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Fue con una de ellas con la que esa relación de moderada distancia cambió radicalmente. Se llamaba Los Langoliers y me impresionó hasta tal punto que todavía hoy figura entre mis cintas preferidas. Recuerdo a la perfección la opresión y soledad que contagiaba aquel aeropuerto vacío, desierto, inerte. El creador de tamaño escenario tenía que ser un genio. Me puse a indagar y no fue difícil descubrir al autor de semejantes atmósferas. Se trataba de un americano, Stephen King, cuyo nombre es uno de esos que te suenan, que estás harto de oír en todos sitios y no terminas de asociarlo con nada ni nadie en concreto. Mas una vez localizado, constatar que varios de mis filmes preferidos estaban basados en sus libros fue casi inmediato. Aquel cerebro prodigioso era el alma mater de obras maestras como Carrie, El Resplandor o La Mitad Oscura. Como lector empedernido, me resultó casi vergonzante comprobar que todavía no había puesto mis ojos sobre ninguna de sus novelas; así que me consagré a ello sin más demora. Salem´s Lot, Christine, Misery y El Umbral de la Noche los devoré sumariamente dando gracias a la providencia por haber hallado a este monstruo del terror (nunca mejor dicho) a tiempo. Cualquiera de sus libros podría dar pie a decenas de artículos. La mente de este prolífico autor es tan creativa y evocadora que convierte en bestseller todo lo que toca, y con merecimiento en la mayoría de los casos. No obstante, me gustaría centrarme en mi intervención en la faceta más humana de su obra, en aquella donde los elementos que engendran aprensión son menos físicos que psicológicos o bien son una mera excusa para realizar un análisis conductual de los personajes. De esa vertiente más cercana, acaso más amable, del escritor estadounidense me quedo sobre todo con dos textos soberbios: The Green Mile (La Milla Verde, El Pasillo de la Muerte) y Thinner (Maleficio). Del primero puede que hable en otra ocasión. Curiosamente, lo considero mejor escrito y mucho más profundo que el segundo, una genialidad por infinidad de razones. Pero un articulista suele guiarse por impulsos, incluso fugaces caprichos; el mío de hoy, lo confieso, es comentar un poco esa estupenda novela llamada Maleficio. Stephen King ha dado a luz mejores obras que Thinner, sin duda; no obstante, la intensidad que mana de ella es realmente digna de mención. Tiene ritmo, empaque y la suficiente credibilidad para mantenerte pegado al sillón sin que sus trescientas y pico páginas sean un obstáculo para seguirlo hasta el final. Un final que, como suele suceder, no es ni bueno ni malo sino justamente el que debe ser. La trama es sencilla. El autor no se anda por las ramas y la presenta sin tapujos en las primeras páginas: un abogado ha atropellado a una anciana gitana mientras su mujer le sometía a unos juegos sexuales ciertamente inconvenientes en ese momento y lugar. Gracias a un juez y a un policía, con motivaciones a caballo entre la amistad y la xenofobia, el protagonista logra librarse de los cargos y puede continuar su vida como si nada hubiera pasado. Pero sí que ha pasado algo, y el padre centenario de la gitana no va a dejar que lo olvide. Así que le toca la mejilla y, susurrándole al oído la palabra thinner (más delgado), lo maldice. A partir de ahí comienza una carrera contrarreloj en la que el otrora obeso abogado, que comienza a perder peso a toda velocidad, intenta salvar la vida y la cordura a cualquier precio. En su camino encontrará vengativos gitanos ambulantes, médicos que quieren hacerle pruebas cual rata de laboratorio, otros que quieren internarle en un manicomio y, como personaje antológico, un fullero llamado Ginelli armado hasta los dientes, que se presentará como el único amigo genuino con que contará el protagonista. La mesa está servida, amigos lectores; os aseguro que las viandas serán de vuestro agrado, especialmente el postre. ¿Os apetece un pedacito de pastel gitano?.n |
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Stephen King y su Maleficio |
| La faceta
más humana de King Stikud |
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Pese a ser un género afín al que me apasiona (fantasía, ciencia-ficción), apenas había consumido literatura de terror; mi experiencia se reducía a las típicas películas de miedo. |
