Nº 124 - ABRIL 2008

Algunos eran muy buenos. Y algunos parecían tocar la grandeza. ¿Pero “bien”? Esa es otra historia.

Llegué a leerlos –ahora desbordan varias cajas de cartón conocidas como “El alijo”– de diferentes formas. Unos pocos fueron recomendados por escritores y amigos míos. Unos pocos me los descargué de Internet. Heidi Pitlor, la editora de la serie, me envió varias tandas de forma regular. Pero nunca he estado contento de permanecer en la reserva, y por eso también leí muchas historias en revistas que me compré yo mismo, en librerías y kioscos en Florida y Maine, los dos lugares donde paso la mayor parte del año. Quiero comenzar contándoos algo sobre una típica expedición-de-caza-de-relatos en mi macro-librería favorita de Sarasota. Tened paciencia; hay una razón para esto.

Entro porque están a punto de salir publicados nuevos números de Tin House y Zoetrope: All Story. Habría seguro un nuevo número de The New Yorker y quizás Glimmer Train y Harper’s. No había necesidad de comprobar si estaba The Atlantic Monthly; sus editores ahora han decidido publicar su propia selección de ficción una vez al año en un número especial y criticar todo lo demás el resto del tiempo. Chistes acerca de eunucos en un burdel vienen a mi mente, pero los omitiré.

Así que entro en la librería, ¿y qué es lo primero que veo? Una mesa llena con los bests sellers de ficción en tapa dura a precios que iban del 20% al 40% de descuento. James Patterson estaba, también Danielle Steel, y también vuestro fiel corresponsal. Mucho de este material es desechable, pero está justo delante, donde te golpea en la vista tan pronto como entras, ¿y por qué? Porque estos son las máquinas de hacer dinero y los que pagan el alquiler; estos son los ponis glamorosos.

Pasé de largo de los best sellers, pasé de los libros en rústica comerciales con títulos como ¿Quién Ha Robado Mi Pollo?, El Secreto Para Hacerse Rico y Sé Un Gran Queso Ahora, pasé los de misterio, pasé los manuales de “hágalo usted mismo”, pasé los libros de saldo (parecían tristes y desechados con sus etiquetas rojas de descuento). Llegué al Muro de las Revistas, que está al lado de la puerta a la sección infantil, donde la ficción está en su mejor momento. Fijé la mirada en el estante de las revistas, y las revistas me devolvieron la mirada ansiosamente. Famosos vestidos de gala y smokings, modelos en tejanos de talle bajo, lujosos equipos stereo, presentadores de talk-show que no pueden saltarse sus planes de dieta – todos gritan “¡Cómprame, cómprame! ¡Llévame a casa y cambiaré tu vida!”.

Puedo coger The New Yorker y Harper’s mientras estoy todavía de pie, sin ponerme de rodillas, como un portero de escuela que intenta raspar una bolita particularmente rebelde de chicle del suelo del gimnasio. Para descansar, tengo que adoptar exactamente esa posición. Espero que la joven que está mirando Modern Bride no piense que estoy intentando mirar bajo su falda. Espero que el joven que está intentando decidir entre Starlog y Fangoria no me pise. Gateo a lo largo de la estantería más baja, donde la pulcritud pocas veces sugiere ir. Y aquí encuentro un nuevo tesoro: no solamente Zoetrope y Tin House, sino también Five Points y The Kenyon Review. No está Glimmer Train, pero está American Short Fiction, The Iowa Review, incluso un Alaska Quarterly Review. Me tambaleo hasta ponerme en pie y cojeo hasta la caja. El coste total de mis seis revistas asciende a 80$. No hay descuentos en esta sección.

Así que pensad en mí gateando por el suelo de esta gran macro-tienda y preguntaos a vosotros mismos: ¿qué está mal en esta imagen?.

Podríamos discutir todo el día acerca de las razones de la emigración de la ficción de las estanterías a la altura de los ojos – la gente las tiene. Podríamos maravillarnos acerca del hecho de que Britney Spears está en todos los mostradores, mientras un talento americano como William Gay o Randy DeVita o Eileen Pollack o Aryn Kyle (todos ellos estuvieron entre mis elegidos) trabajan en una relativa oscuridad. Podríamos, pero no lo haremos. Casi no viene al caso, y además – duele.

En su lugar, consideremos qué hace la estantería de abajo a los escritores que todavía se preocupan, a veces con pasión, del relato. ¿Qué ocurre cuando él o ella se dan cuenta de que su audiencia está disminuyendo casi a diario? Bien, si el escritor vale, él o ella continúan sin embargo, porque es lo que Dios o la genética (posiblemente son lo mismo) ha decretado, o por pura tenacidad, o puede que porque es un tipo de placer contar cuentos. Posiblemente una combinación. Y todo eso es bueno.

Lo que no es tan bueno es que los escritores escriben para cualquier audiencia que quede. En demasiados casos, esa audiencia parece consistir en otros escritores y aspirantes a escritores que están leyendo las variadas revistas literarias (y el The New Yorker, por supuesto, el santo grial del joven escritor de ficción) no para ser entretenido sino para tener una idea de lo que vende. Y este tipo de lectura no es lectura real, del tipo en el que no puedes esperar a lo que sucederá a continuación (pensad en Youth de Joseph Conrad, o Big Blonde, de Dorothy Parker). Es más como una lectura-roba-sentimientos. Hay algo asqueroso en ello.

El año pasado, leí decenas de historias que se notaban… no tanto como muertas en la página, no iré tan lejos, pero sofocantes, de algún modo, y autorreferencial. Estas historias se veían un muestrario más que entretenimiento, engreídas más que interesantes, cautelosas y conscientes más que gloriosamente abiertas, y lo peor de todo, escritas por editores y profesores más que por lectores. La razón principal para esto, creo, es esa estantería de abajo. Es difícil para los escritores escribir (y para los editores editar) cuando se encuentran ante una audiencia menguante. Hubo una época, en los días del viejo Saturday Evening Post, en que la ficción corta era algo que llenaba estadios; ahora difícilmente podría llenar una cafetería y a menudo se efectúa en la compañía nada más que de una guitarra acústica y una armónica. Si las historias se notan sofocantes, ¿por qué no? Cuando la circulación falla, el aire en la habitación se vuelve rancio.

Y aún así, leí un montón de grandes historias este año. No hay una sola en este libro que no me encante, que no me haga querer alardear, “¡Oh, tienes que leer esto!”. Pienso en esas historias disparatadas como la de Karen Russell St. Lucy’s Home for Girls Raised by Wolves, la de Hohn Barth Toga Party y Wake de Beverly Jensen, ahora muerta, y pienso –maravillado, en realidad- ¡ellos me pagaron para leer esto! ¿¿Estás tomándome el pelo???

El talento no puede evitarse; ruge con el buen tiempo o con el tiempo de perros, no perdona los fuegos artificiales. Se vuelve emocional. Se pavonea de su material. Si estas historias tienen algo en común, es ese sentimiento de implicación emocional, de sorpresa irracional. Busco historias que atiendan a mis sentimientos tanto como a mi intelecto, y cuando encuentro una que es tan emocionalmente violenta – como Sans Farine, de Jim Shepard – cojo a esa pequeña y la abrazo fuerte. ¿Quiero algo que apele a mi olfato crítico? Puede que después (y, lo admito, puede que nunca). Lo que quiero es empezar con algo que venga a mí a toda velocidad, como un enorme y caliente meteoro que baja gritando del cielo de Kansas. Quiero el placer ancestral que nos devuelve a las cavernas: ser sacado limpiamente de mí mismo por un rato, tan violentamente como un piloto que pulsa el botón de eyección de su F-111. Ciertamente no quiero algo de escritura cobarde, imitación escolar de Faulkner, o alguna corriente-de-conciencia acerca de lo que Bob Dylan una vez llamó “el significado verdadero de una pera”.

Así que - ¿el relato americano está vivo? Comprobémoslo. ¿El relato americano está bien? Lo siento, no, no puedo decir eso. La situación actual es estable, pero a punto para deteriorarse en los años venideros. ¿Medidas a tomar? Os sugeriría que empezarais leyendo la edición de este año de Los Mejores Relatos Americanos. Muestran cómo de vitales pueden ser los relatos cuando están hechos con el corazón, la mente y el alma por gente a la que le preocupan y piensan que todavía importan. Todavía importan, y aquí están, liberados del estante de abajo.n

Qué enferma al relato

La introducción que King escribió para la
antología Best American Short Stories 2007

Stephen King
Publicado originalmente en The New York Times
Traducción de Soniarod

 

l relato americano está vivo y bien.

¿Os gusta cómo suena eso? A mí también. Sólo me gustaría que fuese cierto. La forma de arte está todavía viva – eso puedo atestiguarlo. Como editor de “Los mejores relatos americanos 2007”, leí cientos de ellos, y muchos eran buenas historias.