diferentes maneras que los personajes –porque como descubrimos en el séptimo libro, no es solo un capricho de Tom Riddle, si no que antes otro mago que nunca se nos hubiese ocurrido también había querido hacerlo- emplean para convertirse en Maestros de la Muerte es uno de los tantos trucos que Rowling utiliza para mantener la trama del libro siempre en picos altos y lograr así que el lector se aferre a la historia. Pero a lo largo de los libros no sólo aprendemos que intentar derrotar a la muerte es en vano, si no que hay una lección que sirve para este mundo también, carente de varitas mágicas y escobas voladoras. En el segundo libro, Albus Dumbledore, el director de Hogwarts, le dice a Harry la famosa frase de “Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran como somos, mucho más que nuestras habilidades”. Y aunque esa frase quizás es olvidada una vez que nos adentramos en la etapa final de la saga, es crucial: es lo que provoca, indirectamente, un giro muy grande en el séptimo libro que puede ser uno de los grandes responsables del final que tenemos.
A continuación voy a hablar del séptimo libro, así que si no lo leíste y planeás hacerlo, no sigas. Desde los primeros capítulos de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte vamos descubriendo junto a Harry sobre el pasado de Dumbledore: que quiso tener a los muggles bajo su control e inclusive fue ambicioso al igual que Voldemort con intentar dominar a la muerte, a través de las Reliquias. Harry Potter empieza a dudar de todo lo que aprendió de su mentor, y cuando descubre la verdad y el poder que podrían darle las Reliquias de la Muerte, duda. Duda, si es más conveniente ir tras ellas y enfrentar a Voldemort, o si seguir el plan que se le encargó y destruir los Horrocruxes. Duda, si ir por el camino más ambicioso, o si confiar ciegamente en alguien que le ocultó cosas. Harry Potter hubiese sido capaz de encontrar todas las Reliquias. Inclusive ya contaba con una y con un poco de lógica hubiese sabido donde estaban las otras. Tenía la habilidad y quizás estaba destinado a ello. Pero Harry Potter eligió elegir. Mientras enterraba a Dobby en un pozo que había cavado sin ninguna clase de magia, decidió que lo mejor era seguir el plan; que aunque el mundo mágico hablase mal sobre la juventud de Dumbledore, él tenía que confiar ciegamente en todo lo que había aprendido estos años. Y ese es, sin dudas, uno de los puntos claves del séptimo libro. Quizás pasa desapercibido por la tranquilidad en la que sucede –Harry mirando el mar a través de un acantilado con el amanecer de fondo-, pero en ese momento, inconscientemente, reaparece la frase de Dumbledore. Harry Potter hubiese tenido la habilidad para convertirse en Maestro de la Muerte (e inclusive lo hace en el capítulo final, pero decide renunciar a dicho título), pero prefirió elegir lo que había que hacer, que era lo correcto, aunque lo más difícil. Y otra vez, sin querer, volvemos a la interconexión de detalles que hay en los diferentes libros. Como esa frase de Dumbledore hace eco en el momento en el que Harry Potter decide ir tras los Horrocruxes; el mismo brillo de triunfo que hay en los ojos de Dumbledore cuando Harry le cuenta que Voldemort regresó destella cuando el Avada Kedavra alcanza a Harry en el Bosque Prohibido pero éste no muere. Y es que, en resumidas cuentas, Harry Potter es eso. Una inmensa historia hecha de detalles que saltan al futuro o vienen del pasado –o son manipulados por el gran Pensadero (¿quién no querría uno?)-, para dejarnos alguna clase de enseñanza de como actuar en la vida y por qué hay que hacer lo correcto, aunque sea lo más difícil.n
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Harry Potter |
| La historia
de J.K. Rowling Patricio Tarantino |
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