Nº 102 - JUNIO 2006

Fue ya en el colegio, por razones que desconocemos, cuando Arthur adopta el nombre de soltera de su madre, pasando a ser conocido como Arthur Machen.

El Autor

Machen, desde una muy temprana edad, se siente atraído por toda la tradición celta que acompaña a las tierras de Gales. Le fascina la historia de su pueblo, con la cultura y la lengua celta dominando aquellas tierras pese a las conquistas de los romanos en el siglo I y por los normandos después. Conquistas éstas que no consiguen acabar con las tradiciones y mitos de un pueblo, el celta, mucho más antiguo y místico. Entre los detalles que más fascinaron sus fantasías de la niñez se encontraban las ruinas romanas de Isca Silorum, muy próximas a Caerleon-on-Usk, descubiertas precisamente en aquella época. Esta influencia se hará notar en toda su obra a lo largo de su vida como escritor. Las huellas de los emplazamientos y construcciones romanas eran muy comunes en sus lugares de juego; sin ir más lejos en el cementerio adyacente a la rectoría de su padre, su propio abuelo encontró años atrás numerosas inscripciones y esculturas romanas. Esta influencia pronto captura su imaginación, siendo para muchos entendidos sus mejores obras aquellas donde más diáfana resulta esta fascinación por lo antiguo y por las raíces de su tierra.

Arthur fue un niño solitario, como hemos dicho amante de las leyendas locales y de las huellas romanas que jalonaban el terreno, pero también de las suaves laderas del cercano Soar Brook, de las más tenebrosas Black Mountains al norte del condado, del frondoso bosque de Wentwood o del remoto valle de Severn. La naturaleza se extendía ante él como un mundo inhóspito que descubrir, hecho este que también influenció su rica prosa a lo largo de los años, pese a regresar muy raramente a aquellos parajes de su infancia.

Arthur Machen realizó sus estudios primarios en el Hereford Cathedral School a partir de los once años de edad, recibiendo allí la educación propia de un niño de clase media. Era un niño capaz, aunque nunca brillante, más interesado en sus propias inquietudes históricas y literarias que en lo que le enseñaban. Debido en parte a estas circunstancias, fracasó a los diecisiete años en el examen de admisión para el Royal College of Surgeons, lo que indudablemente cambió su vida. Ante la imposibilidad de darle una educación universitaria, su padre le insta a marcharse a Londres para allí intentar ganarse la vida de un modo digno, fomentando sus deseos de comenzar una carrera periodística. Antes de partir hacia la City, Arthur consiguió publicar entre 1880 y 1881 una edición privada y anónima de su primera obra, un poema de corte clásico titulado Eleusinia, del que sacó al mercado una edición limitada de tan sólo cien ejemplares. Años más tarde trataría por todos los medios destruir todas las copias, quizás azorado por la calidad y los defectos de su poesía, pero nunca consiguió su propósito, pues dos ejemplares del panfleto original escaparon a sus esfuerzos. Desgraciadamente no existe constancia de que estas copias hayan llegado hasta nuestros días.

En la capital, las esperanzas y deseos de un jovencísimo Arthur pasaban por convertirse en periodista (carrera a la que aspiraba al llegar, pero que terminaría odiando por sus implicaciones materialistas), y lanzarse así a una carrera que le reportase estabilidad y reconocimiento, pero sus deseos se topan bruscamente con la realidad, viéndose obligado a trabajar como empleado de una imprenta, y ocasionalmente como tutor de los hijos de alguna familia acomodada, para así huir del hambre y de la amenaza no tan irreal de la mendicidad. En esta época Londres es la capital del mundo, con una extensión tan vasta que apabulla al joven Machen, quien vive una existencia solitaria y recluida en los barrios periféricos de tan enorme urbe. Más que esforzarse por lograr su objetivo, que no era otro que convertirse en escritor, el joven Machen dedica sus días a leer todo lo que cae en sus manos y a vagabundear por Londres, buscando lugares tan ominosos como atractivos con que sustituir los parajes de su niñez.

Es en 1884 cuando publica su primer libro, The Anatomy of Tobacco, una obra alejada de la temática fantástica

En aquella época de su juventud podría hablarse de un hombre tan solitario e introvertido como apasionado, características que el tiempo y los acontecimientos irían moldeando hasta convertirle en extrovertido y sosegado en el disfrute de la vida. Cuando contaba con veinticuatro años, en 1887, sus padres mueren en su pueblo natal, dejándole una considerable suma de dinero a modo de herencia, posibilitándole un tranquilo retiro a una casa de campo en Chilterns. Esto indudablemente provoca un cambio considerable en su vida, pasando a tener la libertad económica suficiente para hacer lo que bien le pareciera. En la década siguiente a este acontecimiento, tiempo que abarca de 1889 a 1899, esta estabilidad económica y un giro en sus propios gustos literarios facilita la creación de numerosas obras de gran calidad y bien conocidas hoy en día; como pueden ser quizás su obra más conocida, The Great God Pan, una obra llena de sexualidad, paganismo y horror (obra ésta pronto editada por John Lane, causando un escándalo por su temática), The White People, The Three Imposters y otras asimismo de índole fantástica.

Rápidamente el público le identifica como parte de esa nueva estética decadente importada desde Francia. Hasta ese momento su producción puede catalogarse como caduca, inspirándose siempre en autores del siglo XVII, pero a partir de entonces, con estos escritos citados, su obra se torna más contemporánea (tanto en estilo como en inquietudes) y fantástica. En esta época se demostró a sí mismo que podía escribir sobre temas contemporáneos con un estilo contemporáneo tan bien como otros escritores que habían conseguido reconocimiento y fama, como podría ser Robert Louis Stevenson, en quien se basa para escribir The Three Imposters. Igualmente afrontaría proyectos alejados del género que le dio fama mundial, como por ejemplo la traducción de las Memorias de Casanova. Esta traducción puede catalogarse como la edición más completa y erótica de cuantas se habían efectuado hasta entonces, hecho este que ocasionó que muchos dueños de imprentas de la época se negaran a editarla, amparados en la estricta moral que dominaba la sociedad pública a finales del siglo XIX.

A esta llamada por algunos críticos Gran Década debemos buena parte de sus mejores escritos, aunque en su época fueran condenadas al ostracismo por la crítica victoriana, catalogándolos como fruto de una imaginación enferma. A estas duras críticas se vieron condenadas igualmente The House of Souls, una novela casi autobiográfica titulada The Hill of Dreams, o The Secret Glory.

Pese a las críticas desfavorables, y respaldado en el dinero que le había caído del cielo, Arthur Machen no se dio por vencido, llegando incluso a recopilar en un volumen titulado Precious Balms todas aquellas críticas desfavorables a su obra.

A lo largo de la década de 1880, y antes de la muerte de sus padres, Machen había escrito algunas obras menores dentro de su trabajo literario, como pueden ser la traducción del Heptamerón de Margarita de Navarra, el ya citado tratado The Anatomy of Tobacco utilizando como modelo la obra Anatomía de la Melancolía de Burton, o la producción de la novela The Chronicle of Clemendy, una obra pseudo-medieval sin demasiada relevancia, que resulta digna de mención por el hecho de desarrollarse la trama en su condado natal, Gwent. La traducción del Heptamerón fue un trabajo de encargo por parte del librero y editor George Redway, de Covent Garden, quien contrató a Machen como vice-editor del Walfordys Antiquarian. Entre otros encargos posteriores, también le hizo catalogar su colección de libros de ocultismo, experiencia ésta que influiría notablemente en la obra de Machen a partir de ese momento. También traduciría en esa época Moyen de Parvenir , una obra del siglo XVI del escritor François Béroalde de Verville.

En 1887, coincidiendo con la muerte de sus padres, Arthur Machen contrae matrimonio con Amelia Hogg, una mujer independiente, oriunda de Londres. De esta relación, aunque la suponemos plena para ambos en el ámbito amoroso, no queda constancia en sus propios documentos autobiográficos, así como tampoco existen retratos o fotografías de la mujer. Decimos que debió resultar satisfactoria para la pareja, pues en 1899 Machen quedaría destrozado por la aflicción cuando su mujer fallecía víctima del cáncer.

En ese momento, 1900, Arthur dejaría de escribir, vagando por las calles de Londres como un personaje de sus propios escritos, uniéndose para aliviar el dolor de su corazón a la Hermetic Order of the Golden Dawn (Orden del Amanecer Dorado), una sociedad secreta dedicada al esoterismo, de la mano de una buen amigo, Arthur Edward Waite. A esta misma sociedad pertenecieron nombres ilustres como Algernon Blackwood, William Butler Yeats, Sax Rohmer, Bram Stoker o Aleister Crowley.

Pese a que Machen era, al igual que Yeats, un luchador dedicado a denunciar los males del materialismo, y un creyente apasionado de valores tanto espirituales como místicos, nunca estuvo realmente involucrado en el grupo, creando su propio mundo pseudo religioso en torno a una especie de cristianismo céltico de su invención.

Cabe señalar que, durante 1898, antes de la muerte de su esposa, Machen volvió brevemente a intentar ganarse la vida como periodista, siendo contratado como sub-editor de la revista Literature, antecedente de la actual Times Literary Suplement.

El dinero que la oportuna muerte de sus padres le había proporcionado se agotó en 1901 a falta de otros ingresos, por lo que la vida volvía a ponerse cuesta arriba para él. La necesidad le obligó a buscarse un empleo con el que pudiera sustentar al menos sus necesidades físicas, encontrándolo en el teatro. Desde 1901 y hasta 1909 ejerció como actor para la compañía de Frank Benson, siendo esa época en palabras de su biógrafo Anthony Lejeune: quizás la más feliz de su vida. Lo más probable es que no fuera un gran actor, pero con un nuevo talante vital, este trabajo le sirvió para salir adelante. Durante este periodo dedicado al trabajo teatral, volvió a casarse en 1903, en esta ocasión con Dorothy Purefoy Hudleston, una chica de clase media con inclinaciones bohemias y artísticas. Ella había llegado a Londres para dar clases de canto, viéndose atraída por la compañía de teatro en la que Machen trabajaba, dado que compartían sus gustos por el Café de l'Europe, local que ambos frecuentaban. Tras casarse, vivieron juntos recorriendo buena parte de los teatros de Gran Bretaña. Durante los primeros años del matrimonio parece que Machen toma la decisión de desligarse de la literatura, aunque tal determinación no durará mucho. De este matrimonio tuvo dos hijos; un niño, Hilary, en 1912 y una niña, Janet, en 1917. Esta época estuvo a salvo de la pobreza y el desaliento, que por desgracia marcó buena parte de su vida; quizás esta sea la razón por la cual Anthony Lejeune la cataloga como la más feliz de su vida.

Tras abandonar el teatro en busca de una existencia más estable, entre 1908 y 1909 trabaja a modo de prueba para el Daily Mail dirigido por Lord Northcliffe, uniéndose ya en 1910 al London Evening News para trabajar en lo que había soñado desde que llegara a Londres décadas antes, reportero. Machen era una especie de corresponsal para temas de arte y religión. Pero al parecer, sus cualidades como periodista no eran todo lo buenas que desearía, quizás debido a que en aquella ocupación se veía obligado a perder buena parte de su libertad. Aunque este trabajo le reportó también alegrías y datos que más tarde utilizaría en sus obras. Gracias al periodismo conoció personas y lugares desconocidos hasta entonces por él, que le despertaron algo más que interés. Igualmente pudo ser testigo de acontecimientos extraordinarios realizando interesantes y logrados reportajes, como el funeral por el Capitán Scott en 1913 (recordemos que Scott murió en su intento por llegar al Polo Sur). Afortunadamente para Machen, sus superiores se percataron de que precisamente era ese tipo de artículos para los que estaba hecho, consiguiendo así retener su trabajo. No era un puesto que le entusiasmara, dado su carácter misticista y poco ligado al materialismo, pero lo hacía lo mejor que podía, consiguiendo incluso una gran notoriedad a partir de 1914, cuando la guerra asolaba Europa.

Durante este periodo de su vida, al tiempo que escribe numerosos artículos para el London Evening News (muchos de ellos de una calidad bastante mediocre, alejados de la pasión y buen hacer de sus obras de ficción), Machen retoma su carrera literaria, dando a luz varias obras originales entre las que destacamos The Great Return, o una de las más admiradas por sus seguidores, The Terror.

Su obra quizás más popular en vida la escribió precisamente en 1914 con el título The Angels of Mons. Se trata de un relato absolutamente ficticio sobre unos supuestos arqueros divinos de Agincourt que, durante la Primera Guerra Mundial, se les aparecieron a los combatientes de la batalla de Mons, para prestar una inestimable ayuda a los soldados británicos. Este y una serie de relatos similares como The Bowmen eran una oda al patriotismo pensada para insuflar esperanzas a las masas. Pese a tratarse de una historia inventada, mucha gente quiso creer en ella como verdadera. Y aunque el propio Machen tuvo que negar constantemente la veracidad del relato, aún hoy en día existen al menos tres libros y cientos de artículos supuestamente serios que se basan en la aparición de los ángeles de Monsy para constatar de manera inequívoca la existencia de seres celestiales entre nosotros.

Tras dedicar cincuenta y cinco años a lo que más le gustaba, escribir, Arthur Machen acabó muriendo poco después de que lo hiciera su segunda esposa y, sin salir de la pobreza, el 30 de marzo de 1947 a la avanzada edad de 84 años.

En noviembre de 1997, en conmemoración al quincuagésimo aniversario desde la muerte de Machen, se descubrió una placa honorífica en la casa donde el admirado autor vio la luz en una plaza de Caerleon-on-Usk. Acciones como ésta, junto con las reediciones de su obra, mantienen viva la llama del que fuera conocido como The Apostle of Wonder.

Su obra

Más de cincuenta años después de su muerte, Arthur Machen merece un lugar de privilegio dentro del Olimpo de escritores de lo sobrenatural, debido tanto a su buen hacer con la pluma como a la inmensa popularidad de la que goza en todo el mundo. Ya en vida, para el propio Howard Phillips Lovecraft, Machen representaba junto a autores como Algernon Blackwood, Lord Dunsany y M.R. James, la punta de lanza en el difícil arte de provocar el terror en el lector. Y precisamente gran parte de la popularidad actual de este autor se debe a la influencia que tuvo sobre el propio Lovecraft a la hora de crear sus relatos de horror cósmico, sus mitos de Cthulhu.

La obra de Machen, en su mayoría, está circunscrita al relato corto; versátil y artístico en su prosa, plasmó buena parte de sus terrores en decenas de cuentos que aún hoy en día perviven como auténticas joyas del fantástico. Dotado de un estilo de prosa exquisitamente expresivo y lírico, consigue como buen romántico de su época envolvernos en una bella telaraña, antes de mostrarnos la verdad que se esconde tras esa belleza. Los elogios a su obra no son pocos; Lin Carter aseguraba que se trata de "uno de los mayores estilistas ingleses del lenguaje de nuestro siglo", mientras que el historiador E.F. Bleiler no duda en calificarlo como "probablemente el escritor británico más sobresaliente de fin de siglo (XIX) de ficción sobrenatural".

Su primer gran éxito fue El Gran Dios Pan (1894), causando con él el escándalo en Londres por la explícita relación entre horror y lasciva sexualidad. En esta primera época parece explorar el paganismo y una malsana sexualidad, como principal baza para su popularidad; entre sus obras, aparte de la citada, cabe destacar La Luz Interior y El Pueblo Blanco. También perteneciente a esa misma época nos encontramos con Los Tres Impostores (1895), un libro según propias palabras del autor a lo Stevenson, que entrelaza sutilmente varios relatos diferentes. En este libro encontramos dos de sus más conocidas y admiradas obras: El Sello Negro, donde nos encontramos con un antropólogo descubriendo una raza perdida de homínidos en las profundas montañas galesas, y El Polvo Blanco, que nos narra la degeneración de un joven al entrar en contacto con una sustancia vinculada al cieno primigenio. Eran todas éstas historias demasiado extrañas para su época (aunque forman parte de las bases del terror moderno), lo que provocó cierta admiración pero también en mayor medida desagrado y calificativos desdeñosos para con su obra. Para los más remilgados estilistas de la época, la obra de Machen no dejaba de ser el resultado de una imaginación enferma y peligrosa.

En todos estos cuentos citados, maléficos poderes son evocados mediante extraños ritos o sustancias, ocasionando la soterrada aparición de formas antiguas y terribles, demonios o seres primordiales surgidos de la noche de los tiempos. Como muchos otros a lo largo de la historia del terror, estos cuentos no pueden librarse de un claro estigma moralizante: el lector es a menudo alentado a disfrutar del placer de poderes atávicos, para ver después cómo el destino castiga cruelmente a quienes antes que él se han atrevido a adentrarse en esos mundos de pesadilla, embruteciendo su alma al emponzoñar su espiritualidad.

Para algunos, Machen produjo su mejor ficción a finales de la década de 1890, habiendo cambiado ya en esa época los temas centrales y las formas de sus relatos. Se mostraba reacio a permitir que esos extraños y paganos poderes fluyesen de su pluma. Comienza a distanciarse de estos temas paganos moralmente ambiguos que habían caracterizado su obra, y se vuelca en el potencial curativo de un misticismo espiritual más ortodoxo con el que se postula contra el clima social de la época, dominado por el materialismo económico y científico. De hecho, tales sentimientos no es que fueran nuevos para él, ni mucho menos, simplemente hasta entonces había centrado su prosa más en el lado oscuro, en la perdición y la degeneración asociada a los escarceos con fuerzas ocultas. Es ya a partir de 1900 cuando empieza a meditar seriamente sobre las implicaciones de sus escritos, y el efecto que estos podían causar en los lectores.

Así, con el comienzo del siglo XX, su obra adquiere unas características distintas, volcándose hacia un sano misticismo como motor central en sus narraciones. Entre estas nuevas obras, destaca La Colina de los Sueños (1907), la cual de un modo un tanto biográfico nos muestra a un joven escritor venido a Londres, que poco a poco se va viendo poseído por su propio mundo interior. Esta novela evoca a la perfección una oscuridad alucinatoria como característica principal de las calles de Londres, de un modo totalmente diferente a como nos las puede mostrar por ejemplo Arthur Conan Doyle en sus relatos sobre Sherlock Holmes. Se publicó anteriormente, en 1904, con el título The Garden of Avallaunius, aunque fue escrita originariamente entre 1895 y 1897, por lo que aún no vemos tan claramente como en otras esa nueva influencia mística que caracterizará sus obras a partir de entonces.

También de ésa época, tenemos Un Fragmento de Vida, publicado por vez primera en 1906 para ser posteriormente olvidado por el público. Este libro es la crónica de la vida de Edward Darnell, quien se sumerge en un viaje interior que posibilita un profundo cambio de conciencia y una nueva percepción del mundo que le rodea.

A partir de 1906, Arthur Machen parece sentirse más preocupado por sus artículos de ensayo que por los que le habían hecho conocido de horror sobrenatural. Siente fascinación por el poder imaginativo de la religión más que por su moralidad, siendo un claro amante del ritual y del misticismo: estos precisamente eran los poderes que él creía que podían salvar al mundo del insano poder del materialismo. Esto lo vemos claramente en La Gloria Secreta, donde un colegial que odia el carácter materialista que le inculcan en su escuela, encuentra la salvación y el martirio a través de una especie de Cristianismo Céltico en su búsqueda del Santo Grial. El carácter de Arthur Machen era profundamente místico y antimaterialista, pudiéndose contemplar buena parte de su obra como una polémica cruzada contra las opresiones de la sociedad consumista.

Podemos considerar a Arthur Machen como un poeta de fondo aunque no de forma, ya que únicamente llegaría a publicar una obra juvenil de versos (Eleusinia, 1883). Autor guiado por sus propias obsesiones, fue ante todo un soñador de horrores bellamente enriquecidos por su colorista prosa. Su pasado celta, y su inclinación por creencias místicas pseudo mágicas, le llevaría a escribir ese tipo de literatura tan inusual para con su época, fusionando mitos del folklore de su tierra con horrores surgidos de su propia imaginación. Estas influencias, con la obligada del romanticismo decadente de su época, marcaron su carrera, junto con su ya mencionada inclinación posterior hacia el misticismo curativo.

El hecho de no terminar de adaptarse a la gran ciudad (como uno de sus más admirados escritores, Thomas De Quincey), sintiendo encerrado entre ladrillos y asfalto ese espíritu libre que al amparo de los bosques y valles de su tierra natal había alimentado, le hizo buscar refugio en su imaginación, dando lugar a relatos llenos espléndidos parajes campestres dominados por bosques impenetrables y montañas inalcanzables, amén de ruinas tan antiguas como ensoñadoras, rasgos vinculados a su propia niñez. Esos recuerdos de su niñez, vagando entre ruinas romanas y bellos parajes, unido al paganismo subyacente de una tierra marcada por el folklore celta, formaron el caldo de cultivo ideal para relatos de tintes melancólicos, propios de un emigrante que no encontraba en la ciudad su hogar.

Su lenguaje resulta profundamente trabajado, aunque pueda aparentar sencillez, al tiempo que bello y rítmico como una extraña poesía que nos muestre en un mismo verso el brillo de la belleza y la negrura del horror, como si ambos fueran hijos de un mismo vientre. Su prosa, aunque bella, es severa, no cayendo en la efusividad de Poe o Lovecraft.

Su mayor preocupación, tanto en sus obras de ficción como en sus artículos, es mostrarnos ese poder místico, espiritual que subyace bajo el materialismo mundano de la sociedad. Sus escenarios derrochan viveza, como si de lienzos al óleo se tratase; cuevas inexploradas en lo alto de cerros azotados por la ventisca, claros olvidados en lo profundo de densos bosques donde se llevan a cabo extraños rituales, colinas y valles donde la maldad más primigenia se oculta.

Machen estuvo obsesionado por buscar la verdad oculta tras las cosas, su auténtica esencia, una verdad espiritual: explorando por medio de su imaginación y su pluma el insondable misterio que se esconde tras la vida conocida, en un universo demasiado grande y desconocido. A diferencia de otros grandes autores de su época, Machen no escribió sobre fantasmas, sino sobre elementales, primigenios, fuerzas maléficas que sobreviven al tiempo y poderes inmemoriales enraizados en un folklore amoldado a sus necesidades.

Machen veía el horror tras lo cotidiano, transmitiéndoselo al lector con su poderosa escritura, haciendo creíble la presencia en el mundo de un MAL con mayúsculas, una mal intemporal y primigenio, al que los antiguos pobladores del mundo temían pero invocaban por medio de ceremonias grotescas que han perdurado hasta nuestros días vía libros paganos y terribles. En su mundo imaginario, la realidad de Machen no es más que la envoltura de la verdad, una verdad tan terrible como esperanzadora dependiendo de la etapa que analicemos en su larga carrera literaria. Para Machen, la verdadera esencia de las cosas es un gran secreto colectivo que afecta a toda la raza humana en su más profundo ser; un enigma aterrador para quienes se dediquen a flirtear con la degeneración en detrimento de la luz que una adecuada espiritualidad mística aporta al alma.

"El hombre es un misterio, y está hecho para los misterios y visiones, para sentir en su conciencia una felicidad inefable, para vivir un gozo inmenso que transmuta su mundo interior."

Toda su obra muestra una contrapuesta dualidad entre la realidad/materialismo y la verdad/espiritualidad. El MAL se esconde tras sus páginas, acechando, invitando mediante sutiles y atractivas trampas a ingenuas víctimas que en él encontraran la muerte como castigo menor. Sin abusar de los trucos de la tradición gótica, Machen crea una opresiva atmósfera que va envolviendo al lector en una marea de maravillas y horrores. Para Machen la existencia del Mal está clara, no como ausencia del Bien, sino como ente propio, como contraposición a la existencia de éste. Si existe un Bien absoluto, ha de existir un Mal absoluto. Este mal a menudo toma forma en razas nocturnas que representan el paganismo más oscuro y tenebroso. Razas perdidas y tribus escondidas desde el albor de los tiempos en bosques y valles lejanos, como por ejemplo la "gente pequeña" que aparece en El Sello Negro.n

Arthur Machen

Un autor clásico del horror, creador
de sus propios mitos cósmicos

Denis Montejo
Publicado originalmente en Pasadizo.com

 

rthur Llewelyn Jones, verdadero nombre del mundialmente reconocido Arthur Machen, fue a nacer un 3 de marzo del año 1863 al sur de Gales, concretamente en un pueblecito del condado de Gwent llamado Caerleon-on-Usk. Era hijo de John Edward Jones, un pastor anglicano que ejercía como vicario de la diminuta iglesia de Llandewi, muy cerca del propio lugar de nacimiento del pequeño Arthur, ocasionando esto una recta educación en la línea de la moral paterna.