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Nº 135 - MARZO 2009

Ellos


Joaquín Ledesma

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staba solo y en ese momento lo comprendí todo. Toda aquella incertidumbre se había esfumado, ahora todo estaba claro. Era la habitual hora de comer, pero esta vez era distinto.

El estremecimiento de la campana que sonaba en ese momento solo la percibí cuando en aquel instante elevé mis ojos hacia ella y contemplé su vaivén, mas su sonido había muerto para mí…

Maldigo profundamente el momento en que aquello apareció ante mí. Por otro lado creo que a fin de cuentas era necesario borrar esa imagen tan superficial y falsa que tenía grabada del lugar donde me encontraba: al parecer estaba ciego mirando ese mundo tan “fantástico”. La confusión se hacía sencilla al tener aquel paraje tan de ensueños frente a mis ojos. Pero nunca la realidad es como en los cuentos (yo no podía admitirlo, mas no debía pensar en aquello). Reconozco mi peligrosa curiosidad, pero conste que nunca traté de averiguar qué hay más allá de la orilla del lago.

Éramos diez viviendo allí (aunque en un principio fuimos veinte. Desconocíamos el paradero de aquellos que no estaban, o quizás evitábamos intrusiones). Como creo haber dicho antes, aquel lugar era engañoso: los árboles, la imponente casa que a la vez de refugio nos vigilaba de manera intimidatoria con su grandiosidad colonial. El dique y el lago y más allá. Todo eso formaba la realidad que me debía figurar, (sin embargo yo era distinto a los demás, siempre existió una rebeldía en mí, pero nunca traté ni quise llevarla a aquel extremo) Es por eso que trataba de no pensar. Como se acostumbraba a decir, se puede vivir sin pensar.

Estaba solo, sentado en el dique mirando la superficie barrosa del lago. Era una tarde calurosa, ni un pájaro volaba por el cielo, y todo parecía estar estático, inconmovible. Al lado de aquel muelle, se encontraba la pequeña cabaña donde convivíamos los diez, que en esos momentos se encontraban lejos, probablemente cerca de la casona, a una gran distancia de donde yo estaba. La cabaña tenía en su techo una campana desde los tiempos coloniales, que se seguía utilizando como aviso a la hora de comer, (ellos querían que aquellas costumbres perduraran). Era un ambiente mágico, y como tal debía tener límites: nos era prohibido atravesar el lago hasta la otra orilla bordeada por matorrales, y más allá.

Pues yo me encontraba fuera de peligro al mantenerme lejos de la aquella orilla. Mi mente estaba en blanco mientras miraba el agua y el sol me atezaba la cara desde lo alto.

Nunca más voy a olvidar el momento en que sucedió. No sé cómo ocurrió aquello, pero en un instante yo me encontré zambullido en el agua, que ciegamente me arrastraba lejos del dique. Desde lejos parecía solo una cabeza que salía a la superficie ya que el agua era muy turbia, llena de barro, y totalmente impenetrable a la vista. Mis pies no podían tocar el fondo, ni siquiera bordearlo, y yo sentía miedo, confusión. Concebía que cuanto más me alejaba del dique más inseguro me sentía, y seguía avanzando sin voluntad, aferrado a mis miedos. Ideaba en mis pensamientos lo que podría ocurrirme si traspasaba los límites, mientras me alejaba cada vez más de la orilla segura. Fue en esos momentos cuando me percaté de mi ceguera, ciego de la verdadera realidad frente a mis ojos: todo aquello era falso, esos inmensos campos donde reinaba la felicidad, donde siempre era verano y donde éramos como niños inocentes resguardos por la inmensa casona, que se erguía a lo lejos. Aquel lugar donde todos los ladrillos parecían conocer cada uno de los pensamientos de quien entraba, y donde, a veces, sordos susurros se ahogaban detrás de uno por los largos y lúgubres pasillos. Sin embargo nos acogíamos con la seguridad de estar resguardados y protegidos.

Repentinamente me hundí en aquella agua pantanosa, y el miedo me volvió a apuñalar, no por el temor a ahogarme, sino por la incertidumbre, y mis ojos se cerraron en inconsciencia, mientras la sangre se helaba dentro de mí. Por primera vez se me presentaron a la mente aquellos que ya no estaban, los otros diez que se habían perdido con el correr del tiempo transcurrido. Todavía inconsciente trataba de librar mi mente de todo aquello que se me presentaba repentinamente. Y las imágenes me atestaban, soñaba cosas terribles que habían sucedido, vejámenes inhumanos. Las fantasías felices que construían sobre el campo se transformaban en fantasías fabricadas en pesadillas. Sueños de torturas infinitas y de agonía sin fin, mientras volvía a ver las facciones de los que ya no estaban.

Súbitamente, de un momento a otro, desperté nuevamente. Pero ya era tarde, la vista, que recobraba de a poco, iba figurándose el lugar y me orientaba, -estaba donde no debía estar-, el agua me había traído entre los matorrales mientras que la cabaña y todo lo demás quedaba del otro lado. Era demasiado premonitorio, pero no quería imaginarlo, o por lo menos no hasta que viera lo que negaba…

Tal vez no hubiera sido tan sorprendente si hubiera estado del otro lado; me habría figurado otra cosa. Pero ahora veía claro. Eran huesos lo que tenía frente a mí, sus huesos. Y cuando los reconocí, ordené mis pesadillas y les puse identidad. No eran reconocibles las facciones del cráneo, pero yo sabía a quiénes pertenecían. Se confundían con los matorrales y el agua. Aquello no me mostraba los restos de alguien, sino que me revelaba lo que sucedía en realidad, le quitaba el disfraz a todo eso que reinaba del otro lado del lago. A través de la expresión de terror que solamente yo podía ver en sus rasgos, veía su agonía, veía entre sombras a los fabricantes de esa agonía. El semblante de ellos, los que realizaban sus actos por debajo de la superficie turbia e impenetrable, me perseguía a mí también por haber descubierto lo que en verdad tejían y llevaban a cabo en aquel lugar tan inocente.

Hasta que llegó el límite, las imágenes reales con el terror que inspiraban y que amenazaba llegaron hasta un punto final. Sentí un ruido sofocado por detrás de mí, el roce en los matorrales. Eran varios. El agua, quieta, imperturbable; los huesos, inertes, a mi lado. Ellos estaban ahí. Mi desesperación se volvió a llenar de perplejidad, ya que, pese haber comprendido todavía percibía la inseguridad. Las sombras que siempre habían estado vigilando, nunca se dejaron descubrir. Solamente vislumbré, lo que ellos hicieron, pero ellos, nunca salieron a la luz. La oscuridad que emanaban, finalmente se cernió sobre mí y todo finalizó con un ahogado susurro entre los matorrales, del otro lado del campo…

Desperté.

Estaba solo y en ese momento lo comprendí todo. Toda aquella incertidumbre se había esfumado, ahora todo estaba claro. Era la habitual hora de comer, pero esta vez era distinto. El estremecimiento de la campana que sonaba en ese momento solo la percibí cuando en aquel instante elevé mis ojos hacia ella y contemplé su vaivén mas su sonido había muerto para mí. Se movía gracias a la cuerda que yo estaba tirando desde abajo. Los demás, allá lejos en el campo, probablemente cerca de la gran casona, estarían dejando sus actividades para acercarse a la cabaña, donde yo hacía repicar el llamador. Sin embargo nunca más volverían a verme, ya que mi cuerpo yacía entre el agua y los matorrales al otro lado del lago, confundiéndose entre los huesos de quienes ya no estábamos.n