Nº 123 - MARZO 2008

Víctima de un sueño eterno


Jorge Luis Castaños

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a ni dormir quería, estaba agotada, tenía apenas veinticuatro años y se sentía de setenta, lo que fue un fornido cuerpo ya ha pasado a ser un débil y flacucho puñado de descifrables huesos. Perdió el empleo, el marido, su familia; uno a uno se marchaba y la dejaban sola, hundida en sus “fantasías” como ellos lo describían… Todo pasó exageradamente rápido, fue como morir y volver a la vida en un solo pestañar de ojos, ayer estaban y hoy no… Un misterio indescifrable…

Se llamaba, mejor dicho... se llama Miranda.

Y ahí estaba, hundida en penumbras, en la amplia pero sobrecargada habitación: poseía una gran cama, un clóset que por fuera estaba repleto de posters y fotografías de su familia, ex-esposo, amigos, viajes y uno que otros grupos musicales y solistas, por dentro estaba lleno de vestidos modernos y ropa casual, tenía una mesa grande con un espejo y en las paredes habían bien ubicados cuadros del extranjero.

Total, era al pie de la cama que estaba tendida Miranda, con la espalda apoyada en la mesita de noche, con la lámpara a medio encender, llorando de desesperación y angustia. Ahora era en aquel hombre que pensaba, no en la niña asesinada, ni en la calle a oscuras en la que siempre estaba, sino en aquel hombre.

-¿Quién es? ¿Quién puede ser? ¿Acaso lo he visto antes? -se preguntaba Miranda entre llantos y sollozos entrecortados, con la respiración forzada y aún al lado de su cama.

Se levantó -al menos eso intentó- estaba temblando de pies a cabeza. Cuando al fin logró mantenerse en pie quedó parada frente al espejo y se vio toda empapada en sudor, un frío sudor, su rostro ya no era el mismo: estaba delgada, a buena distancia se podían describir sus pómulos, había perdido todo color natural, el cabello maltratado y su cuerpo hedía… a cierto punto, daba asco. Parecía un zombi sacado de una de las mejores películas con los mejores efectos cinematográficos.

Pero todo era real. Todo incluyendo su eterno sueño, el sueño que se repetía cada vez que dormía y en éste se agregaba un capítulo nuevo, el sueño que la consumía más y más y sin compasión cada noche.

Todo, absolutamente todo era real, esa imagen que -apoyada en la mesa- veía en el espejo. Aún lloraba, un poco más controlada, pero seguía llorando. Se dirigió al baño, cuando pasó de la puerta se miró nuevamente en el espejo del botiquín pero esta vez solo de reojo. Sentía náusea, se sentó en el escusado y hundió su cabeza entre sus piernas. Así se fue perdiendo del mundo, la imaginación empezaba a volar, los ojos se desorbitaban, se sentía mejor, más relajada… Estaba dormida.

***

Parada, paralela al cuerpo tendido de una niña que siempre estuvo muerta en sus sueños, pero que nunca supo la razón. Era de noche y estaba en frente de una larga avenida, había un par de postes de luz encendidos y unos que otros apagados, o pestañaban dudando en iluminar el camino o no. Siempre era así…

Miranda no sabía que hacer, pero siempre terminaba haciendo lo mismo, como impulsada por algo sobrenatural en contra de su propia voluntad, se agachó y le tomó el pulso a la niña, si… estaba muerta.

Miranda estaba furiosa, se sentía consciente de lo que vivía en el sueño, pero no podía cambiar nada.

-Siempre la misma mierda -pensaba Miranda en sus adentros.

Caminó unos vagos pasos hacia delante y vio sombras que se movían rápidamente por doquier; esto le asustaba al principio, pero ya estaba tan acostumbrada.

Luego de unos monótonos incidentes: carros fantasmas, personas saludándola, toda clase de bichos, varios cadáveres (todos de niños), peleas de gatos, disparos distantes, entre otras cosas insignificantes para ella a este punto, llegó al lugar que nunca pasaba, cada incidente mencionado le era vivido en cada uno de sus sueños uno a uno, paso por paso, etapa por etapa, tenía ya ocho semanas en éste afán.

Frente a ella, un edificio de tres plantas, un sanatorio a primera vista, la puerta cerrada bajo llave. Parecía abandonado, en desuso, fuerte candidato a la demolición.

Miranda duró aproximadamente seis días llegando a la puerta, y cuando ésta se abría, despertaba bruscamente. La última vez no fue así… La puerta abrió dando paso a un refulgente brillo de luz plateada que la cegó por unos instantes, al cesar vio parado a un hombre de blanco, ya entrado en edad, con la cabeza tan blanca como la nieve y los ojos negros como el azabache.
Miranda despertó la última vez justamente cuando éste iba a pronunciar palabras.

Esta vez no fue así…

-Estás mal, debes ir a un psicólogo -le dijo el señor a Miranda

-¿Dónde, aquí, o sea en el sueño o en mi mundo? -respondió ella después de vacilar unos instantes (era la primera vez que hablaba con alguien en sus sueños).

El viejo soltó una estruendosa carcajada.

-¿Tu mundo dices? Mírate, ¿Acaso no te has visto en el espejo? ¡Das asco! ¿Cómo puedes llamar eso tu mundo? Oh no, querida, tú no perteneces a ese mundo.

-¿Y dime quien eres para restregarme en la cara que no pertenezco a ese mundo?- respondió Miranda con otra pregunta.

-Soy más de lo que crees, y no sólo aquí sino allá, si entiendes lo que digo.

-Ya que has llegado tan lejos -prosiguió el viejo-. Deberías al menos hacerme caso, ¿o es qué te gusta el jueguito de la novela vivida en sueños, eh?

-Entonces… -empezó a decir Miranda- ¿dices qué debo visitar a un psicólogo en mi mundo, perdón, en aquel mundo y así podré acabar con esta pesadilla de una vez por todas?

-No sabes cuantas cosas podrás acabar con una sola visita querida -respondió él.

-Bueno, por lo menos ubícame, ¿no crees? -le dijo Miranda.

-Toma esta tarjeta, esta será tu guía, es una vieja compañía de taxi. Sólo arréglate, llámalos y pídeles que te dirijan al Dr. Carlos Corona.

Al ver la cara incrédula de Miranda al tomar la tarjeta, el señor agregó:

-No te preocupes, ellos sabrán.

Dicho esto el señor desapareció como por arte de magia…

Esa persona había despertado…

***

Al poco rato Miranda despertó dentro de la ducha. No supo ni como ni cuando, pero ahí estaba. Lo primero que pensó fue en ir a visitar al afamado Carlos Corona.

Con solo pensar en que iba a salir de su trance emocional debido a los sueños se sintió reconfortada, se sentía energética, le dio hambre; pero lo primero que hizo fue abrir la ducha y quedarse recostada por unos cuartos de hora.

El baño le cayó de maravillas, de verdad se sentía bien. Caminaba sin problemas, ya podía dominar el sueño -el cual no apareció-. En fin, era otra, la Miranda de antes, al menos eso creía.

No había recordado lo de la tarjeta, y cuando lo hizo, consideró imposible encontrarla en el mundo real.

Se vistió de lo más fácil, cuando fue al baño a maquillarse y a arreglarse el cabello no creyó lo que sus ojos veían: la tarjeta estaba en la ducha. Lo pensó unos instantes antes de tomarla y, al hacerlo, se dirigió fugazmente al teléfono y marcó, la llamada no salió, debía de estar cortada la línea. Así que bajó de su apartamento y se acercó a la cabina telefónica más cercana (había olvidado la tarjeta en casa). Tomó el auricular y por ello se dio cuenta de que en verdad estaba bien, pues recordó los diez dígitos del número telefónico del taxi. Marcó y pidió un auto a su dirección correspondiente (se acordaba de su dirección, otro síntoma de que estaba bien, o mejor).

Quince minutos más tarde Miranda se encontraba a bordo de un confortable auto, con música ambiental y aire acondicionado. Le preguntó al chofer por Carlos Corona, y, efectivamente sí supo de inmediato, solo dijo que tomaría media hora en llegar. La mujer acordó con el taxista en pagarle una cantidad más alta si solo esperaba dos semanas, pues no tenía dinero en ese instante. El chofer por lo contrario sólo volteo la vista hacia ella y le sonrió de una manera que ella consideró “sospechosa”.

Al rato el taxista se dirigió hacia ella:

-Si todavía piensas en el dinero, no te preocupes pequeña, que no habrá tiempo para eso.

Miranda lo miró extrañada, pudo notar en él un brillo diferente a lo normal a través del retrovisor.

-Además… -añadió el taxista-, eres una clienta especial y no vale la pena aceptarle dinero en su primer viaje con nosotros.

Nuevamente el taxista volvía a sonreír, siendo esta vez un poco más prolongada y menos disimulada. Miranda no dejó de observarlo por varios segundos más.

Al llegar allí Miranda se desmontó sin dar las gracias siquiera. El auto se alejó y en cuestiones de segundos había desaparecido. Miranda sabía que había algo raro en todo esto: una tarjeta que viaja a través de los sueños, un taxista que no le cobra nada en 50 minutos de travesía, el lugar en el que estaba parada y el edificio que tenía en frente... Sin pensarlo dos veces más entró.

***

Luego de preguntar la ubicación de un tal Carlos Corona, Miranda esperó su turno en la sala de espera, ella era la siguiente…

Todos en ese lugar la miraban extraño, como si estuviese muerta en el mundo de los vivos ¿O acaso era todo lo contrario?

¿Porqué no le pregunté nada al taxista acerca de la tarjeta y su compañía?, pensaba Miranda mientras esperaba su turno.

Un cuarto de hora más tarde Miranda entraba al consultorio del Doctor.

La puerta se cerró detrás de ella.

Al frente veía una mesa y una silla detrás dándole la espalda.

-Estoy cien por ciento seguro de que le sorprenderá verme -empezó a decir el doctor con una voz notablemente fingida.

-Tome asiento, por favor -prosiguió él.

Hecho lo ordenado el doctor volteó la silla.

Miranda dio un grito que probablemente llegara al cielo, era el mismo doctor del sueño.

Ella después abrió la boca pero no articulaba ningún sonido, él la contemplaba con una dibujada sonrisa en los labios.

-Te mandé para acá porque es más fácil responder a todas tus preguntas -le dijo él.

-¿Qué preguntas? -preguntó ella con voz temblorosa.

El doctor sonrió nuevamente.

-Todas las relativas a tu sueño eterno- contestó-. Mira… -prosiguió el doctor-, no tengo más pacientes después de ti, y créeme que esta es la última vez que nos veremos. Si deseas esperaré todo el tiempo necesario para que pienses y formules tus preguntas y luego te dirijas hacia mí.

Miranda tenía la vista perdida, pero aún estaba en razón. Pasados diez minutos aproximadamente, Miranda habló:

-¿Porqué usted y yo compartimos ese mundo, ese sueño? -preguntó ella.

-Pues tú y yo somos especiales al igual que otro puñado de gente: dormimos y ¡PAM!, aparecemos en ese monótono infierno… ¿Por qué crees que te fue difícil verme por primera vez? Casualmente cuando tú llegabas yo no estaba durmiendo hasta aquel entonces. Siguiente pregunta.

-¿Por qué dice que somos “especiales”?

-Eso es algo que nunca sabremos -mintió él.

-¡La Niña! ¿Quién era esa niña, la que siempre veía justamente al inicio de cada sueño?

-¡Vaya! Tus preguntas sí que son difíciles, eso es algo de que no tenía conocimiento -volvió a mentir el doctor.

-Y todos esos sucesos: los carros, las personas, los gatos... ¿a que se deben?

-Bueno, eso son cosas que pasas en la vida por alto, que pasan desapercibidas, cosas que deberías prestarles más atención, aunque solo tú debes saber que hacer en cada situación.

El doctor no estaba muy conforme con su respuesta.

-¿Y los cadáveres de los niños?

-Al igual que lo de la chica, no sé que decirle.

Pero él sí sabía.

-¿Qué me puede decir del lugar en el que se encontraba, el sanatorio…? -preguntó Miranda.

-Gran lugar ese, ¿no? Bueno, ese lugar es donde moran las personas como nosotros. Son extraños los casos como los tuyos que empiezan fuera y en verdad no sé a que se debe, aunque debo decir que no has sido la única en empezar fuera del sanatorio -respondió él.

- ¿Y la gran luz plateada?

-Ah, eso se debe por la concentración de almas que hay ahí dentro.

-¿Volveré otra vez?

-Eso es parte de nuestra realidad, solo serás feliz allí, cuando te desligues de todo lo que te ofrece este mundo... ¿Crees En Dios?

-Si, creo—respondió rápidamente Miranda.

Carlos se levantó de su silla y llevó a Miranda a una sala contigua donde había cuatro camas paralelas de una sola persona cada una y, con ayuda de un par de pastillas, mandó a Miranda a relajarse y a descansar.

Dejada allí, Carlos fue hacia su oficina nuevamente, se paró frente a una ventana que daba a la calle ubicada en uno de los laterales del consultorio y miró al cielo ensimismando, luego se dijo a sí mismo:

-Ay Miranda, si supieras que los niños no pueden entrar al sanatorio, al menos que su muerte sea explicada, y, lógicamente, los niños no empiezan dentro del sanatorio —dos lágrimas bajaban por las mejillas de Carlos-. Ay Miranda, si supieras que la niña muerta que ves eres tú… Y si supieras que nada de lo que has visto en esta última hora y media existe en el mundo de los vivos, en tú mundo como lo llamas… Nada querida, nada es real. La compañía de taxi se incendió hace mucho y esto lo demolieron ese mismo año. ¿Cómo te explicaré todo eso? ¿En verdad tengo que hacerlo para desligarme de este mundo al igual que tú? ¿Este es el precio que debo pagar por mis pecados? ¿Cómo explicarle todo esto a una persona con la cual me estaba encariñando? Me acuerdas a la hija que nunca tuve… ¿Es esto lo que Dios quiere que haga?

El doctor seguía ensimismado.

Dio un respingo al oír el teléfono sonar, pero no lo tomó. En cambio, lo desconectó y le puso la seguridad a la puerta para que nadie entrase.

Se sentó en la silla y calculó el tiempo que le tomaba a Miranda en llegar al sanatorio en su sueño.

Volvió a la sala donde estaba Miranda, se acercó y la contempló.

-Debiste de ser más bella de ahí Miranda, ¿verdad? -se dijo a si mismo, pues ella no lo oía conscientemente.

Miranda se movió un poco, el doctor dejó de hablar y sigilosamente se acostó en la cama al lado de ella. La siguió contemplando, sacó de sus bolsillos el frasco de pastillas somníferas, las tomó y volvió a mirar a Miranda diciendo:

-Ahora es tiempo de enseñarte como moriste, recuerda que la muerte no es el fin… Es solo una transición.

La puerta abrió dando paso a un refulgente brillo de luz plateada que la cegó por unos instantes...n