Nº 124 - ABRIL 2008

El perro


Joaquín Ledesma

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ué me hicieron? Fue la pregunta que me planteé por las horas que pasé aquí en este infierno oscuro. El tiempo se convirtió en el mayor enemigo luego de la desgracia. ¡Oh! Y que desgracia. Fueron intensos minutos de extrema violencia inhumana y macabra avidez. ¡Dios mío!, y lo qué todavía me esperaba.

Mi espíritu ya no está presente ni hay algún Dios que pueda socorrerme, ahora soy un muerto vivo, esperando que Eso me haga dormir eternamente.

Todo está oscuro. No tengo idea cuando irá a aparecer ni por donde. Solo se que vendrá con la rabia y la furia de aquello que domina el fuego eterno.

Mi mente solo recuerda lo que me sucedió hace algunas horas, y nada más. Pero aquello que sucedió fue la mitad del castigo, una prueba de sentidos, ya que todo estaba oscuro como un frío sarcófago. La penumbra ocultó toda aquella tortura: el dolor fue indescriptible, algo que todavía puedo recordar. Sentí que todo aquello que formaba el cuerpo humano, ¡mi cuerpo!, era arrebatado violentamente. Y yo solo lo escuchaba. Mi carne fue desgarrada con ira, y mis huesos fueron destrozados tan fácilmente cual una hoja de papel. El sufrimiento y la crudeza eran constantes. El indefinible dolor fue mayor que toda tortura existente. No puedo llegar a creer que ese acto haya sido realizado por humanos. Lo peor, el final de aquel suplicio, un miedo me invadió: la oscuridad, que hablaba por si sola, ya que nunca pude ver lo que quedó de mi cuerpo...

El tormento fue preparado para lo que iba a seguir. Eso que iba a llegar y tomar lo que queda de mí. Eso era “El Perro”. Ese animal mal llamado el mejor amigo del hombre, iba a despedazarme. Es imposible imaginar la desesperación que sufro y la que luego sufriría. Inexpresable. Ya que El Perro, está desquiciado y hambriento, listo para terminar conmigo.

Yo sabía que la hora se acercaba.

Mi respiración era tan honda que podía escucharla, también por causa de la soledad, no solo física sino también moral, y por tanto ya no podía creer que era un ser humano.

Hace frío, pero es extraño ya que, la frialdad solo la siento en mi mente, no en mis entrañas desnudas... De pronto el fresco se paraliza, ¿por qué?, porque estoy escuchando algo, oigo unas pisadas sobre la tierra. Entonces me acuerdo de que todavía no estoy muerto, y de que mi sufrimiento aun no termina. Percibo su respiración silbante y su gruñido mientras da profundos respiros para olfatearme y empezar de vuelta. Siento que el momento ha llegado.

Qué raro es, sí, todo está oscuro y es imposible ver algo. Pero siento al Perro al lado mío, incluso lo percibo pegado a mí.

Un escalofrío sube por mi cuello dislocado. Sé que en cualquier momento va a morder y la tortura se volverá mayor...

De repente, una luz que cubre el lúgubre paisaje se prende. Y pude volver a ver, pero mi mirada se mantuvo al frente contemplando el abstracto horizonte por temor de ver a El Perro. Tengo miedo, mucho miedo de encontrarme con la salvaje criatura que en cualquier momento hará un revoltijo sin vida de mi desfigurada imagen.

Percibo el viento en mi cara, algo que me da valor, coraje humano y dominio sobre aquel animal, porque al sentir ese Céfiro, puedo volver a comprobar que mi vida todavía está presente. Pero se que yo estoy loco, mi mente ya no funciona luego de los golpes y, quién sabe que más, me hayan propinado.

Di vuelta con un crujido mi cabeza, y miré alrededor. Nada, nada fue lo que vi. Pero sigo sintiendo la silbante respiración y el gruñido de El Perro. Hasta que, haciendo un esfuerzo para poder penetrar con mi vista en la extensión, distingo aquel cuerpo desfigurado. ¡Oh, por Dios! Está respirando, ¡aquella masa uniforme y sanguinolenta está viva!. Pero en vez alimentar el horror mirando aquella imagen asquerosamente deformada concibo el impulso y con un gruñido me abalanzo sobre la persona.n