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Nº 131 - NOVIEMBRE 2008

Metodología y composición


Joan Cortada Moguer

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sin expreso consentimiento del autor
 

ráctica final propuesta para el tema 3:
Redacción de una entrevista.

-Hola, buenas noches señor Romero.

-Buenas noches.

-Ante todo quiero agradecerle de mi parte y de la revista científica a la que pertenezco que acceda a entrevistarse conmigo.

-Tranquilo, no se moleste, debo disculparme yo por tener que recibirle aquí, en mi trabajo y además trabajando en el turno nocturno, pero solo podía ser así, supongo que comprende porqué.

-Me hago una idea; si le parece vamos a empezar: estaba usted trabajando como guardia de parking diurno cuando le sucedió el accidente, ¿es eso correcto?

-Sí, sí, así es.

-Y fue mientras estaba usted comiendo en un restaurante de comida rápida que fue atacado e infectado por uno de los empleados, ¿no es verdad?

-No, no, ahí usted se equivoca, no sucedió del todo así.

-¿A no? Perdone entonces, ¿podría relatar como fue?

-Era mi turno de descanso y comida, me dirigí al restaurante de comida rápida al que suelo ir, bueno, solía ir, ese de ahí en frente (el entrevistado señala por la ventana de su puesto de control un restaurante de comida rápida que se encuentra a unos diez metros del parking), me pido uno de los menús y al comérmelo me infecto.

-¿Como? Perdone, ¿me esta usted diciendo que se infectó comiendo uno de los menús del restaurante de ahí en frente?

-Sí, sí, como lo oye, ese mismo día no noté nada raro, pero pasados unos dos o tres días empecé a notar los cambios.

-Vaya, me deja usted estupefacto, creía que lo que había pasado es que uno de los dependientes le había mordido en el cuello, como sería normal

-Pues no, ¿es que acaso ve usted alguna marca aquí? (el señor Romero muestra su cuello, que tal como afirma no presenta ninguna marca de mordedura).

-Estoy perdido, no sabía yo que eso pudiera transmitirse en los alimentos, otras infecciones menos importantes si, pero algo de esta magnitud... No me lo esperaba, ¿Y tiene usted alguna teoría sobre como puede haber ocurrido esto?

-Si, tengo una: debe haber algún empleado en ese restaurante que estaba infectado, alguien que tendría que trabajar en un turno nocturno, claro, y ese alguien debió toser, estornudar o escupir en la comida.

-¡Eeeggss!

-Sí, sí, totalmente asqueroso, pues bien el tipo ese, al que pienso encontrar, me transmitiría a mí la infección la mañana siguiente, cuando comí algo con lo que él había tenido contacto.

-Dios mío, sabía rumores de que gente que trabajaba en esos sitios o las mismas empresas no respetaban las medidas sanitarias exigidas por la ley, pero no creía que pudieran causar algo así.

-Pues ya ve usted.

-Vaya vaya... pues bueno, sigamos: ¿cuales fueron los síntomas que usted percibió después de la infección?

-Verá, como le he comentado antes, los síntomas empezaron a los dos o tres días de haber comido en el restaurante en cuestión. Primero fueron poco significativos, como palidez en la piel, algo de intolerancia al Sol, aumentó mi necesidad de bebe,… Pero bueno, tal como están las cosas hoy en día uno no puede perder el día entero yendo al médico, aguantando colas interminables de gente y sin saber si verdaderamente se está enfermo o no, así que no le presté mayor importancia, hasta que los síntomas fueron aumentando de intensidad.

-¿Qué hizo usted entonces? ¿Cuando empezó a preocuparse de verdad?

-Bueno, los problemas reales empezaron cuando un día el perro me mordió y yo le devolví el mordisco.

-Vaya, sí que parece preocupante, sí.

-Pero lo peor llegó un sábado que estábamos yo y el perro solos en casa. Mí mujer había llevado a los niños al parque y se quedó de tertulia con unas amigas, comentándoles lo bonito que nos había quedado el cuarto de baño con las baldosas nuevas que pusimos la pasada semana. Bueno, la cuestión es que me acerco al frigorífico a beber algo y me encuentro con un hígado de cerdo, y no se porqué, pero al encontrarlo ahí, fresco, me pareció de pronto muy apetecible y bueno, como estaba solo me lo llevé a la cocina y probé: primero pequeños mordisquitos, pero como me gustaba acabe mordiendo, rasgando, comiendo a grandes bocados y sorbiendo toda la sangre, no podía parar.

-Por Dios, no sea tan detallista.

-Y bueno, estaba yo muy a lo mío rasgando y comiendo cuando oigo un ruido cerca de la puerta de la cocina y yo claro, sin tener en cuenta cual era mi aspecto en ese momento, (con lo que quedaba del hígado en las manos, toda la cara y la camisa manchada de sangre) me giro en dirección a la puerta y ¿adivina que?

-No, no adivino, ¿qué?

-Pues que a mi mujer se le ocurrió enseñar a las amigas como de bonito había quedado el baño, y para llegar al baño ha de cruzarse la cocina.

-Uff…Que panorama.

-No se lo puede usted imaginar, las amigas de mi mujer chillando, yo intentando dar explicaciones, pero no me salía de la boca nada más que gorgojos ininteligibles y pedazos del hígado, mi mujer histérica creyendo que eso era el perro y que había aprovechado que estábamos solos para vengarme del mordisco…

-Vaya, vaya, pero sigamos, que pasó con los síntomas, ¿empeoraron mucho? ¿A que rapidez?

-Sí que empeoraron sí, primero solo fueron cosas como lo de comerme el hígado crudo, pero conforme pasaba el tiempo todo iba a peor, cada vez toleraba menos el sol y estaba más pálido, hasta que al final no podía casi ni salir a la calle y tuve que pedir que me traspasaran al turno de noche.

-Claro, y ¿cómo lleva los cambios físicos? ¿Lo del los colmillos, el ajo, el agua bendita, los crucifijos…?

-Lo de los colmillos pues si que me los noto un poco más grandes, pero nada del otro mundo, mire (el entrevistado abre la boca y muestra unos incisivos algo más largos de lo común) en lo referente al ajo: no me gustaba antes y no me gusta ahora, y por lo del agua bendita y los crucifijos… pues yo no soy muy de misa, la verdad.

-¿Y lo de la sangre? ¿Como lo hace? ¿De qué se alimenta?

-Pues verá, después de lo del hígado, cuando mi mujer va a la carnicería me compra para toda la semana, pero como dice que solos deben estar sosos me los prepara en bocadillo, mire, aquí lo tengo, ¿quiere verlo?

-No.

-Y bueno, lo de la sangre primero era un problema, pero afortunadamente tengo un amigo que es encargado en un matadero y cada semana me trae a casa garrafas de cinco litros llenas y yo la traigo al trabajo en un termo, aquí esta ¿quiere que se lo enseñe?

-¡Por Dios!, ¡no!

-Como quiera (el señor Romero me dedica una sonrisa de complicidad, donde veo una vez más sus colmillos, a la vez que señala el termo que tiene sobre la mesa, junto a un enigmático bocadillo recubierto de diversas capas de papel de celofán).

-¿Y como lo lleva todo esto su familia?

-Mal, muy mal, mi mujer antes se quejaba de que tenía los pies fríos, pues imagínese ahora que soy un no-muerto y estoy todo yo frío, los niños me traen videos y películas para que me documente, y allí todos los vampiros son altos, delgados, con una fuerte cabellera, atractivos… y míreme a mí, bajo, tripón y casi calvo, dicen que es un rollo tener un padre vampiro así, que no “mola” y que no me pueden enseñar a sus amigos porque se reirán de ellos y de mí.

-Parece que ha afectado bastante negativamente al seno de la familia esto de ser vampiro. Una última pregunta: ¿No ha intentado ponerse en contacto con los responsables del restaurante para poner una reclamación o una denuncia?

-Sí, varias veces, pero en el restaurante cuando les cuento lo que me pasa no me toman en serio, he rellenado multitud de hojas de reclamaciones explicándoles que me he vuelto vampiro por comer en su restaurante, pero se deben reír de ellas porque no recibo respuesta. Las oficinas solo abren de día, y claro, no puedo ir y mi mujer no quiere ir porque dice que la tratarán de loca. Solo me queda llegarme a la policía y poner una denuncia, pero no creo que allí me crean tampoco.

-Le comprendo. Bueno señor Romero, eso es todo, aquí termina la entrevista, le deseo mucha suerte y que se recomponga pronto. Buenas noches y gracias por su tiempo.

-Un placer, buenas noches.

Al estrecharle la mano compruebo que efectivamente está frío y compadezco a su mujer. Me alejo en mi coche del parking, dejando allí al imponente vampiro Romero, al acecho desde su puesto de control, comiendo bocadillos de hígado y bebiendo sangre de un termo.n